Las lágrimas de la vida

Jesús León besa a Sandoval al final del partido | MADERO CUBERO

Ríe el más pequeño. Ese niño que salta junto a su padre. Mira al cielo el veterano. El hombre curtido en las más duras batallas. Cantan los adolescentes. Los muchachos que quieren crecer ante el verde. Resopla el joven. El chico que comenta con el amigo de grada. Y suspira el tipo de la madurez. Aquel que camina entre el espesor de la arboleda que son los años. Aquel que sueña como el niño y sufre como el anciano. Todos ellos son valientes. Como los que están completamente decididos a romper sus cuerdas vocales. Son Incondicionales y Brigadas Blanquiverdes. Como los miles que se ponen en pie con cada salida a la contra, brincan ante cada ocasión y golpean con nula compasión sus rodillas cuando el rival ataca. Es El Arcángel, no sólo templo de ilusiones sino, desde este sábado, lugar de donde los imposibles no existen. Rincón apartado del mundanal ruido lleno de esperanza. Los sueños son fuertes, poderosos como nunca. “Sí se puede”, siempre se puede.

La risa es contagiosa. Más si es de un chiquillo. Por inocente, por plena de felicidad y falta de preocupación. La risa es sinónimo de vida. Reflejo de la luz incluso cuando la realidad es oscura. Y de panoramas tenebrosos saben de sobra en el coliseo ribereño. Pero también de alegrías poco lúcidas y trabajadas, de éxtasis inesperados y por ello enloquecedores. Donde el frío es helador y el calor agotador, conocen de sobra las vicisitudes de la existencia. Si es alrededor de un balón mucho más. Si es del lado de un equipo que viste a franjas blancas de plata -de plata son todos, los del césped y los de la grada, un año más- y verdes de adelfa probablemente no haya paragón. La risa es gozosa, pero del mismo modo raro impulso de un cuerpo agitado. Los nervios. La maldita ansiedad. A ella está acostumbrada también una entidad forjada a golpe de edad en albero duro y mojado, en hierba seca y sucia. A ella está habituada la afición que nunca se rinde a pesar de las macabras bromas que el destino le gusta.

Reír es vivir. Es hermoso verlo y vivirlo. Hacerlo y sentirlo. Soñarlo y tocarlo. Pero el camino por el mundo también es llanto. A su modo, también es bello. Al fin y al cabo, son las emociones, los sentimientos, la cruda tristeza tanto como la dicha efímera, todo en su conjunto, lo que genera un libro de la experiencia completo. Llorar en la amargura. En la pérdida. El desconsuelo. Llorar como hiciera toda esa gente que hoy sólo quiere lanzar carcajadas al viento cuando la pena se vistiera de blanco y violeta. Llorar como aquellas veces en que salir del pozo se convirtiera en meta inalcanzable. Llorar como esa ocasión en que un gol postrero destrozara en Castilla-La Mancha el alma de quienes, aun con sangre fluyente por su pasión, creen siempre tener allá tras la puerta un futuro más justo. Más propio a su esfuerzo, a su constancia, a la fidelidad eterna. Llorar.

El llanto también es la imagen de la liberación. Del alivio tras la angustia. Del corazón vibrante, en todo instante preparado para detenerse. De la otra satisfacción. Ésa que nace del padecimiento desconocido. La que surge del sufrimiento más virulento. Cada latido es una año menos en la cuenta, pero también una experiencia sumada a la hoja de servicios particular. Y del mismo colectiva. El llanto del niño, del adolescente, del joven, del maduro y del mayor. Este sábado, el Córdoba permanece en Segunda A. Da una lección de supervivencia contra los elementos. Es la magistral enseñanza de que mientras exista tiempo, de igual manera hueco a la fe. A la creencia. Creer. Nunca dejan de creer los que en un desapacible inicio de junio celebran como un ascenso la permanencia. En su derecho están. No es una salvación futbolística, es el regreso a la respiración tras la muerte. Y si tienen que llorar, si el cuerpo se lo pide, que no duden en hacerlo. Las suyas son las lágrimas de la vida.

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