La mujer duplicada

La caída apenas duró un segundo, pero el golpe fue letal. Caminar con los ojos cerrados, despreocupándote de lo que pueda haber delante de tus pies sólo puede acabar de una manera.

Hasta esa tarde todos sus pasos se habían dirigido irremediablemente hacia aquel escalón de poco más de diez centímetros de altura que habría de cambiar su vida radical

y drásticamente. Al principio sólo fue una contusión, un golpe que transmutó en un enorme chichón en apenas unos segundos. Trató de rebajarlo con hielo, evitar la inflamación y maquillar el estropicio. Se acostó convencida de que a la mañana siguiente nadie notaría el desastre.

Nada más oír el despertador giró la cabeza y buscó su reflejo en el espejo del armario. No podía creerlo: el chichón ocupaba ya más de la mitad de su rostro y tenía unos bellos ojos azules que la miraban con una mezcla de ternura y temor a lo desconocido. En los suyos, en cambio, sólo cabía la curiosidad.

Decidió no salir de casa, no pedir opinión a nadie, ni siquiera buscar algún remedio casero contra lo que le estaba ocurriendo, sólo dejarse llevar. A mediodía, ya había perdido casi la mitad de su cuerpo. Puso dos platos en la mesa y por primera vez en mucho tiempo almorzó acompañada.

Pasó la tarde observando y desechando cualquier explicación a lo que le estaba ocurriendo. Observó cómo aquella extraña mitad comenzaba a caminar. Lo hacía erguida y con los ojos bien abiertos, atenta a los detalles y devorando cualquier experiencia por cotidiana y sencilla que pudiera parecer.

Cenaron juntas y cuando quiso retirarse a dormir, la nueva mujer habló por primera vez.

Sólo dijo adiós.

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5 de enero de 2013 - 10:38 h
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