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Librería El Laberinto: una cartografía viva de las geografías del pensamiento

El laberinto.

Sandra Moreno Quintanilla

2 de abril de 2026 19:56 h

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Hay lugares que no miden su importancia en metros cuadrados, sino en densidad emocional. En la Ribera de Córdoba, allí donde el Guadalquivir murmura historias de siglos y el Puente Romano marca el latido de la ciudad, existe una coordenada que justifica la vigencia de Córdoba como capital del pensamiento. En el número 4 de la Ronda de Isasa, la librería anticuaria El Laberinto no es solo un comercio de ejemplares descatalogados; es una capa de memoria viva que engrandece la ciudad por dentro. Córdoba ya es Patrimonio de la Humanidad, pero rincones como este añaden una dignidad distinta, casi metafísica.

El Laberinto ofrece un aire que no entiende de decorados turísticos ni de fragancias de diseño para los locales comerciales; huele a azahar en su puerta de acceso y, ya dentro, a cartas que cruzaron fronteras hace décadas y a libros que hoy, en un acto de justicia poética, esperan una nueva mirada. Es, en esencia, un lugar para la redención del alma distraída que busca dejar de estarlo.

La vida de Daniel Rodríguez está indisolublemente unida a la palabra. Este salmantino, que entre otras facetas ha ejercido como bibliotecario durante años, abrió en 2012 esta embajada del papel junto a su compañera, la cordobesa Rosa Castilla. Juntos, como hacen desde hace décadas, dieron más calor a su pasión por los libros y el coleccionismo, haciendo de este espacio la continuación de su propia casa y de su estilo de vida. Por sus anaqueles pasan clientes de todo el mundo, pero aquí no se atiende con la frialdad de una franquicia ni bajo el marketing de los perfumes estudiados para hacer crecer las ventas. Aquí se respira el aroma de la librería de viejo y el peso del conocimiento real.

Entrar en este espacio es aceptar un pacto de calma donde la conversación es un arte transversal. Es aquí donde emerge lo que podríamos llamar una cultura telúrica: esa sabiduría que no solo nace de los libros, sino que emana directamente de la fuerza de la tierra y las raíces. Con la misma naturalidad con la que se analiza la angustia existencial en Heidegger, Daniel reivindica la excelencia del pimentón cacereño de la Vera o la nobleza de los ibéricos de Guijuelo. Para él, el pensamiento alemán y la pimienta roja de las tierras extremeñas, ese motor agrícola y sensorial del suroeste peninsular, son solo dos formas distintas, pero igualmente sagradas, de condimentar la existencia. Es una visión del mundo donde lo intelectual y lo telúrico conviven sin fricciones, demostrando que la cultura no es algo que se deposita en una estantería, sino algo que se busca y penetra en las entrañas.

Esta filosofía de la resistencia se manifiesta también en la actitud de sus regentes. Dani y Rosa ejercen una presencia suave, casi invisible, actuando como jardineros de conceptos. Por eso, en El Laberinto, el tiempo se invierte, no se gasta, porque sabes de antemano que se va a multiplicar por mil. Se debe disponer de tranquilidad y concentración, eso sí, para buscar y rebuscar entre obras escritas no solo en castellano, sino en italiano, francés, alemán o inglés. Textos originales que recorren más de tres siglos, perfectamente restaurados y encuadernados, comparten espacio con los versos inmortales de Luis de Góngora, Cervantes o Lope de Vega, y con la desbordante imaginación de Tolkien, Pratchett o R.R. Martin. Incluso hay lugar para la nostalgia popular: ejemplares de La Codorniz, cómics antiguos, vinilos y casetes que hacen un recorrido por cada generación.

Como en toda ciudad que se sabe nudo y destino, el tren puede aparecer de forma recurrente en las charlas que surgen espontáneamente. Pero en El Laberinto no se habla del tren solo para lamentar retrasos; se habla del tren como símbolo de la cadencia del viaje y del metal que se desliza llevando sueños. El tren, como el libro, requiere de un tiempo propio que la era digital intenta aniquilar. Por eso, las puertas de este santuario difícilmente están cerradas; ya sea bajo lluvias torrenciales o bajo el abrasante sol estival, se recibe siempre con una sonrisa y un “¿en qué te puedo ayudar?”. No hay horarios rígidos, lo que otorga la libertad de encontrar felices hallazgos fuera de toda norma comercial o, como no, de disgustarse si a las diez de la mañana aún las puertas no están abiertas.

Libreria El Laberinto

El laberinto como destino: de Borges a Eco

No es casualidad que Dani y Rosa eligieran este nombre para su refugio frente al río. En la literatura, el laberinto no es solo un lugar donde alguien se pierde, sino el espacio donde el iniciado se encuentra. Es imposible no evocar la figura de Jorge Luis Borges, para quien la biblioteca era el universo mismo, un entramado de galerías hexagonales y pasillos infinitos donde cada libro es una bifurcación del tiempo.

Pero si el laberinto borgeano es pura metafísica y geometría, el de la Ronda de Isasa bebe también de esa “biblioteca laberíntica” de Umberto Eco en El nombre de la rosa: un lugar orgánico, lleno de recovecos, donde el saber está custodiado por el aroma del pergamino y el silencio cómplice. Mientras que el laberinto puede ser una amenaza, para la persona que lee y cruza este umbral cordobés es una promesa: la de que, entre una Biblia antigua y un cómic descatalogado, acabará encontrando la página exacta que el destino le tenía reservada.

Al final, El Laberinto nos recuerda una verdad profunda sobre el acto de leer. La lectura no nos hace necesariamente mejores personas, pues la bondad es un músculo que se ejercita en otro lugar, pero sí nos dota de una dimensión distinta. Leer es añadirle capas de profundidad a la mirada, es entender que somos gracias a que alguien nos ve y nos narra. Al cerrar un libro o salir de la Ronda de Isasa con un volumen bajo el brazo, que puede ser por ejemplo el Devocionario de Ana Rossetti, una se siente mejor. La importancia de leer reside en ese silencio fértil que nos permite recuperar la imaginación, la memoria y la capacidad de conocimiento que la prisa nos roba. Deambular entre estanterías es, paradójicamente, la mejor forma de encontrar el camino de regreso a nuestro propio hogar. Esté este donde esté. Porque quizás, al entrar en la librería no sepamos qué buscamos, pero la vida nos ha enseñado a reconocer perfectamente lo que no queremos.

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