Manuel Vilas: "Mi obra descansa en el género del fervor"

Manuel Vilas

Manuel Vilas (Barbastro, Huesca, 1962) pasó unos meses viviendo en la capital ahora de Italia, antes de todo el orbe conocido. Se enamoró de ella y ha escrito en la editorial Visor de Poesía un poema-diario de amor a la città eterna.

Llamamos al autor de Ordesa, El Hundimiento o Alegría (finalista Premio Planeta 2019) y le encontramos viajando en un tren que, como un bisturí, va recorriendo la piel de España. Le proponemos que conteste a un cuestionario que le enviamos por correo electrónico. El Gran Vilas, solícito y lleno de amor, nos responde al día siguiente.

Así, sus respuestas se convierten en una guía para leer Roma y, por ende, para pasear por la ciudad donde convergen todos los caminos.

PREGUNTA. Es un poema de amor a la ciudad ¿por qué?

RESPUESTA. Porque fui feliz en Roma. Me pasaba el día de un deslumbramiento a otro deslumbramiento. Caminaba cuatro o cinco o seis horas todos los días, y siempre solo. Me enamoré de la ciudad, como si la ciudad fuese una persona. Y me di cuenta por enésima vez de que amar es el único contenido de la vida. Me obsesioné con el amor, y al final, creo, que me enamoré de mí mismo. O me enamoré de mí mismo ejerciendo el amor sobre mí mismo. Todo eso me pasó en Roma. Yo creo que tuve como una revelación, por eso el libro es de poesía y no una novela. Roma me reveló quién era. Y yo soy un enamorado. El amor sigue siendo subversión y terror y soledad y alegría y perdición. La gente se cree que lo importante es hacer la revolución, menuda mierda la revolución, lo importante es hacer el amor todos los días varias veces, eso sí que es un buen pedazo de ardiente revolución.

P. El antónimo de “amor” no es “odio” sino “desamor”. En el libro hay dos “escapadas”, dos infidelidades confesas a Roma…

R. El libro está pensado como un diario; y efectivamente hice dos viajes, uno a Florencia y otro a la región de la Puglia. Y también me enamoré de Florencia y de las ciudades de la Puglia, como Bari, Bríndisi y Lecce. Pensé que le estaba siendo infiel a Roma. Me hice adicto a la belleza. Solo quería estar rodeado de belleza, y eso es posible en Italia.

El amor sigue siendo subversión y terror y soledad y alegría y perdición

P. Pero vuelve a su seno ¿arrepentido?

R. Volví feliz a Roma, pero cuando llegué a Roma desde Lecce comenzó a tomar fuerza la noticia de la pandemia. Y había una mezcla rara de belleza y de irrealidad. Pero para mí estar en Roma era como estar protegido de la fealdad del mundo.

P. Roma anciana, las septuagenarias en Roma: ¿existe esa belleza recordada, una “juventud entre los restos arañados por el tiempo”? ¿Convive aún Eros con un erotismo de baterías gastadas?

R. Yo creo que sí. Estos días he visto la última película de Ripstein, que habla del sexo en la edad anciana. Una de las reivindicaciones necesarias es el sexo en la edad anciana. Sexo siempre, aunque tengas noventa años, o cien, o los que sean. Porque el sexo es belleza.

P. Roma es un poema-diario, también narrativa cargada de poesía –nada nuevo en su obra- ¿Está usted hasta las narices de este tipo de preguntas sobre practicar un género u otro? Entenderé su respuesta, sea la que sea.

R. Bueno, en España o eres narrador o eres poeta, no se puede ser las dos cosas a la vez, la gente no te deja. Yo soy las dos cosas a la vez, porque existe una casa común a todos los géneros, y esa casa es la Literatura con mayúsculas. Pero hay países como Francia e Italia donde sí te dejan ser las dos cosas. Yo no sé muy bien en qué género literario descansa mi obra. Tal vez en vez de descansar en un género literario lo hago en un sentimiento, y ese sería el del fervor.

P. También hemos creído ver en Roma cierto poso del género epistolar: Parecen cartas desde Roma y, al final, desde España, cartas a Roma…

R. Sí, es verdad. Es como si estuviera mandándole cartas de amor a la ciudad. Y también cartas a España. Hay que reivindicar el género epistolar.

P. “España siempre ha estado en Roma”, la Iglesia de Montserrat y el sarcófago vacío de un rey ¿son los restos de una embajada fantasmal? ¿qué hacen esos sacerdotes españoles allí aún llenos de amor? ¿de amor a qué o a quién?

R. Ese poema al que aludes está basado en hechos reales. Bueno, todo el libro lo está. Nunca me invento nada, ni en los poemas ni en las novelas. No tengo imaginación. Visité esa iglesia de Montserrat y vi que aquellos sacerdotes que residían allí eran felices y me entraron ganas de quedarme a vivir con ellos, en el apartado de “pecador irrecuperable”, eso sí. Pensé en que me darían una buena habitación y zumo de naranja en el desayuno. Siempre me apetece quedarme a vivir en los sitios que visito. Soy como un mendigo, un peregrino que quiere vivir con la gente con la que se encuentra. Yo creo que cada vez soy más místico. El único refugio para que el capitalismo no te vuelva loco es el misticismo, o ese ha sido mi caso. Un misticismo con humor y sin dios y sin religión y sin dinero. Sin nada. Un misticismo incluso cómico.

Fui feliz en Roma. Me pasaba el día de un deslumbramiento a otro deslumbramiento

P. Sigue su revolución permanente, su lucha cotidiana contra el Capitalismo y sus símbolos: llevarse las cucharillas de los cafés, no pagar en los autobuses, que se descuide una libreta en la tienda de un museo… vestir también su mejor camisa para pedir la cuenta en un hotel ¿Es ésta una lucha inacabable?

R. Exacto, es una lucha inacabable. Toda esta civilización se basa en el precio de las cosas y en la jerarquía que crea el precio de las cosas. La literatura y el arte también son dinero. Todo es dinero. Así que el narrador de Roma roba cucharillas en los bares y no paga el billete de autobús, y en esos actos se cree que es un revolucionario humilde.

P. … Y, de pronto, llego La Peste

R. Al principio era como una fiesta, no se sabía lo que se nos venía encima. Yo veía que de repente podía ir a La Fontana de Trevi y no había nadie, no había turistas. Eso me puso eufórico. Me creí Napoleón, o Julio César, o Nerón. Las calles se vaciaron. Me volví medio loco de belleza.

P. Le hablo de “usted” como le habló Dino, el peluquero del Trastévere que una vez le cortó el pelo a Vittorio Gassman ¿Cree que Dino, usted, Vittorio, la propia Roma y su significado y el lector ya somos una especie de petroglifos fijados en un pasado que ya no existe?

R. Vamos camino de convertirnos, en palabras del escritor colombiano Héctor Abad, en el olvido que seremos.

La gente se cree que lo importante es hacer la revolución, menuda mierda la revolución, lo importante es hacer el amor todos los días

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22 de marzo de 2021 - 05:30 h