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Alfonso Armada: “Un periodista debe decidir qué es importante para los lectores, les guste o no”

Entrevista a Alfonso Armada

Si volviera a nacer, Alfonso Armada (Vigo, 1958) sería periodista de nuevo. Lo dice al final de la entrevista que sigue a esta entradilla, que por otra parte se encarga de dar razones para no volver a ser periodista si a uno le dieran la oportunidad de empezar de nuevo. O, al menos, de no ser un periodista que empieza ahora, en este preciso momento de la historia, en el que el periodismo se parece muy poco al oficio en el que se ganó la vida Armada durante décadas, primero en El País y luego (y sobre todo) en ABC, y mucho al freelance en el que se convirtió hace unos años.

Lejos de boutades propias del realismo mágico (¿el mejor oficio del mundo?), para Alfonso Armada, excorresponsal en las guerras de Bosnia y Ruanda, en la Nueva York de las Torres Gemelas, y expresidente de Reporteros Sin Fronteras (RSF), el periodismo sigue siendo un oficio necesario, pese a que esté afectado por los mismos vicios del resto de la sociedad: la urgencia, los números, la competencia, el éxito fácil... También es un oficio con un género maravilloso, éste sí, el más bello de los géneros, la entrevista.

Un género que Armada ha practicado con pasión durante 30 años, y que le ha llevado a hablar con algunas de las personalidades más apasionantes de su tiempo. Parte de este bagaje está recogido en el libro El arte de la entrevista, de David Bowie a Adam Zagajewski (Ediciones Turner), que recopila sus conversaciones con una treintena de voces del mundo de las letras, la cultura o el pensamiento, todas ellas extranjeras (con una honrosa excepción). De postre, también incluye un decálogo sobre el arte de la entrevista para periodistas jóvenes, del que algunas claves se dejan caer en esta charla, realizada el pasado jueves en La República de las Letras.

PREGUNTA. Ya que vienes con un libro titulado El arte de la entrevista, te voy a pedir que seas tú el que abra el melón. ¿Qué sería lo primero que te preguntarías a ti mismo?

RESPUESTA. A toro pasado, me preguntaría por qué, antes de publicar este libro, no me aseguré de que no había ningún libro que se titulara El arte de la entrevista. Porque resulta que, cuando llamé a Rosa Montero para proponerle presentar este libro, me dijo: “No puedo, la verdad es que he decidido no presentar más libros porque no haría otra cosa, pero te recuerdo que hace cuatro años se publicó un libro mío que se titula El arte de la entrevista”. ¡Dios mío! A mí me gusta mucho Rosa Montero como entrevistadora, pero no recordaba ese libro suyo. Pero, no sólo eso, resulta que también hay una obra de teatro de Juan Mayorga que también se titula así. Entonces, mal por la editorial y mal por mí, por no haber hecho la investigación previa, y no publicar un libro con este título.

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P. Es un signo de los tiempos en los que estamos. Somos incapaces de retener incluso los libros de nuestros colegas.

R. Bueno, se publica demasiado y es imposible al final estar al tanto de todo. Pero, en cualquier caso, creo que es importante, antes de publicar un libro, ver si hay alguno que se titula igual. (Se ríe) Ya es tarde. Por lo menos tiene un subtítulo distinto, por lo que, por ahí se corrige un poco al desaguisado.

P. Lo bueno de entrevistar es que se parece mucho a la vida. Uno va por la vida, yo al menos, con más preguntas que respuestas.

R. Bueno, debería, sobre todo si es periodista. Hace unos días estuve en el máster de ABC, con dos periodistas latinoamericanos que están en España con el programa de acogida de Reporteros Sin Fronteras, y me asombró que los alumnos del máster apenas preguntaran. Entonces, creo que hay que ir por la vida como van los niños antes de volverse adolescentes y creer que saben más que los padres. Esta actitud de los niños curiosos que se hacen preguntas, para todos, pero para los periodistas en particular, es bastante necesaria. Porque, además, cuando dejas de hacerte preguntas, creo que la vida empieza a perder interés.

P. A veces es bueno hacerse un poco el estúpido ante una entrevista ¿no? Volver a lo sabido con nuevas preguntas, o con las mismas, pero buscando nuevas respuestas.

R. Bueno, creo que es una buena estrategia. Creo que los entrevistadores que intentan ser más inteligentes que los entrevistados al final demuestran su falta de humildad o su falta de curiosidad. De hecho, hay entrevistadores que hacen preguntas tan largas que un entrevistado astuto y con un poco de retranca puede cerrar con un sí o un no, y dejarlo chafao.

P. ¿Cómo te sientes al otro lado de la grabadora?

R. Me siento peor. Es como con las fotos. Mi mujer es fotógrafa y yo prefiero estar del otro lado. Pero bueno, cuando publicas un libro, lo que intentas es que se de a conocer y la gente lo lea. Porque se publican muchísimos libros y tratar de conseguir unos minutos de atención de alguien es complicado. Por tanto, es casi necesario hablar de los libros que publicas para despertar la curiosidad de alguien. Y es un buen ejercicio también, el de estar al otro lado, porque te ayuda a entender. Igual que, en general, los hijos no nos ponemos en lugar de los padres hasta que no nos convertimos en padres, y somos en general bastante narcisistas y egoístas, creo que es interesante ponerse al otro lado. En mi caso, yo que he trabajado en periódicos toda mi vida, y en plantilla, y estuve siempre bien pagado, pues los últimos cinco años he sido autónomo, he sido freelance, y sabes lo que vale un peine. Por eso es interesante, porque sabes lo difícil que es trabajar de autónomo y de freelance, porque para conseguir ganar la cuarta parte de lo que ganaba cuando estaba en plantilla, te desvives. Es importante porque hay muchos compañeros periodistas pasándolas canutas para llegar a fin de mes.

Cubrir guerras, catástrofes y desastres deja una huella en ti que te va a cambiar para siempre

P. ¿Y qué te perturba más, cuando te escuchas entrevistando o cuando te lees como entrevistado?

R. No me gusta nada escucharme, siempre me parezco un tipo extraño. Me pasaba con las viejas grabadoras, que decía ¿de quién es esa voz? Y a veces, cuando te ves en pantalla, es como si vieras tu parte más impresentable o más gilipollas, por decirlo en corto. Pero yo prefiero entrevistar y tratar de averiguar cosas del otro.

P. Este libro me ha pillado de carambola, así que cuéntame un poco cómo ha sido la selección.

R. Fue muy laboriosa, porque son entrevistas de más de 30 años. Algunas publicadas en El País y la minoría en ABC. La selección se hizo de acuerdo con el editor de Turner, Ricardo Cayuela, que ya no está en la editorial. Primero iban a ser entrevistas a autores españoles, a personajes o personalidades españolas, pero, al final, él propuso que en el libro sólo hubiera voces extranjeras. Y hay una entrevista a Susana Martínez Conde, que es una neurocientífica que vive en Nueva York, y que es la única compatriota. Y, bueno, si el libro va bien, pues ya sacamos otro con figuras, escritores y políticos españoles. No sé qué pasará. Pero había una selección enorme de autores. Por ejemplo, una de las que más lamenté que no entrara en el libro fue con Rafael Chirbes. La verdad que la entrevista que le hice hace unos años -murió tres años después- fue una entrevista muy reveladora.

P. Creo que la recuerdo. Era un entrevistado potente.

R. Sí, muy potente, no se cortaba nada. Además, estuve casi un día entero con él. El título era algo así como que no hay ninguna riqueza inocente

P. Yo quiero preguntarte por David Bowie, que está en el subtítulo. Porque no sé si se puede llegar a captar a alguien como David Bowie a través de una entrevista.

R. Bueno, una entrevista siempre es un intento de conocer a alguien. Por eso es importante tratar de conseguir el mayor tiempo posible cuando vas a entrevistar a alguien y tratar de averiguar lo máximo sobre a quien vas a entrevistar. Es importante tratar de tener un buen repertorio de preguntas basadas sobre todo en tu investigación sobre la figura. De David Bowie yo todavía conservo algunos discos, LPs, pero no era un artista que me subyugara, aunque tengo amigos completamente fascinados tanto por su figura como intérprete, como compositor y como actor, incluso. Pero no estaba entre mis predilecciones. Así que me escuché el último disco, que fue el motivo de la entrevista, y traté de escuchar y aprender lo máximo sobre él antes de entrevistarle.

Y la verdad es que fue deslumbrante. Fue la primera entrevista del día, la empresa discográfica alquiló una habitación de un hotel de Manhattan, no muy lejos del World Trade Center, y la verdad es que me subyugó. Sobre todo porque una figura como David Bowie, que es casi un extraterrestre, luego era de una cercanía, una sencillez y una inteligencia… Me pareció deslumbrante. Y respondía con una falta de prepotencia… Es que hay gente que no ha hecho casi nada y responden como pequeños dioses, sobre todo en el mundo político y en el artístico. Y Bowie me parecio todo lo contrario. Y me dijo algo sorprendente: que él no disfrutaba nada cuando actuaba. De hecho, me dijo: “Ahora que soy padre, prefiero que las giras sean cortas para no estar muy lejos de mis hijos”. Pero me dijo que no disfrutaba en el escenario, que era donde se transformaba; era un auténtico camaleón. 

La historia de España ha sido muy extremista a la hora de negarle la voz al otro

P. Claro, supongo que eso le ayudaba. No era David Bowie quien disfrutaba, era Ziggy Stardust o cualquiera de sus múltiples creaciones.

R. Sí, claro, claro.

P. ¿En qué año fue? 

R. Estaba de corresponsal en Nueva York, fue en 2002, porque no estaban las Torres Gemelas. Salió en un Blanco y Negro dominical.

P. ¿Alguna vez cree que ha conseguido captar bien la esencia de algún entrevistado?

R. Bueno, primero habría que pensar en si existe una esencia. Tenemos rasgos definitorios, rasgos que nos constituyen y son parte de nuestro carácter, de nuestra forma de ser y estar en el mundo. La cuestión de la esencia es más metafísica, pero bueno, puedes intentar acercarte al verdadero ser, aunque con una entrevista es difícil. En esto me parece admirable lo que hace Leila Guerreiro, la periodista argentina. Por ejemplo, cuando entrevistó a Guillermo Kuitka, un pintor argentino, pues se pasó decenas y decenas de horas con él. Prácticamente se fue a convivir con él, estuvo viéndole pintar, y la verdad que el resultado es un perfil y una entrevista profundísima. Y también me hubiera gustado entrevista a una poeta, Wislawa Szymborska, que ganó el Premio Nobel. Recuerdo una vez un periodista al que le dijo: El problema es que para algunas respuestas yo necesito un día entero. Eso demuestra mucho su forma de ser, su amor a las palabras, y a lo que uno dice.

Bueno, para tratar de entender a alguien necesitas tiempo. Creo que es una idea fundamental tanto de la vida como del periodismo. Y andamos en esta vida tan acelerados todos, como pollos sin cabeza, que creo que esto ha hecho que el periodismo pierda mucho interés, mucho encanto, mucha capacidad de profundizar. Y creo que, cuando en una entrevista consigues tiempo del otro, se gana mucho. Porque hay cosas que solo afloran cuando has conseguido ganarte al otro para que se abra y para que, de repente, baje la guardia y te diga cosas que a lo mejor estaba deseando compartir con alguien, pero que en principio cuesta. Porque contar cosas que duelen o que te han dolido o que son importantes para ti, llegar a ellas a veces cuesta. Y creo que cuando el entrevistado se da cuenta de que conoces su obra, conoces su vida, le has dedicado tiempo y le haces preguntas que le sorprenden, al final consigues el flujo de dos direcciones de empatía. Pero no es fácil.

P. Yo siempre dudo de si una entrevista es mejor por la calidad de las preguntas o por la capacidad para construir un contexto de río en el que entrevistado y entrevistador se dejen llevar.

R. Bueno, es importante que las preguntas vayan tratando de acotar un paisaje intelectual o casi moral. Pero hay muchas más cosas. Con las preguntas se puede ir casi dibujando una ciudad en torno al entrevistado, que se sienta gusto. Pero no es fácil.

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P. Siempre recuerdo el reportaje este de Gay Talese, Frank Sinatra está resfriado, que sale por una entrevista que nunca llegó a ocurrir, y el autor decidió quedarse y observar a Sinatra. Puede que sea uno de sus mejores retratos.

R. Claro, claro, sí.

P. ¿Y las preguntas que se quedan fuera, dónde van?

R. Bueno, recuerdo ahora una entrevista que le hice a Javier Marías. Yo le pedí a la editorial y a él una entrevista larga. Había preparado, no sé, cuarenta preguntas. Cuando llevábamos dos horas y media, me dijo: “¿Todavía queda mucho?”. Yo le dije que habíamos pactado tres horas. “¿Tres horas? ¡Qué me dices, si estoy agotado!”. Pero fue muy cordial y se quedaron como diez preguntas fuera. Pero creo que dio tiempo para indagar bastante en él y creo que se le trató bastante profundamente. De hecho, recuerdo una pregunta. Él tenía una gran fascinación por el mundo del espionaje, por el mundo de la máscara. Y le pregunté si le habían propuesto alguna vez ser espía. Y él se quedó en silencio y se echó a reír. Y le dije: ¿Lo dejamos así? Entonces se quedó un poco en la ambigüedad. Bueno, él era una figura que había vivido en el Reino Unido, hablaba inglés perfectamente, tenía acceso a muchos vínculos con la sociedad española. Entonces, podía ser una oreja muy interesante para algunos ámbitos.

P. Sin duda. ¿Y la autocensura, la has practicado mucho?

R. Bueno, yo durante siete años dirigí el master de ABC y una de las cosas que le decía a los alumnos es que jamás se autocensuraran. Tú no te autocensures, el jefe es que el que tiene que censurarte. Evidentemente, uno sabe donde trabaja y sabe bien cuáles son los límites, pero creo que es contraproducente autocensurarse. Lo que tienes es que ser cauteloso. En el caso de las entrevistas delicadas, con una figura, imaginemos a alguien que ha cometido un gran desfalco o un crimen y está en una situación legal complicada, pues sabes que esos temas son delicados. Y, cuando tienes unas preguntas que sabes que son complicadas, dolorosas y que pueden provocar que el entrevistado se levante y se vaya o que monte en cólera y la entrevista se termine, hay que ser... Antes decías de hacerse un poco el tonto, es un poco ser más cauteloso, de ir poco a poco tratando de conseguir su confianza, pero sabiendo que al final tienes que hacer esa pregunta. Pero no empieces por esa pregunta, no empieces por ahí, porque sólo puede conseguir que se cierre en banda y, al final, la entrevista sea fallida. Si vas poco a poco, incluso con alguien que puede ser en principio despreciable y con el que no tienes ningún tipo de sintonía, cuando él ve que hay un interés genuino por tu parte, y que tienes interés en conocer sus razones, cuando le preguntas esa cuestión dolorosa o incómoda, probablemente puede responderla. 

P. ¿Y le han censurado preguntas a usted?

R. La verdad es que no, no recuerdo que me hayan censurado preguntas. Broncas he tenido… Por ejemplo, la entrevista esa con Javier Marías, recuerdo que el entonces director adjunto de ABC me decía “tienes que hacer la entrevista”. Y yo le dije: No, perdona, tengo que leer antes estos dos libros y hasta que no los termine no voy a hacer la entrevista. Entonces, era más una pelea por ganar tiempo y hacer una entrevista en condiciones. Pero bueno, sabes como va el sistema, a veces hay que hacer cuatro o cinco cosas. Pero lo ideal es tomarte tu tiempo para prepararte bien la entrevista. Y más que censurar, fíjate, yo estuve en Nueva York viviendo siete años, y esto es una práctica que se ha exportado de EE.UU. al resto del mundo, los llamado junkets. Cuando, por ejemplo, se estrena una gran película de Hollywood con grandes estrellas, se alquila una planta entera y se cita a 20 o 30 periodistas. Y te exigen que no hagas preguntas sobre la vida personal de los artistas o el director o nada de preguntas políticas incómodas y nada que cuestionara la propia calidad de la película. Bueno, es una forma descarada de convertir la información en pura propaganda y pura publicidad. Y si rompías las reglas, al final no te invitaban. Ya todo el procedimiento de invitarte, el viaje, el hotel, ya forma parte de una perversión de la independencia de los medios. Lo cual no significa que te dejes comprar, porque puedes preguntar, aunque te arriesgas a quedarte fuera de este engranaje. Y, de hecho, algunas productoras grandes, cuando el crítico hacía una mala crítica, se quejaban. Y algunos directivos se quejaban del crítico porque eso suponía poner en peligro la cartera publicitaria. ¿Qué suponía esto? Pues que al final el medio pierde independencia, pierde prestigio, y al final estás vendido a la publicidad. Creo que la consecuencia es que el medio acaba perdiendo la partida.

La complicidad con el político es mala para el periodista y para el lector

P. Eso también ocurrió aquí, en El País, con Boyero, que pidieron su cabeza.

R. Bueno, yo no lo conocí, cuando yo estaba en El País, estaba de crítico Ángel Fernández Santos, que era muy amigo de Boyero, por cierto, y era un crítico fabuloso. Y yo me acuerdo, una vez, que tuvo una gran bronca con Cebrián, porque hizo una crítica muy dura de Almodóvar. Y le dijo Cebrián: “Esta película no puede ser mala cuando ha ganado tanto dinero”. ¿Vamos a ver, de qué estamos hablando? ¿De calidad cinematográfica, de ética, de estética o de dinero? Porque, si al final, la forma de valorar las cosas es cuántas visitas tienes, cuánto dinero ganas, pues al final ese es un criterio económico y cuantitativo, pero no por el que debe regirse un crítico. Al final, eso ha permeado todo. Vivimos en esto. 

P. Belén Esteban siempre va a vender más libros que nosotros.

R. Claro, al final parece que lo importante es cuántos clicks provocas, cuántas visitas… Eso pervierte la labor del periodismo. Y creo que eso ha perjudicado mucho a los periodistas, que hoy están en la redacción con estas pantallas que te muestran, en cada momento, cuáles son las noticias más vistas. Porque un periodista tiene que decidir qué es lo que cree que es importante para los lectores, les guste o no les guste. Una vez, hablando con Nacho Escolar precisamente, me decía que había informaciones o noticias que les molestaba a los socios. Bueno, pues nuestra labor como periodista es tratar de contar las cosas, incluso lo que a los propios lectores no les gusta reconocer. Ese es un poco el sentido del periodismo. Y puedes equivocarte, claro. Pero si el criterio es que la mayoría vote qué se publica y cómo se da, entonces estamos pervirtiendo nuestra tarea.

P. Yo como soy periodista local, hago muchos temas. Pero como también coordino cultura, tengo la vacuna contra los clicks, porque lo que yo creo que es muy importante es lo que menos se lee del periódico habitualmente. Eso me pone en mi sitio rápido.

R. Ya, es que al final cuando entras y ves cuáles son las noticias más vistas…

P. Vamos un poco como locos, la verdad.

R. Al final todo son criterios económicos, cuantitativos. Si esa es la norma de todas las cosas, se pervierte un poco.

Las ruedas de prensa sin preguntas son una depravación

P. Los números se han metido en nuestra vida de una manera brutal. La aritmética está en todo lo que hacemos, hasta en nuestros móviles.

R. Yo creo que hay que volver a Antonio Machado, cuando decía que no es lo mismo valor y precio. Creo que es importante que volvamos a pensar sobre ello. Pero estamos en una dinámica muy complicada, en la que al final los números mandan, y el criterio más valioso hoy es el de cuánto vales. Eso es una perversión.

P. Claro, yo no sé qué mata más lectores, si la falta de información o la sobredosis de información. En cualquier caso, ambas son mala información.

R. Por supuesto. Los dos son un desastre. Lo que ha provocado esta especie de vida tan acelerada es que mucha gente se desentienda y no quiera saber nada. Lo cual me parece legítimo, aunque creo que es un error. Y a la vista está, con la pandemia, con la guerra, cualquier cosa que ocurre en cualquier lugar del mundo acaba afectando. Bueno, no digamos el clima, en el que todos estamos inmersos en el tema climatológico y padeciendo las consecuencias de este desajuste, y la reacción puede ser “yo no quiero saber nada y las noticias me deprimen”. Bueno, nuestra tarea es contarlo a pesar de que mucha gente no quiera saberlo.

P. Y están también quienes directamente se inmunizan ante la realidad. Hemos llegado a ver periodistas haciéndose selfis en lugares donde ha habido tragedias.

R. Ya, ya… La perversión de la propia tarea periodística ha ido también a más. Hoy se ven reportajes en los que el periodista está en el centro, y al final dices: “Lo importante es yo, aquí, contando lo que está pasando”. Jugando un poco con la estética cinematográfica, el entretenimiento, la mezcla de la acción con la información… Esto es algo que me incomoda bastante. 

P. Al preparar la entrevista no he podido evitar acordarme de Jesús Quintero, como un artista de la entrevista. Y también como alguien irrepetible, no porque no pueda surgir otro Quintero, sino porque no se le va a dar la oportunidad a nadie de plantear un programa como el que tenía Jesús Quintero.

R. Eso también es curioso, como al final, siempre pensabas que vivimos una vida que progresa en casi todos los sentidos, económico, moral, político… Y luego te das cuenta de que hay cosas que no progresan en la línea adecuada. De hecho, creo que esto lo planteaba el otro día Évole. Se lo planteaba él a uno de los guionistas de Quintero, si sería posible hoy hacer una serie de entrevistas como Cuerda de presos. Porque les costó muchísimo. En aquel momento creo que el ministro era Belloch, que fue el que autorizó que hubiesen entrevistas en las cárceles. De hecho, en las cárceles era donde Quintero tenía más audiencia, sobre todo con el primero, para mí el mejor, El loco de la colina. De hecho, cuando se presentó el libro en Madrid, empecé hablando de Jesús Quintero, como homenaje, porque me parecía alguien especial. Sobre todo por cómo preparaba las preguntas -es verdad que tenía un par de guionistas-, pero quién creaba la puesta en escena, quien creaba esos silencios fantásticos, en los que había un flujo extraño. Sobre todo en la radio, que sigue siendo un medio muy cálido, lograba algo maravilloso. Yo recuerdo esas noches escuchando esas entrevistas como algo sobrecogedor, muy emocionante. Y él no era periodista, en ese sentido Jesús Quintero era más artista que periodista, pero tenía esa capacidad, primero, de despertar la atención del otro, sorprenderle, hacer que bajara la guardia y conseguir que el otro se abriera y sincerara. Hizo entrevistas, la verdad, prodigiosas. En él había interés genuino, capacidad de escuchar y de guardar silencio.

Una entrevista siempre es un intento de conocer a alguien

P. El silencio.

R. El silencio es muy importante. Cuándo prestas atención de verdad, interrumpes menos. A veces hay entrevistas que, cuando el entrevistado está confiado y va a decir lo importante, si le interrumpes, igual ese momento se pierde para siempre. 

P. Es verdad que, cuando murió Quintero, todo el mundo ha resaltado sus silencios, pero a mí lo que me impresionaba a veces es la poética de sus preguntas. 

R. Porque tienes que tenerlas y también saber cómo las haces. En qué momento, saber cómo las deslizas, y cómo desarmas al contrario. Tenía esa habilidad y ese talento. 

P. ¿Cuál es tu entrevista favorita, de todas las que has hecho?

R. En este libro hay una especial que es con Henry Roth. Yo hablo mucho de él. Hay un libro que se titula Llámalo sueño, y es un libro que cuenta la vida de un niño en Nueva York, a principios del siglo XX. Y cuenta la visión de Nueva York de un niño de siete años. Y es prodigioso. Y entonces, me dejó tan sobrecogido que conseguí el teléfono de Henry Roth, en Albuquerque, le llamé por teléfono y le dije: “Señor Roth, voy a ir a Estados Unidos, va a ser un viaje muy largo y me gustaría mucho entrevistarle”. Entonces, acabé llegando a Albuquerque, me fue a buscar al hotel con Felicia, que era la persona que lo atendía. Estaba muy mayor, tenía artrosis, tenía las manos completamente desechas, y estaba dictando a Felicia su libro póstumo, que es una tetralogía que se llamaba A merced de una corriente salvaje, que contaba aspectos de su vida. Y pasé casi un día entero con él. Y fue un día muy conmovedor.

Él me dijo que había triunfado con su libro y después había pasado décadas en silencio, décadas sin publicar nada. Y me dijo algo muy importante, que se había quedado en la niñez demasiado tiempo. Y que había utilizado además la literatura como una especie de deflector para no mirarse a sí mismo. De hecho, hablaba de Joyce, como hizo un poco Joyce con Ulises, como una forma de no autoexaminarse, de poner un poco el foco en la literatura, en el arte, para no indagar sobre su propia identidad. Y eso le hizo no madurar. Me dijo: “No maduré durante muchos años, viví en una especie de mundo ficticio y literario, en la que mi niño seguía ahí como ocupando todo el espacio sin asumir mi condición de adulto”. Y al final, cuando nos despedimos, me dijo: “Nunca más volveremos a vernos”. Fue una de las entrevistas más conmovedoras, y está en este libro.

P. Volvemos a hablar de los niños. La infancia como arcadia.

R. Fíjate, yo en ABC hice muchas cosas, pero lo que más disfruté igual te va a parecer una chorrada. En ABC había visitas escolares y yo veía que les acompañaban unas azafatas que les contaban el periódico y yo oía unos disparates sobre el periodismo… Entonces, yo hablé con la persona que se encargaba de las visitas y le pedí que nos dejara a los periodistas contarle a los niños lo que es un periódico. Y desde ese día yo me encargué de las visitas al periódico. Todas las semanas tenía cuatro, cinco o seis. Pues yo recuerdo como los mejores momentos de mi trabajo en ABC cuando venían grupos de niños de nueve, diez, once años, y hacían unas preguntas increíbles. Preguntas, además, muy interesantes, difíciles de responder, sobre por qué publicamos estas noticias, por qué no publicamos estas noticias, cómo ganamos el dinero, por qué las noticias son verdad o no son verdad. Eran preguntas fundamentales que los periodistas hemos dejado de hacernos. Y me parece que la curiosidad insaciable de los niños es algo que tenemos que recuperar como periodistas.

Cuando dejas de hacerte preguntas, la vida empieza a perder interés

P. La dinámica de trabajo del periodista no ayuda a ello.

R. Un problema son las ruedas de prensa sin preguntas. Las ruedas de prensa sin preguntas son una depravación. ¿Que hacen convocatorias para hacer un anuncio? Pues me lo mandas y ya está. Me parece una cosa penosa y que lo practican todos. O hacen también ruedas de prensa muy medidas, con cuatro o cinco preguntas, casi siempre con periodistas que saben que no van a plantear preguntas muy incómodas. Me parece una vergüenza, y que nosotros hayamos aceptado esta posición subalterna. La posición del político es someterse al escrutinio del periodista, de los afines y no afines, de todos los medios. Esto, al final, ha contribuido a nuestro desprestigio, porque nuestra tarea es no ser amigos del entrevistado, nuestra tarea es hacer preguntas. Al final, se trata de actuar como representante del lector y tenemos que ser lo más impecables posibles a la hora de hacer las preguntas interesantes.

P. En ciertos aspectos, hoy somos mas la voz del político que la voz del lector.

R. Por supuesto, la voz de su amo. Y también hacer preguntas incómodas. Yo a veces veo que las preguntas son muy pobres. En eso veo que aquí no hay una escuela anglosajona -cuando no hay respuesta, preguntas otra vez-. Porque la naturaleza de los políticos es esquivar la respuesta. Y si no le has preguntado eso, es igual. Lo hacen en la radio, en la televisión, constantemente. 

P. Claro, hay un problema, que quien se tira mucho tiempo haciendo actualidad política, acaba cansado de preguntar, cuando no se agota directamente la llama del perseguidor.

R. Y hay otra cosa también: en general, los que hacen información política y viajan con los políticos, por ejemplo, acaban cogiendo una cierta complicidad. Esto es inevitable, porque al fin y al cabo consigues buenas fuentes y eso te permite a veces acceder a políticos, artistas o futbolistas, ¿no? Pero cada vez es más difícil acceder directamente. Y en estos viajes adquieres cierta complicidad, pero es peligroso, porque al final esta complicidad es mala para el periodista y mala a fin de cuentas para el lector. Yo creo que no podemos ser amigos del entrevistado, y menos de los políticos, pero bueno, es inevitable. 

P. Tengo que decirte que una de mis entrevistas tuyas favoritas fue con Escohotado. Creo que es ese tipo de figura que te obliga a replantearte tus propias preguntas.

R. La verdad que fue una entrevista… Yo no le conocía mucho, no había leído su historia de las drogas, pero había leído la historia del comercio que es una investigación impresionante. A mí lo que me sorprendió sobre todo, es que lo entrevisté en su casa -esto lo digo en el libro, si puedes conseguir que el entrevistado te de la entrevista en su casa, vas a aprender muchas cosas de él-, y es que tenía una cordialidad impresionante. Y un humor, una especie de autoparodia, una ironía y una inteligencia tremendas. Sobre todo por parte de alguien que es una figura mítica para mucha gente, que ha tenido una evolución política muy curiosa, que ha sido siempre un ácrata redomado, y que ha estado hasta el final experimentando con drogas. Y es un tipo que rompe los esquemas porque creo que es valiente que él estuviera constantemente estudiando. Pero sobre todo el humor, que fuera capaz de no tomarse demasiado en serio a uno mismo, pero sí tomarse en serio las cosas importantes. Bueno, no me hice amigo de él, pero sí se estableció una complicidad. De hecho, escribió un libro y me pidió que escribiera el prólogo. 

P. La verdad que pocas figuras liberales hay como Escohotado en España.

R. Tan consecuentes no, tan liberal de verdad. Sobre todo en el sentido de ser absolutamente libre, de no dejarse influenciar por nadie, de decir lo que pensaba sin preocuparse por las consecuencias que podía tener para la venta de sus libros. No estaba obsesionado con la imagen que podía dar.

P. Lo decía porque en España parece que los liberales, al menos al estilo anglosajón, escasean. Aquí se tiende más al conservadurismo.

R. Es que el liberalismo en España no ha cuajado. Yo trabajé 19 años en ABC, y tengo que decir que tuve una libertad para trabajar enorme, casi mayor que en El País, y sin embargo, creo que podría haber sido un ejemplo de un periódico liberal… Y lo fue, sobre todo al principio, en tiempos del fundador, sobre todo en la Primera Guerra Mundial, de la que hizo una cobertura impresionante. Pero creo que en España ha faltado la tradición liberal anglosajona. Creo que el peso de la Iglesia Católica y de la propia historia de España ha sido nefasta para crear una cultura liberal. Y, a lo mejor, figuras como Chaves Nogales o Blanco White, figuras que no se casaban con nadie, aquí no han cuajado. Creo que la historia de España ha sido muy dramática y extremista a la hora de negarle la voz al otro. Y creo que ABC podría haber ocupado ese espacio, como Le Figaro  en Francia o The Economist en Reino Unido, esa especie de respeto a la inteligencia del lector, y no dejarse regir por pautas muy arcaicas. Pero creo que ha pesado demasiado la Iglesia Católica y la tradición más oscurantista. Lo cual no quiere decir que no hay liberales, pero son una excepción en España.

P. No me resisto a preguntarte, ahora que tenemos una guerra a las puertas de Europa, qué podemos aprender de tu experiencia en Sarajevo y aplicarla a lo que estamos viviendo ahora en Ucrania.

R. Hace poco escribí un artículo en FronteraD, y en él empezaba diciendo que tenía una especie de sentimiento contradictorio: por un lado siento mucho no estar en Ucrania contando la guerra y, por otro, siento un alivio inmenso de no tener que ir a la guerra. Porque aunque la guerra es un acontecimiento impresionante, terrible y fascinante, también supone exponerte a morir y porque ver el sufrimiento en directo te causa un daño y un dolor. Últimamente estoy pensando mucho en ello. Cuando en las facultades hay chicos que te dicen que quieren ser corresponsal de guerra, hay algo que no se les enseña. Cubrir guerras, catástrofes y desastres deja una huella en ti que te va a cambiar para siempre. Ese dolor te va a acompañar. Entonces, la gente no se da cuenta de que ver la muerte en directo y escenas atroces va a dejar un peso en ti para siempre. Y además es bueno que lo deje, porque eso va a hacer que tu humanidad se conmueva. Porque si no te conmueves con el dolor ajeno… Uno tiene que manejar esa especie de capacidad de compadecerte por el dolor, porque si es demasiado grande te incapacita y te pones a llorar. O te hace convertirte en médico, no lo sé. Pero creo que hay que ser consciente de lo que el sufrimiento y el dolor va a causarte. Entonces, por una parte me gustaría estar allí, leo lo que hacen mis compañeros, veo las fotos y hay trabajos espléndidos.

Yo creo que lo que hay que hacer es ser periodista con todo lo que supone y usar todo nuestro repertorio deontológico a la hora de hacer información. Tratar de contar todo lo que ves, hacerlo de la forma más honesta posible, sin cargar las tintas, sin hacer hincapié en el morbo, esquivando las directrices políticas gubernamentales -que no es fácil-, esquivar la simplificación, tratar de explicar el contexto, los antecedentes históricos y, sobre todo y lo más importante, estar en el sitio. Esta guerra tiene problemas importantes porque del lado ruso es muy difícil informar. Lo hemos visto con los periodistas rusos y con gente que se ha atrevido a deshacer las órdenes del Kremlin. Entonces, es verdad que, del lado ucraniano, están siendo mucho más hábiles, son las víctimas, son los agredidos, y han permitido un acceso mucho más grande. ¿Les interesa también? Por supuesto. ¿Que manipulan? Por supuesto. Pero hay mucha más libertad, porque en el otro lado es imposible. Entonces, la cobertura de Ucrania está descompasada porque falta la mirada del lado ruso, porque han expulsado a todos los periodistas. A algunos por atreverse a decir la palabra guerra o invasión. Pero creo que es una guerra pavorosa, y es curioso, porque ha dejado en entredicho algunas de las cuestiones que se daban por seguras.

Esta vida tan acelerada ha provocado que mucha gente se desentienda del periodismo

P. ¿Por ejemplo?

R. Bueno, se decía, las guerras del futuro serán híbridas, de ordenadores, con alta tecnología… Y lo que estamos viendo es una guerra casi como en la primera o la segunda guerra mundial, una guerra casa por casa. Sí, hay misiles, bombardeos y drones, pero hay combates decisivos y se está librando casi metro a metro, con una crudeza y sufrimiento tremendo.

P. De todas las cosas que has dicho que habría que hacer con el código deontológico, hay una que no viene, y que es muy importante, que es que el periodista tiene que comer tres veces al día.

R. Ya. Las condiciones laborales… He sido presidente de RSF hasta hace muy poco tiempo y ahora no estoy en el día a día, pero bueno, primero se agotaron los chalecos antibalas y los cascos. Y están tratándose de conseguir financiación para conseguir más chalecos. La cantidad de periodistas freelance que llamaron a RSF para pedir todo esto… Es que muchos periodistas van por su cuenta, sin garantías de que van a poder publicar sus historias, o a publicarlas decentemente, y sin garantías que te cubran el viaje. Por supuesto, no puedes plantearte tener un fixer, un traductor o un vehículo. Las condiciones de trabajo de muchos de estos periodistas son terribles. La verdad es que tremendo.

P. Gervasio Sánchez me decía hace unos meses que la cobertura de Ucrania en primera página iba a durar hasta que se acabaran los presupuestos para corresponsales. No se equivocó mucho, aunque ahora haya vuelto de nuevo.

R. Bueno, la guerra sigue, la cobertura no es tan intensa. Pero ahora llega el invierno, llegan nuevas condiciones y sobre el terreno están pasando muchas cosas. La verdad que la guerra de Ucrania va a marcar a nuestra generación y a los europeos, que pensábamos que la guerra era un horizonte que estaba fuera de nuestras expectativas vitales. Y está ocurriendo ahora mismo. Así que creo que no va a quedar más remedio que seguir informando de ella. 

P. También me dijo Gervasio que el miedo era un maravilloso antídoto contra la imbecilidad.

R. Sobre todo contra la imprudencia. Creo que te pueden matar por mala suerte, pero también, a veces, muchas muertes ocurren por imprudencia, por hacerte el valiente o moverte sin haber previsto antes las vías de salida. Yo lo aprendí en Sarajevo también, lo importante que es el miedo para ser más cauteloso y no cometer imprudencias. Pero hay un nivel de riesgo evidente. 

P. También estuviste en Ruanda, que considero que fue el último gran conflicto africano que llegó a ser tema de portada en España.

R. Sí, desde entonces no ha habido una cobertura tan exhaustiva. Aunque tardó en llegar. Más que cuando estalló el genocidio, la cobertura llegó con el éxodo masivo, de millones de personas, que hizo que empezara a morir gente de cólera. Y entonces fue cuando la comunidad internacional reaccionó. Porque la gente moría a cientos ante tus ojos cada día. En ese momento, los ojos del mundo se pusieron sobre Ruanda. 

P. Te lo comentaba porque, a veces como periodista, es inevitable no percibir esa hipocresía de pensar que nos afectan más las guerras en Europa que en África.

R. Yo cuando me fui de El País a ABC, cuando ABC me propuso ir a Nueva York, y en ese momento el director de El País me dijo: “La oferta de ABC es muy buena, yo no la puedo superar, pero ¿qué quieres para quedarte en El País?”. Yo dije que quería África. Quiero que El País se vuelque en África. Y después de casi un mes discutiendo, dijo: “No somos Le monde ni somos The New York Times para tener una sola persona dedicada a África”. Un continente como África, con los problema que hay allí, que empezaban además a llegar inmigrantes, con las historias que ocurren allí… Un continente inmenso. Si un periódico como El País, con su potencia de fuego no podía plantear eso, me fui. Y la verdad que nunca me he arrepentido. Pero me costó, me costó dar el paso. De África a Nueva York, de El País a ABC, y al final, mira, como consecuencia estaba en Nueva York cuando cayeron las Torres Gemelas. Y mi madre, que se alegró mucho cuando dejé de cubrir conflictos, me dijo: “Ahora que estás en Nueva York, la guerra llega a Nueva York”. 

P. Vaya cobertura esa también.

R. Pues sí, la verdad es que sí.

P. ¿Dónde te pilló aquello?

R. Me pilló tomando un café con mi mujer. Habíamos dejado a nuestra hija en el colegio público, y me llamó Pedro Rodríguez, que era corresponsal en Washington, y me dijo: “Se ha estrellado un avión en una de las Torres Gemelas, ponte las pilas”. Entonces, recuerdo llegar a casa, que era una casa pequeña, tenía 26 pisos sólo, bajita para Nueva York, pero desde la que se veían las Torres Gemelas y el Empire State. Entonces le dije a mi mujer: Vamos a la terraza y hacemos fotos allí. Y me acuerdo que desde la terraza se veía una torre ardiendo. Yo había subido directamente y mi mujer había ido al piso a coger la cámara. Y entonces, cuando yo estaba arriba, vi como estalló la segunda torre -no vi que el avión había entrado por la bahía y se había empotrado con la segunda torre-, pero recuerdo que en ese momento tuve un pensamiento absolutamente perverso: Mi mujer se ha perdido la foto de su vida. Era el momento en que estallaba la segunda torre, vivíamos en la calle 28, y el humo de las torres parecían como el de un transatlántico, moviéndose hacia Chinatown. Así que lo que hicimos fue bajar allí y tratar de hablar con la gente, sobre todo con los que habían escapado, los que estaban por debajo de la zona de los impactos. Eran gente que había logrado bajar a la calle con sangre, llena de polvo, totalmente descalzos.

P. Sé que ya no eres presidente de RSF, pero quiero preguntar por la situación de Pablo González en Polonia.

R. Sí, claro, además RSF se ha interesado mucho por esta situación completamente irregular. Es incomprensible que durante tanto tiempo no haya nada firme. Porque el Gobierno polaco ha hablado de indicios sospechosos, pero no ha encontrado nada, no hay juicio, y creo que las autoridades españolas se lo están tomando con… Es un país de la UE, se supone que hay intercambios muy fluidos y, sin embargo, aquí no está funcionando. Que Pablo lleve tantos meses encarcelado, prácticamente incomunicado, y no haya ningún avance, y nosotros sólo esperamos que esto se resuelva. Que presenten cargos, si hay indicios que los presenten, pero lo que hay es un oscurantismo total, y una situación de indefensión tremenda.

P. Pues para terminar, ¿quién eres?

R. (Se ríe) Bueno, fíjate, te voy a responder un poco a la gallega, aunque no me guste demasiado. He entrevistado tres veces a uno de los escritores que más me gustan, que es Richard Ford, y siempre le he hecho esta pregunta y siempre me dice lo mismo: “Todavía no lo sé”. La última vez le pregunté: ¿Sabe ya quién es? “Todavía no, estoy investigándolo”. Bueno, a mí me gustaría saber quién soy. La respuesta que creo más fácil es que no somos de una pieza. Creo que uno de los errores más fáciles que cometemos los periodistas es convertir al otro en una mariposa y ponerle un alfiler. Creo que todos somos más complejos. A medida que los periodistas contribuimos a simplificar la vida de la gente, o de los países, cuando hablamos de “los negros”, “los africanos”, “los españoles”, “los catalanes”, estamos tergiversando la realidad. Creo que no existen “los negros”, ni “los africanos” ni “los españoles”, existimos uno por uno. Y creo que nuestra labor es tratar de ver la humanidad de cada uno.

Entonces, en mi caso, estoy tratando de averiguar quién soy. Y la respuesta es que soy sobre todo periodista. Creo que si volviera a nacer sería periodista. Y creo que he tenido suerte, porque he vivido un momento en el que el periodismo todavía se pagaba bien y en el que la prensa era relevante. Y se dedicaba tiempo a leer y a investigar. Esto no ha desaparecido del todo, en España estamos en una situación complicada, pero todavía hay buenos ejemplos. Bueno, creo que eldiario.es es un buen ejemplo, y también El Confidencial, pero también buenos periódicos que todavía hacen periodismo en papel, como el Financial Times o el New York Times, que han demostrado que es muy rentable invertir en periodismo y en periodistas. Y creo que hay lectores que todavía quieren leer periódicos. Creo, además, que el papel no está muerto. El papel tiene una cosa buenísima, yo siempre lo digo, que es que nadie sabe lo que estás leyendo. Porque en los ebooks estos siempre dejas un rastro y hay más agentes interesados en saber qué lees, por qué lees y utilizarlo, porque al final somos nosotros el producto. 

Además, no leemos igual en papel que en digital. Porque un periódico era, al final, un intento de ordenar el mundo en 40 u 80 páginas. En internet es todo más horizontal y es más difícil ver qué es lo más importante. Y cuando empiezas a pasar páginas descubres cosas que no sabías que te iban a interesar. Yo sigo comprando periódicos y sigo recortando. Y echo de menos la vida en las redacciones. Porque me parece un espacio donde hay gente distinta hablando, discutiendo sobre las noticias, y es un espacio de debate muy interesante. Pero también creo que en España faltan periodistas de África, asiáticos, de otras religiones, porque eso enriquece nuestra mirada sobre el mundo. Puedes ser muy liberal, pero gente que ha tenido una infancia distinta, otra religión, otras vivencias, te van a dar una riqueza enorme. Me parece que falta esa riqueza a la hora de plasmar la realidad.

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