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Unplugged in Córdoba: una nueva generación de cantautores y solistas explosiona en la ciudad

Madame Dolor, LaLola y Jules y Jaime

Juan Velasco

31 de enero de 2026 19:57 h

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En Córdoba hacía mucho tiempo que no se vivía un fenómeno musical así. No se trata de una escena masiva ni de una explosión repentina, sino del crecimiento simultáneo de una docena de cantautores jóvenes que, desde distintos estilos y sensibilidades, han empezado a compartir espacios, públicos y referentes. La canción de autor ha vuelto a ocupar un lugar visible en la vida cultural de la ciudad, renovada en sus formas y despojada de buena parte de los códigos que la habían encorsetado durante años.

Desde un punto de vista materialista, además, el contexto acompaña. En una ciudad donde muchas salas no pueden permitirse grandes cachés, son los espacios pequeños los que están apostando por formatos íntimos, sostenibles y de cercanía. El resultado es un circuito que favorece la voz desnuda, la guitarra, la escucha atenta y una relación directa entre quien canta y quien escucha.

No hacen falta grandes escenarios ni amplificadores al máximo. Basta un micro abierto, una guitarra y una canción aún por terminar. En la era del individualismo y de las redes sociales, tener una banda ya no es una prioridad para muchos artistas jóvenes, que han crecido viendo triunfar en solitario a algunos de sus ídolos. Cada fin de semana, Córdoba se convierte así en un unplugged permanente donde el error no penaliza y la emoción manda.

Un laboratorio ideal

En el centro de esta efervescencia está el Ideal, un bar de la calle Alfaros con mucha historia. Fue el Glam, el primer bar de ambiente de la ciudad. En los últimos años, cuando el Glam se mudó a un local más grande en el Vial, se convirtió en un club que alternaba música en directo y música electrónica. Al final, la programación de electrónica se cayó y hoy, se ofrecen 12 horas de micros abiertos cada fin de semana.

Madame Dolor

Por allí aparece Madame Dolor, nombre artístico de Isabel Aguirre, uno de los rostros más representativos de esta nueva canción de autor. Su relato es significativo porque desmonta el mito del “empiezo a dedicarme a la música”. “Esto no es una elección. Yo no he empezado con la música, es que no puedo dejarla”, explica.

Criada en un entorno familiar donde la música siempre estuvo presente —su padre fue dj—, Isa creció escuchando referencias que no coincidían con los gustos mayoritarios de su generación: Tamara, Silvio Rodríguez, Víctor Jara, Violeta Parra, Mercedes Sosa o Chavela Vargas. “Siempre he ido muy para atrás”, reconoce. Esa educación sentimental explica parte de su sensibilidad actual, aunque convive sin conflicto con el reguetón, la música urbana o la música electrónica. 

No hay dilema ninguno entre perrear y escuchar y cantar canciones tristes para Aguirre, de 26 años, y que compró su primera guitarra hace menos de un año: se gastó 30 euros en un Cash Converter. Hasta entonces había sobrevivido con instrumentos prestados. Con esa guitarra —a la que bautizó como Julieta— compuso su primera canción, empujada por una oportunidad inesperada: grabar un tiny desk casero para el que necesitaba, sí o sí, un tema propio. “Dije que tenía un montón de canciones. Era mentira. Esa noche hice una”.

Ese gesto de lanzarse sin red define a buena parte de los nuevos cantautores cordobeses: empezar antes de estar listos, aprender sobre la marcha y aceptar el error como parte del proceso.

Esa es la filosofía, de hecho, del proyecto Micros Abiertos Ideales, impulsado por el cantautor y promotor Carlos José, y que, lejos de ser solo un espacio para tocar canciones, se han convertido en un pequeño ecosistema cultural.

Una noche de micros abiertos en Ideal Alfaros.

Micros abiertos: escenario, escuela y comunidad

“Esto es un laboratorio”, insiste Carlos José. “Aquí el error no existe. Es solo un paso más cerca del acierto”. La programación —fines de semana completos, sesiones largas, libertad total— permite algo poco habitual: equivocarse en público sin consecuencias, repetir, probar canciones nuevas y aprender escuchando a otros.

Para artistas jóvenes como Madame Dolor, este entorno ha sido decisivo. “Esto te da tablas, respeto por la gente que te escucha y también despreocupación. Aprendes a hacerlo mejor porque lo haces muchas veces”. También, al hacerse fija en las sesiones, ha construido vínculos que, a veces, se han trasladado al proceso creativo.

Su experiencia es similar a la de otro de los habituales de este espacio, el cantante Jaime Linares, de 24 años, que cree que clubs así son decisivos en la fase embrionaria de un músico y cantante. Su salto al escenario no responde a una decisión consciente, sino a un proceso natural. “Tienes una canción hecha en tu casa y un sitio donde te sientes lo suficientemente seguro como para tocarla”, explica. A partir de ahí llegaron la confianza, las relaciones con otros músicos y proyectos compartidos como Jules & Jaime, el dúo que formó con el músico Jules Rodgers tras conocerse en ese circuito de micros abiertos.

Jaime Linares

Estabilidad o burbuja

Lo cierto es que este fenómeno no lo disfrutaron otros artistas algo mayores. Uno de ellos es Álvaro Guerrero, que pertenece a una generación inmediatamente anterior, con otros referentes (los suyos, Antonio Vega, Los Secretos o Kiko Veneno), y para el que el actual auge del formato acústico en Córdoba tiene mucho que ver con algo que en su momento no terminó de cuajar. 

“En otras ciudades como Madrid o Sevilla, los micros abiertos han funcionado muy bien desde hace años, pero en Córdoba siempre han intentado sobrevivir”, recuerda. Cuando él empezó, existían iniciativas similares, pero el circuito era extremadamente cerrado: músicos tocando para otros músicos, sin un público real que sostuviera la escena. “Eso tenía una fecha de caducidad”, explica. 

Por eso mismo, celebra que ahora empiecen a proliferar espacios estables donde el formato parece funcionar, desde los micros del Ideal hasta los que se celebran los jueves en el Gato Verde, en el Zoco, o los del Jazz Café, señales de que algo está cambiando en la relación entre la ciudad y la canción en directo.

Otra manera de entender la canción de autor

Lo que emerge de estos nuevos espacios no es una simple reedición del cantautor clásico. Hay una transformación profunda en el enfoque. Carlos José lo resume así: “Creo que los cantautores han dejado de intentar ser escritores. Ahora piensan más en la musicalidad”. La palabra ya no domina por encima de todo; convive con el ritmo, la melodía y la interpretación.

La canción protesta, eje central de generaciones anteriores, ha perdido centralidad o se ha desplazado hacia otros géneros. Mientras la rabia juvenil se ha desplazado, en buena medida, hacia la música urbana, la nueva canción de autor explora territorios más íntimos: el amor, el desamor, la incomodidad emocional, la contradicción. Madame Dolor lo vive desde dentro: “Yo exprimo el dolor para sentirme de una forma. Esa forma es la que me lleva a la inspiración”. Sus canciones rara vez son conclusivas. Empiezan en el amor y terminan en el desamor, o al revés. Frases que no buscan cerrar, sino dejar una herida abierta.

Carlos José, sin embargo, no lo tiene tan claro. Insiste en que hay de todo, si bien reconoce que ya no hay un predominio de la canción protesta en el género, como lo había en la era dorada (los años 70 y 80). Linares reflexiona también sobre a qué le canta su generación y en qué se diferencia de la tradición de la canción de autor que escuchaban sus padres. Frente a causas políticas o discursos muy definidos, percibe una mayor difuminación temática y una búsqueda de lo emocional, de lo íntimo y de lo aparentemente honesto. 

Dentro de este nuevo paradigma, Guitarricadelafuente aparece como el referente más evidente para muchos de los artistas jóvenes. No tanto por la temática, sino por la manera de cantar en español rompiendo sus reglas tradicionales. Isa lo explica con precisión: cantar respetando la musicalidad del idioma, pero permitiéndose desdibujar la dicción, priorizar la emoción y asumir influencias del flamenco, del folk y del pop contemporáneo.

“No siempre entiendes lo que dice, pero te llega igual”, señala Madame Dolor. Esa libertad formal ha abierto una puerta que muchos han cruzado sin miedo, liberando a la canción de autor de su solemnidad histórica. Linares, que cita como referentes a Coque Malla y Paolo Nutini, sí que apunta que Guitarrica ha logrado llevar esa estética acústica a públicos masivos. Y eso es algo que vincula con el auge del que habla este reportaje: “Creo que la gente busca algo auténtico, algo puro, aunque solo lo parezca”, afirma, en una época marcada por la saturación de contenidos.

Un mapa diverso (y todavía incompleto)

Porque la escena no se queda en estos tres nombres, y tiene algo intergeneracional, pese a que se empuje fuerte desde la juventud. Dentro de las mismas coordenadas estéticas y la misma generación que Madame Dolor, Carlos José y Jules & Jaime, está Kike Aranzana, que aborda la canción de autor desde una óptica más pop, cuidando estructuras y melodías, o Laura Edhel, que apuesta por la inmersión electrónica y un enfoque espiritual y descarnado. 

Como puente intergeneracional están Álvaro Guerrero, un letrista superdotado que exprime sus recursos con maestría desde un registro más sobrio y contenido, y Mike Sun, un cantante y compositor italiano afincado en Córdoba que apuesta por un folk rock luminoso y efervescente. Ambos son algo más jóvenes que David Donnier, que ha pasado de tener casi una big band, a jugárselo todo yendo por los escenarios con su guitarra y un sampler.

Desde una mirada más canalla y profundamente andaluza, el golpe sobre la mesa lo ha dado Titín, que publicó a finales de 2025 su primer LP, el excelente Canciones caseras. En una línea similar se mueve David Muntané, que acaba de sacar disco (Garrapaterías) mirando sin complejos a Los Delinqüentes como referencia.

También hay espacio para otras miradas más maduras y diferentes: desde el bolerismo de Luisa Arenas, al toque íntimo, sensual y cabaretero de La Lola, que amplían el abanico estético y demuestran que la canción de autor ya no es un molde cerrado.

Laura Edhel.

Mejor solo que mal acompañado, aunque se esté muy solo

Todos los nombres que se mencionan no solo actúan regularmente, sino que han publicado trabajos discográficos (singles, Eps y/o LPs) en el último año. Algunos han probado suerte con bandas, pero no ha cuajado. Uno de ellos es Álvaro Guerrero, que ha estado detrás de proyectos como After y Same Fire, y que subraya también las dificultades estructurales de mantener proyectos con banda, una realidad que, a su juicio, empuja a muchos artistas hacia el formato en solitario. No solo por una cuestión creativa, sino por pura logística y economía: pagar músicos, desplazamientos, alojamientos o dietas convierte cualquier proyecto colectivo en un arma de doble filo. 

Frente a eso -explica-, el cantautor solo en escena gana una libertad absoluta. “En un concierto acústico puedes leer la sala, repetir un estribillo cinco veces, susurrar o gritar si te apetece. Cada concierto es distinto”, relata. A todo ello se suma, según Guerrero, un cambio de mentalidad propio de la época. Montar una banda implica una diplomacia emocional constante, una negociación permanente entre egos y sensibilidades que no siempre encaja con una industria que empuja al artista a la autopromoción individual. “Ahora el nombre y la foto están en el cartel, no el nombre de un grupo”, resume, señalando cómo las lógicas del mercado y las redes sociales refuerzan esa deriva hacia proyectos cada vez más personales.

Jules y Jaime en un concierto en el Quiosco Joven

Linares, que vive a caballo entre Madrid y Córdoba, también percibe una fuerte presión por generar contenido en redes sociales. “Parece que ahora, además de hacer canciones, tienes que ser emprendedor, diseñador, editor y community manager”, señala.

Lo positivo, a su juicio, es que, es tal la cantidad de contenido musical, las dudas que genera el uso de la IA y los algoritmos, que lo que hacen ellos, esa exposición cruda en un escenario, parece algo necesario: “Al final la gente, o está completamente mansa y anestesiada por la cantidad de estímulos que le rodean, o acaba diciendo: Oye, necesito ir al teatro a ver cómo se gritan dos personas que están actuando o a ver qué tiene que decirme este chico que tiene una guitarra”.

Un futuro que se hace despacio

Aparcar la prisa. Nadie aquí parece tener prisa. Nadie parece tener un plan. Madame Dolor lía un cigarro mientras cuenta que, para ella, componer no es tan distinto de su faceta como pintora. “Empiezo sin saber muy bien a dónde voy”, dice. Un trazo lleva a otro, una palabra empuja a la siguiente. A veces el cuadro se queda a medio hacer; a veces la canción tampoco se termina. Pero el gesto es el mismo: probar, manchar, borrar, volver a empezar.

En sus lienzos, como en sus canciones, no busca una imagen limpia. Le interesa lo imperfecto, lo que merece un segundo vistazo, lo que no termina de irse. De ahí el título provisional del disco que ya imagina, extraído de una canción de Massiel, Un pelo en el alma: algo mínimo, casi invisible, pero imposible de ignorar.

Esa imagen poderosa funciona también como metáfora del circuito que se ha tejido en Córdoba. Los micros abiertos, las salas pequeñas, las guitarras prestadas y las canciones aún en proceso son ese pelo en el alma de una ciudad que lleva demasiado tiempo entregada a los grandes eventos y los números.

Madame Dolor
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