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Pozoblanco: donde el golf nació por casualidad entre encinas

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Carmen Reina

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La historia del campo de golf de Pozoblanco es la historia de una idea que tuvo una niña y que convenció a su padre y unos amigos para empezar a practicar este deporte entre encinas en la dehesa que rodea a su pueblo. Terminaba la década de los años 70 del pasado siglo cuando aquella niña hizo un hoyo en el suelo, cogió un palo de madera y una pelota de tenis y, con paciencia y como diversión, comenzó a intentar embocarla. Cuentan que, divertida con aquel juego, se empeñó en que su padre –de nombre Pedro García Moreno y a la postre presidente de honor del club de golf pozoalbense- y los amigos de éste la imitaran, hasta que consiguió que la curiosidad les picara y dieran algunos golpes.

Tanto les picó que, este grupo de cinco vecinos de Pozoblanco tomaron la iniciativa y comenzaron a reunirse para jugar en una finca de dehesa a diez kilómetros del pueblo. Primero con una lata enterrada que hacía las veces de hoyo, con rudimentarios palos que fabricaban de madera, más tarde con un palo artesanal que les hizo un herrero del municipio y finalmente con otro palo de golf real que un conocido trajo desde Canarias.

Resultó que entre los conocidos que se reunían para jugar y hacer sus pequeñas competiciones aún de forma rudimentaria, se encontraba un concejal del Ayuntamiento y fue a través de él cómo los accidentales precursores del golf en Pozoblanco solicitaron al consistorio la posibilidad de hacer un campo para la práctica de este deporte en unos terrenos municipales a apenas tres kilómetros del casco urbano.

Y fue entonces cuando allí, en el terreno denominado Cabeza Oliva, se erigió el que fue el primer campo de golf municipal de toda España, precursor de otros que llegaron después. Fue inaugurado en 1.982 y hasta allí llegaron en la época hasta periodistas británicos para ver cómo el deporte de su país había sido trasladado hasta un campo rústico entre encinares en pleno Valle de los Pedroches.

Porque esa es, además, una de las principales particularidades de este campo de golf: no es un espacio diseñado y ajardinado artificialmente, sino que se ha mantenido como el terreno rústico que es esta zona, con la dehesa y sus encinas como señas de identidad, valiéndose de las especies de hierba autóctonas para la mayoría de las zonas del campo. Tan rústico como naturalmente adaptado al juego, donde las encinas suponen algún obstáculo que salvar en los golpes largos y donde hay que recoger manualmente las bellotas que caen al suelo y que debe estar libre de tropiezos para la pelota.

Dos jardineros son los encargados de cuidar al milímetro la hierba de cada green y de los tees de salida, además de rastrillar la gravilla de marmolina de los bunkers y cuidar cada semana que las calles por donde juegan los golfistas estén a punto. Un total de nueve hoyos en los que embocar la bola suman las metas para completar con éxito el recorrido del campo de 1.830 metros, en el que dos lagos –de los que se aprovecha su agua para regar el campo- y una serie de trampas de arena dibujan las zonas que los jugadores deben sortear para evitar que su bola caiga allí.

Hoy, este espacio en el que se ubica el Club de Golf de Pozoblanco alberga torneos cada semana y goza de una actividad ininterrumpida en sus 34 años de existencia. Hasta allí acuden jugadores de la comarca, del resto de la provincia cordobesa y de otras zonas aledañas, con los cerca de 300 socios del propio club a la cabeza.

Lo que empezó como un juego rudimentario, con el empeño de los socios del club de golf se ha convertido en un espacio deportivo y de ocio a las afueras de Pozoblanco. Ellos, aprendieron la práctica de este deporte de manera autodidacta, pero hoy han creado una escuela para que los niños empiecen a practicar el golf con un profesor que les imparte clases. “El futuro está en las bases. Es fundamental cuidarlas”, dicen en el club, que ven cómo las generaciones venideras se sienten atraídas por este deporte y están obteniendo buenos resultados de cara a poder realizar competiciones en sus categorías.

Y día a día, allí, entre encinas, con la dehesa pozoalbense como una perfecta alfombra de hierba y las rapaces de la zona sobrevolando el campo como el mejor ojo de halcón posible para ver cómo se desarrolla el juego, se alimenta este deporte que llegó a Pozoblanco casi por casualidad en el mismo año (1979) en el que Severiano Ballesteros ganaba su primer Open Británico.

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