Katiuskas amarillas contra las trincheras
Me encanta Micah P. Hinson, un tipo peculiar de Memphis que un día terminó viviendo en el extrarradio madrileño sin dominar el idioma. Conocí a Micah por casualidad en un festival de tantos y literalmente me explotó el cerebro este cantautor y guitarrista de americana y de indie. Desde entonces, cuando el ruido exterior se vuelve insoportable y mi cabeza no frena, me meto en mi cuarto de pensar y pongo en bucle Micah P. Hinson and the Gospel of Progress. Este yanki atípico es ya casi de mi sangre por todo lo que me ha sacudido por dentro.
Y ha sido precisamente hoy, haciéndole rodar por enésima vez al cubo, cuando me ha entrado el impulso irrefrenable de escribir sobre tres cosas que no tienen que ver o quizás si: el barro, las botas katiuskas y los libros. Un combo infantil que debería ser obligatorio para capear esta adultez a veces tan pesada, tan intensita.
Con el disco sonando de fondo, el barro, las botas katiuskas y los libros solo podía irme de cabeza a una estantería a manosear un libro de la enorme Gloria Fuertes. Y, claro, me ha dado por escribir sobre ella. Había que traer a esta mesa a una embajadora suprema del punk (aunque ella no lo supiera).
Mi amor por ella, sin yo entenderlo del todo entonces, surgió hace muchos años, de pequeño, cuando apareció en casa un libro de tapas gastadas, supongo que regalado por alguien con muy buen ojo, titulado La momia tiene catarro. Aquellas páginas me abrieron una puerta a un lugar del que ya no quise salir. Porque mucho antes de que el Do It Yourself (hazlo por ti mismo) tuviera nombre en inglés o se vendiera en manuales de modernidad, hubo una mujer en España que lo encarnó sin rodeos, sin cresta y con una corbata bien anudada.
Y es que Gloria Fuertes no escribía para niños. Escribía para quien quisiera entender.
Y quien no, que pasara de largo.
Nació en Madrid, en 1917, en el barrio de Lavapiés, entre costuras, hambre y demasiadas realidades. Su padre era conserje, su madre costurera. Ella, tercera de seis hermanos, aprendió pronto que la vida no iba a regalarle nada. Y aun así, ella le regaló a la vida poesía, rebeldía, ternura y risa.
Porque lo suyo no fue solo escribir: fue resistir con un lápiz entre los dientes.
A los 5 años escribió su primer poema. A los 14, el primero serio. A los 15 murió su madre y empezó a trabajar. Fue mujer, fue pobre, fue lesbiana y fue poeta en una España que no sabía qué hacer con ninguna de esas cosas. La marginaron por todas partes. Y aun así, no se calló nunca.
Fue autodidacta, lectora voraz, obrera de la palabra. En los años más grises del franquismo, cuando a las mujeres se las quería en la cocina y con la boca cerrada, ella ya montaba en vespino, vestía con corbata y pantalones y hablaba claro de igualdad, de ecología, de feminismo, de antimilitarismo y de libertad. Y no en abstracto. No con metáforas vacías para gustar a los académicos. Lo decía directo. Cortito. Y al cuello.
Porque su poesía no era para exhibirse en una vitrina. Era para lanzarla como piedra envuelta en papel de regalo del Corte Inglés. Ella escribía como hablaba, y hablaba como vivía. Sin dobleces. Con ternura salvaje. Con rimas como bofetadas dulces.
Y sí, se hizo famosa en los 70 por la televisión, por Un globo, dos globos, tres globos, por sus cuentos, por su voz ronca y sus versos sencillos. Pero que no se equivoque nadie: Gloria no fue una escritora infantil. Fue una poeta gigante que decidió hablarle también a los niños, quizás porque los adultos ya venían demasiado contaminados.
“En vista de lo visto me desvisto, me desnudo a mí misma y me mantengo, me encanta este tener lo que no tengo”, escribió una vez. En esa sola frase estaba todo: la risa, el dolor, la lucidez, la metáfora y el zarpazo.
Hoy, su figura resurge. Por suerte. Porque su poesía es urgente.
Porque nos sigue recordando que se puede ser tierna sin ser blanda.
Que se puede ser sencilla sin ser simple. Que se puede ser poeta sin pedir permiso.
Gloria Fuertes fue punk con coletas, sabia sin cátedra, poeta sin pedestal.
Murió en 1998, pero no se fue.
Se quedó en cada niño que no encaja.
En cada mujer que no calla.
En cada verso que no rima, pero golpea.
Porque ella no soñó con escribir. Escribió.
Y con eso ya lo cambió todo.
Y tal vez por eso leer a la Fuertes hoy no es parapetarse en una trinchera, sino mandarla a tomar viento fresco. La trinchera es cómoda, huele a rancio y te da la ilusión cobarde de estar a salvo mientras le tiras barro al de enfrente. Nos urge una militancia del entendimiento que nos desmonte el numerito. Toca apagar de un zarpazo la voracidad sorda de las pantallas, mandar a la mierda el insulto fácil de teclado y romper esta adicción enfermiza a querer tener razón a costa de dinamitar al que piensa distinto. Nos hemos vuelto unos adultos solemnes, rabiosos, aburridos y absurdamente previsibles.
Sería un buen momento para invitar a pensar y a parar un segundo a tanto presidente, diputado, alcalde, concejal y demás puestos de lo público. A toda esa gente a la que le hemos dado las llaves del barco. Que se miren al espejo antes de entrar al pleno y se hagan la pregunta sin anestesia: ¿están haciendo realmente lo que deben hacer por las personas, lo que los despachos de sus partidos les mandan hacer, o lo que de verdad, en el fondo de su conciencia, creen que deberían hacer? Hablemos. Dejémonos de argumentarios enlatados y hablemos de verdad. Yo pago los cafés si quieren.
Porque el verdadero pelotazo, la patada al tablero más salvaje, es regresar de golpe al patio de recreo. Volver a ese espacio sin dogmas ni banderas donde jugábamos a las canicas, al balón o al escondite con quien se pusiera a tiro, sin pedirle credenciales ni preguntar de qué pie cojeaba. A esa época en la que la única urgencia real era levantar construcciones imposibles con nuestras propias manos y con el barro de un charco, agachados, codo con codo, calzando unas botas katiuskas amarillas. Sin pedir permiso, sin manuales de instrucciones y sin miedo a mancharnos hasta las cejas.
Volvamos a tocar tierra. Volvamos a mirar al de al lado a los ojos, mandando a paseo el cinismo y la sospecha previa. Quememos el arsenal de prejuicios y recuperemos esa sabiduría encendida de Gloria: esa forma peleona, directa, tierna y absolutamente libre de pasar de sus reglas. Porque ahí, con las manos manchadas de barro del de verdad y lejos de la histeria colectiva de la red, es donde les reventamos el juego. Y donde, sin darnos ni cuenta, nos volvemos a salvar.
PD: Si te has quedado con ganas de bucear en su trinchera, por enorme suerte, atino y talento, la editorial Blackie Books publicó un libro maravilloso sobre ella: El libro de Gloria Fuertes. Antología de poemas y vida. Hazte un favor y consíguelo en una librería de barrio.
Sobre este blog
Dinamizador e Ideador de ideas. Cuando todo está tranquilo, me gusta alborotarlo.
Emprendedor, productor ejecutivo por naturaleza, mentor de proyectos emprendedores por necesidad de compartir. Formador y ponente incansable. Autodidacta por pasión y necesidad vital.
Adoro la música independiente, popular y de siempre. Los domingos me gusta hacer mis listas de música en Spotify y a veces, en mis ratos libres, pongo música con Groenlandiers. Amante de los festivales de música, de leer todo lo que cae en mis manos, del teatro contemporáneo, de perderme haciendo senderismo, de investigar sobre cultura & patrimonio, de «bicicletear» por mi ciudad, de hacer piragua en el Guadalquivir y de mi vespa azul. A veces escribo cosas cuando me pongo auriculares y música alta.
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