El libro más valiente de Grande-Marlaska

El juez Fernando Grande-Marlaska en la República de las Letras | ÁLEX GALLEGOS

El juez Fernando Grande-Marlaska no siente ni pena ni miedo. El transcurso de su vida personal y profesional, en muchas ocasiones amenazada por la banda terrorista ETA, le ha obligado a inculcarse esa máxima. Para no olvidarlo nunca ni perder ese tan “ansiado” norte del que se habla, lleva tatuado ese lema en su muñeca derecha. Hace dos años Y MEDIO, Grande-Marlaska recibió la propuesta de la realización de un libro que aunara valores con la trayectoria vital y profesional de alguien. El editor Javier Martínez lo llamó. De esa unión nace Ni pena ni miedo.

Grande-Marlaska reconoce que la obra le “está trayendo satisfacciones” porque ve que “ha merecido la pena”. Aunque no ha conocido a un nuevo Fernando Grande-Marlaska a través de Ni pena ni miedo, sí reconoce que es “un poquito distinto” con aquello que cuenta en el libro. A pesar de su “desnudo” personal, se ha dejado muchas cosas que contar. “No me importa que la gente entre en el salón de mi casa, pero de ahí no pasa”. Pero el objetivo de Ni pena ni miedo es claro: “Un ejercicio con la perspectiva de mirar al futuro. Después de esto, para adelante”.

A lo largo de más de 230 páginas, el también presidente de la Audiencia Nacional reflexiona sobre cuestiones tan destacadas como la separación Iglesia-Estado, el acoso escolar o la corrupción. En las primeras páginas del libro, el lector se encuentra con el Grande-Marlaska más sincero en un capítulo en el que narra cómo fue descubriendo su orientación sexual. Señala que a los nuevos años -en los años 70- ya empezó “a tener una vaga conciencia” de sus apetencias sexuales pero no fue hasta finales de los años 80 cuando sus amigos tuvieron constancia de ello. Y no como una imposición de la sociedad, sino por mera cuestión de confidencia con las personas más cercanas al juez.

Sin embargo, este episodio no fue tan idílico como el protagonista se esperaba. Un mes después de conocer a Gorka, su marido, Grande-Marlaska se reúne con su madre para hacerle partícipe de un secreto que llevaba tantos años guardado. Por entonces, su padre había fallecido y sus dos hermanas ya eran conocedoras de la “noticia”. Así, en febrero de 1998, Grande-Marlaska se sincera con su madre. La respuesta: 10 años sin tener comunicación con ella. Por ello, por su condición de homosexual y por el rechazo familiar que sufrió en un primer momento, Grande-Marlaska se ha convertido en un fiel defensor de los derechos de las personas LGTB. A su juicio, no hay nada que no cure “la educación”. Este elemento está presente a lo largo de todo el libro cuando trata asuntos como el acoso escolar, la prostitución, la situación de los refugiados o la defensa de los animales.

Después de acabar la carrera de Derecho en 1985, al año siguiente Grande-Marlaska empieza a preparar las oposiciones a la judicatura. En noviembre de 1988 viaja hasta Santoña (Cantabria), destino elegido por él mismo, y se enfrenta a su primer caso: el suicidio en el penal del Dueso de Rafi Escobedo, condenado por el asesinato de los marqueses de Urquijo. Después vinieron otros destinos que le hicieron vivir muy de cerca el terrorismo de ETA. Aún siendo un objetivo de la banda terrorista, Grande-Marlaska no cesó en llevar a cabo la acción implacable del juez. Pero ETA no lo fue todo. “Ahí están los asesinatos de los cinco abogados laboralistas en Madrid a manos de un grupo de extrema derecha, los GRAPO y los GAL”, cuenta. Además, en el capítulo dedicado al terrorismo hace una profunda reflexión sobre el cambio que supusieron los atentados del 11 de septiembre y los del 11 de marzo en Madrid. Finaliza este episodio refiriéndose a los atentados a la sede de la revista Charlie Hedo en París en enero de 2015 y los del 13 de noviembre.

Como juez en el ejercicio de su profesión, dedica varios capítulos de Ni pena ni miedo a explicar los aspectos que, para él, merecen ser reseñados. Por un lado, Grande-Marlaska se une a la lista de jueces que reconocen la presión que los medios de comunicación ejercen en los procedimientos judiciales. Para ejemplificarlo, alude al magistrado Juan del Olmo y a la instrucción que éste realizó en el 11M -los atentados de marzo de Madrid-, definiéndola como “uno de los casos más despiadados en donde se ejerció esa presión”.

Y, por otro lado, el juez hace una breve exposición de motivos para defender el procedimiento actual de designación de los jueces que conforman el Consejo General del Poder Judicial. Actualmente, los miembros son elegidos por el Congreso y el Senado entre juristas de reconocido prestigio. “Yo soy de los que defienden este sistema de elección frente a aquellos que mantienen que esos jueces deberían ser elegidos por los propios componentes de la carrera judicial (...). Yo creo que en esa opinión late lo que podríamos llamar intereses endogámicos”, expone el magistrado.

Sin embargo, y aunque el juez apuesta por este proceso de asignación, le contraría el procedimiento de elección de los miembros. “Tiene uno la impresión de que las listas de los candidatos llegan cerradas y de que la intervención de los parlamentarios se limite a apoyar el dedo en el botón correspondiente sin conocer al candidato más que por el nombre. Y, a veces, ni eso”, cuenta en su libro.

Criado en el seno de una familia en la que la presencia femenina ha sido mayoritaria, Grande-Marlaska entiende la igualdad de género como la base principal de la sociedad. “Mi madre trabajaba, tenía sus propios ingresos, instaba a mis hermanas a estudiar y a ser independientes y a mí se me exigía como la cosa más natural del mundo compartir las tareas de casa”. Por ello, desprecia aquellas creencias que quieren relegar a la mujer a un segundo plano de la realidad. En ese sentido, en Ni pena ni miedo hace mención al polémico libro Cásate y sé sumisa, publicado en 2013. En alusión a la obra, explica que “no deja de ser alarmante que haya gente que piense así en nuestros días y, sobre todo, que ese pensamiento esté respaldado por organismos tan influyentes socialmente como el Vaticano o el arzobispado de Granada”.

Esta incursión en la igualdad entre hombres y mujeres le lleva a hablar de la violencia de género, una de las lacras de la sociedad actual. En esta ocasión -y lo hará en otros capítulos del libro- hace referencia a su experiencia como magistrado para denunciar el “mito de las denuncias falsas que sólo busca que algo falso se vea como verdadero con criterios supuestamente razonables”.

En una crítica hacia las creencias religiosas y su menoscabo en los derechos de las mujeres, Grande-Marlaska acaba realizando una exposición sobre la necesidad de una separación Iglesia-Estado. A pesar de haber recibido una formación religiosa durante años, la experiencia y los años le hacen declararse “un ciudadano no creyente”. A su juicio, la religión es como un gas: “En cuanto te descuidas, acaba ocupando todo el espacio disponible y organizando las relaciones entre los humanos”. Todo ello “en un país que se define constitucionalmente como aconfesional”, relata en Ni pena ni miedo.

Pero esta separación no sólo debe producirse para cumplir con el precepto constitucional. Sino también porque, “entre otras cosas, la Iglesia Católica tiene demasiada influencia en la educación”. Continúa afirmando que “donde las iglesias deben trasladar sus valores es en el resto de sus actos en los que expresen opiniones respecto de los distintos asuntos públicos. No deben vertebrarlos en la educación”.

En el último capítulo del libro -Que es un soplo la vida- rinde homenaje a su madre, que falleció mientras que el autor escribía las últimas líneas de Ni pena ni miedo. En él, y ante la muerte de su madre, insta al lector a disfrutar del día a día, a que es un soplo la vida. A Grande-Marlaska le gusta la música clásica. Y el arte. Y odia las gafas. Pero ama los libros. “No existe un sólo mal ordinario de la vida al cual no aporten remedio”. Y deja escrito un deseo final: “Suceda lo que suceda en mi vida futura, espero seguir tomando las decisiones que considere adecuadas sin sentir pena, sin tener miedo”.

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