Empate (y gracias)

Empate (y gracias).

He nacido y vivo en un país llamado España. La cigüeña me dejó aquí, yo no lo elegí. Tampoco voy a reprocharles nada a mis padres por si tuvieran algo que ver con esa cigüeña mítica del cuentecito.

España es un país pobre con los ricos y muy rico y luminoso con los pobres. Por eso deja morir en la orilla de sus costas a los paupérrimos. También por eso deja entrar y salir por sus aeropuertos a los maletines con sus ricos esposados a la cartera o viceversa.

España es un país lleno de camareros y camareras pobres que tienen smartphones y wifi para quejarse de sus decisiones, de su modo vida.

En España la gente tiene Netflix y así se creen ricos y comparten recomendaciones y son felices y se relacionan y eso.

Un extranjero compra un club de fútbol y le llamamos “jeque”; una mujer flota bocabajo cerca del Mar de Alborán y pensamos, si pensamos, en “otra morita muerta, qué pena”. El propio lenguaje tiene doble rasero.

En España se empeñan por celebrar la Primera Comunión de sus hijas o sus hijos y se quejan también por no poder hacerlo.

En España se pedía un crédito para ir a la Feria y los recién casados recogían los sobres de los invitados para viajar a Disneylandia.

Y había barra libre en aquel salón de las afueras sin toque de queda.

Fuerte con los débiles, flojo con los poderosos, España ahora se conforma con empatar.

Yo también.

Ser rico en España es barato y eso nos despista. Porque todo es relativo.

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18 de abril de 2021 - 04:01 h
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