Y por soñar... soñé

Más que un ascensor, parecía un montacargas. Y aún así lo vi normal; era la subida al taller de un artista.

¿Cuántos años podíamos llevar sin vernos? Mi mente evocaba tan solo dos imágenes: una silueta a contraluz y un beso inocente y fugaz tras el muro de esa playa que tantos secretos llevará a la tumba. Y aunque hacía tanto tiempo de aquello que casi lo sentía borroso, pude comprobar -con un disimulado roce- que mis bragas, húmedas desde que entré en el portal, mantenían tu recuerdo bien presente...

Me presentaba allí, sin avisar, con el único deseo de revivir épocas pasadas, y mis manos aún impregnadas de deseo se acercaron furtivamente a la lengua asegurándose de que mi sabor en tus papilas iba a ser tan acuoso, tirando a limonada, como siempre...

Mientras llegaba a la planta intenté poner la mente en blanco para dejarme llevar por las emociones sin portar aprendidas las respuestas. No quería utilizar ese viejo truco que la timidez había tatuado en mi persona, porque iba dispuesta ...a sentir.

Aquello era amplio y oscuro... tal como había imaginado. Tan sólo un foco alumbraba el gigantesco panel de cartón pluma donde se podía apreciar un boceto de rostro atormentado mezclando el negro con un color azul intenso que, unido al fuerte olor a aguarrás y pegamento de la estancia, me trajo a la memoria el aroma de la resina de aquellos pinares... y me terminó de colocar.

Sentado en un banco de espaldas a mí estaba él, observando la obra en posición de aparente concentración. Como la escena de una película de gansters; camisa blanca, chaleco ajustado, pantalón amplio elegante... y descalzo. "Ay, ojalá lleve tirantes"- suspiró mi anhelo caprichoso. Sé que me escuchó entrar, mas siguió inmóvil. Valentía que me puso aún más cachonda, si cabe.

Soñé con ese encuentro ajeno a mi vida tan intensamente que ahora estaba allí. Era tan sólo una niña sin parte de arriba del biquini la última vez que nos vimos, y él ya era hombre. Siempre había sido un hombre en mi memoria... y, aunque nos distanciaban muchos años, conservaba el atractivo que me enganchó desde que olí su perfume de sal hacía ya tanto tiempo...

Sí, ni siquiera saludé. Caminé sigilosa buscando la distancia adecuada levantando entonces mi tacón izquierdo y, con un leve giro de cintura, me senté lentamente sobre él, como quien monta una jaca, y al encajar mi sexo sobre el suyo supe que ese calor solo podría conducirme... a fundirme en sus labios primero... y a abrir mi cuerpo con ansia después.

Sonrió. El foco alumbraba mi cara y entreabrí la boca en silencio rozándome nerviosa el labio de arriba con la lengua. La estrechez de mi falda se me clavaba en los muslos y, aprovechando el gesto de acomodarla para después tapar con timidez mis bragas, las puntas de mis dedos comprobaron que se le había puesto durísima... tanto que no pude evitar presionarla a la vez que con las palmas de mis manos, sobre mi ropa interior, me estimulaba sin disimulo el clítoris y todos sus alrededores de arriba y abajo, sabiamente. Reconocí que sus ojos me deseaban.

Dos minutos bastaron para descubrirme cabalgando junto al hombre de mis deseos, con las bragas rotas y colgando en una pierna, marcando la velocidad de la penetración apoderándome de la madera del respaldo de la silla con una mano y con la otra agarrándome el culo, porque juro que me temblaban los tobillos. Besos de lengua hiperactiva...y su sabor, manantial de gozo...sabrosos gemidos que tragué codiciosa. Delicioso su cálido aliento y, como siempre, conteniéndome las ganas de desgarrar esos labios hasta hacerlos sangrar...y de comerme su cara guapa.

Entonces se levantó manteniéndome en brazos y me sentó cuidadosamente en la silla saliendo de mí con brusquedad.

Sentí vacío... Esos segundos con las piernas sin cambiar la postura, deseosas... Una vagina ya estrenada que exige al menos un poco de presión en el justo punto donde termina la abertura. Estaba expectante. Hasta que agarró mis tobillos con fuerza abriéndome en un ángulo imposible, introduciéndome su lengua  profundamente.

Arrodillado ante mí, derramó su sabiduría lamiendo, succionando...y jadeando sin descanso en cada resquicio, destapando mi poca vergüenza que sólo asomo cuando la excitación me hace vulnerable, hasta que necesité mirarle a los ojos. Agarrando su rostro incliné su cara hacia mí, y sonreí con la respiración entrecortada y el corazón latiendo a mil por hora. Abrí mi camisa rompiendo los botones con violencia y saqué mis pechos erizados por encima de mi sujetador. Mis pezones necesitaban respirar. Y también respiré yo sonoramente. Se incorporó, flexionó una rodilla, y rebozó sus dedos por delante y por detrás por entre la viscosidad de mis ingles, lubricándolos, lentamente, haciéndoseme la boca agua... para luego embocarlos en esa abertura mía que pedía penetración con lo que fuera y meterlos y sacarlos con el conocimiento de un experto, taladrándome con la mirada. Yo sollozaba bajito, sin apartar mi vista de la suya, recreándome en el sonido cálido de mi placer.

Únicamente cuando mis piernas bajaron rendidas al suelo en ese espasmo final involuntario que me provoco su orgasmo, tuve el gusto de escuchar aquella voz que nunca abandonó mi memoria:

-Deberían hacer a ese chocho Patrimonio de la Humanidad.

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30 de marzo de 2013 - 04:00 h
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