Homenajes

Hace doscientos años, seguramente Recuerdos me habría gustado.  Más que anoche, desde luego. Por 1780 reinaban en Europa las doctrinas del Neoclasicismo, y en ese credo rígido la imitación de los maestros clásicos no era un desdoro sino un modo de gloria.

Desde el Romanticismo, importa más al lector, al observador de un cuadro o el que ahora va al cine (si, aún hay gente que acude a las salas, mal que le pese a alguno), la sorpresa de un mundo original, la trama no trillada, una voz personal. Por eso ha desaparecido del mapa de la historia de las artes modernas el concepto de variación, enmienda, refundición, imitación (que no copia), que para los antiguos suponía acicate y no servilismo.

Por lo tanto, en 1980, y todavía hoy, sentó muy mal que un artista de crédito y de público fijo como Woody Allen escogiera el noble ejercicio de la imitación artística para hacer obra propia. Los críticos cinematográficos son en ocasiones inmisericordes, y se emplean a fondo con las más o menos justificadas invectivas. Yo, por mi parte, que hoy me siento particularmente generoso, y en un alarde de sobrehumana magnanimidad, no le niego nada a nadie, y mucho menos a un cineasta tan brillante como es Allen, el derecho a sentirse italiano, aunque sea, como hubiese dicho ese impostor llamado Warhol, por veinticuatro horas.

Aunque un personaje del filme lleve en la mano un libro sobre Ingmar Bergman en un momento clave, y la mera (y por supuesto muy sosa) presencia de Marie-Christine Barrault podrá verse un guiño a Éric Rohmer (aquel que permitía ver crecer a una planta durante una de sus películas), Recuerdos en un pastiche no sólo de Fellini sino de una manera italiana de entender el cine. Para que no cupiese duda, en la película abunda el homenaje: la mujer más fascinante de la cinta, Jessica Harper, arrastra al protagonista a ver Ladrón de bicicletas; en un momento dado aparece un sosias de Dirk Bogarde vestido de Aschenbach, muy a lo veneciano, sentado frente al mar; y todo el comienzo y la parte final son, y se ha dicho mucho, una variación del tema y la forma de 8 y medio. Y sin embargo, lo italiano no es lo peor del filme.

El impudor de los recuerdos personales, el raro milagro de hacer que su música dixie parezca a menudo una melodía de Nino Rota, la fantasía barroca felliniana y el ceremonioso uso del zoom al modo viscontiano, son meros caprichos narrativos que Woody Allen tiene el suficiente talento como para hacer suyos. Por eso la primera mitad de la película goza de cierto atractivo. Pero el hilo se acaba perdiendo, la trama se hace densa y la repetición trae consigo la dura realidad: en este largometraje tan sólo hay caprichos (y un poquito de sal). Moraleja de urgencia, ahora que mi querido Real Madrid se la juega en Turín: no todo el que lo quiere puede ser italiano, o ciascuno il suo. Para que luego alguno diga que no puedo hablar mal de Woody Allen.

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25 de abril de 2015 - 10:14 h