La lección japonesa de Rosa Muñoz: El arte de habitar las grietas
“Si no entras en la guarida del tigre, no podrás conseguir un cachorro”. Este dicho japonés habla de que la recompensa requiere riesgo y, como ocurre en otras culturas, posee una frase espejo en castellano, aunque en una versión mucho menos poética (El que quiera peces…). Ambos proverbios pueden ser la respuesta a muchas preguntas, tales como ¿qué perdemos en lo creativo y en lo personal cuando elegimos la comodidad de no exponernos?
Esto debió preguntarse la escritora cordobesa Rosa Mª Muñoz antes de abrir la puerta y adentrarse en los terrenos movedizos de escribir un ensayo muy personal, El arte de hacer las cosas bien. Influencias japonesas para un camino de mejora continua, editado por Satori. Sus páginas reflejan el atrevimiento de entrar en la cueva del depredador, asumir la posibilidad real del error, de someterse a la paciencia del aprendizaje y entregar el criterio propio al juicio ajeno.
Para Muñoz, una cordobesa influenciada desde hace dos décadas por la cultura japonesa, este libro supuso enfrentarse a todos esos recelos. Acostumbrada al trabajo analítico y creativo en la consultoría estratégica de marcas que cofundó (Ohayō), además de a la docencia universitaria, publicar vivencias personales implicaba un vértigo desconocido. “A mí me ha dado mucho reparo escribir esto porque no quería quedarme solo en los conceptos sin hablar de mi experiencia. Y colocar ahí cosas personales me ha costado porque tenía reparo, así que era una cuestión de honestidad. Me dije, o lo hago así o no lo hago”. Y decidió entrar en la cueva a por el cachorro.
En un mercado plagado de recetarios de felicidad exprés y de lecciones impartidas por mentores de la autoayuda, esta propuesta se distancia de cualquier pretensión adoctrinadora.“No me erijo en gurú”, aclara con natural humildad la autora. La voz que articula el texto es cercana y plenamente consciente de sus contradicciones. El libro nace de las vivencias del cuerpo y no de la exhibición erudita. “Mi propósito con este libro es ordenar todos esos dichos y palabras japonesas de tal modo que puedan servir para cambiar nuestro día a día, y explicarlos de manera sencilla. Cada uno lo leerá con su mochila personal y ya está”.
Lidiando con la lucha entre su tendencia al perfeccionismo y el riesgo de la obsesión, proponiendo una mirada indulgente hacia los propios límites, sus páginas despliegan “el saber encarnado” que la autora observó en sus estancias en el extranjero. La dignidad de un anciano limpiando de forma pulcra el pasamanos de una escalera mecánica en la estación de metro de Tokyo Big Sight, o el orgullo de los trabajadores inmigrantes en Nueva York que encadenaban dos y tres empleos agotadores para financiar los estudios superiores de sus hijos. Es la misma sabiduría práctica de la gente del campo o de la carpintería artesanal, un conocimiento útil, físico y cotidiano basado en el respeto por las personas y los objetos.
La devoción por lo japonés de Rosa no responde a ningún lugar común, ni al manga ni a la cultura pop nipona en su adolescencia. Su idilio con el país de los cerezos se construyó de manera fortuita, a partir de su formación académica en la Universidad de Córdoba, donde cursó Empresariales e Investigación de Mercados. En 2005, tras superar las exigentes pruebas del programa de becas del Instituto de Comercio Exterior (ICEX), eligió el japonés como lengua no comunitaria casi por casualidad. Y ahí comenzó el giro de guión de su vida.
Gran parte de la responsabilidad la tuvo Mariló Sensei, una profesora veterana que había ejercido durante décadas en la Universidad de Sofía, en Tokio, y cuya presencia impecable —“ataviada con camisas de corte kimono y un peinado de señora mayor japonesa”— fascinó a la alumna desde la primera sesión.
Aquellas horas lectivas bastaron para trastocar los planes de Rosa. Tras reordenar sus destinos de preferencia en el ICEX, obtuvo una plaza de año y medio en Tokio. Entonces también tuvo claro entrar en la cueva de aquel tigre. “Iba sin ni puñetera idea de japonés. Sabía decir saludos, había estudiado cuatro ideogramas y los silabarios. Sabía menos que un niño de cuatro años. Y esa experiencia de convertirte en una alfabetizada analfabeta es una sensación maravillosa”.
Tras dominar un japonés fluido y hacerse con su cultura, Rosa saltó a Nueva York, donde trabajó en Fagor América primero y en la oficina de educación del Consulado General de España después. Sin buscarlo, tejió en Manhattan su propio “Little Japan” con amigos japoneses. En 2009, de vuelta a Córdoba, se incorporó al centro tecnológico de diseño Surgenia, donde ejerció responsabilidades hasta 2014. Un año después, en 2015, cofundó la consultora de marca y tendencias Ohayō.
El origen de El arte de hacer las cosas bien, se remonta a las libretas de campo que la autora fue completando a lo largo de los años. Inicialmente, estas notas registraban expresiones coloquiales y refranes compartidos con amigos como Yoshi en Manhattan, así como análisis sobre las resistencias al cambio observadas en los clientes corporativos a través de su consultora. La idea primera era condensar estas anotaciones en un capítulo final sobre gestión del cambio dentro de un manual técnico de tendencias.
Sin embargo, el proyecto tomó un rumbo orgánico tras una estancia en la sierra de Córdoba, donde actualmente vive. Dedicada a reparar y acondicionar su vivienda rural, la autora experimentó una satisfacción honda al desatascar pequeñas tareas pendientes. “Tuve una sensación casi física de realización y dije, esta sensación es la que me encantaría que otra gente tuviera cuando logra desbloquear ciertas historias. Si todo esto lo puedo llevar a un sitio que sea gustoso de leer y que pueda acompañar a alguien, será misión cumplida”.
Las ilustraciones que acompañan al libro, de Kaoru Katayama —artista contemporánea japonesa afincada en España desde 1992—, son piezas artesanales ejecutadas a mano con tinta china sobre papel, huyendo del atajo del retoque digital. En un guiño, la propia Katayama se autorretrató tocando el violín para ilustrar la expresión Mika bozu (“el monje de tres días”).
El vínculo de Rosa con la cultura nipona ha seguido alimentándose mediante la docencia del idioma japonés (en Ucoidiomas) y sus artículos de arquitectura en la revista Eikyō. Asimismo, halló su “centro de gravedad físico y mental” en la práctica del aikido en el pabellón de Vista Alegre, donde continúa conectando sabiduría corporal y ética del esfuerzo bajo la tutela del maestro Rafael Real.
Las enseñanzas contenidas en su libro articulan una brújula ética para recuperar la pausa y el sentido en medio del curso enfurecido de la vida. Aquí la invitación a transitar algunos de los caminos que propone la autora:
El valor del Junbi o la preparación sagrada
Una de las metáforas centrales de la obra nace de la edificación de la propia casa de madera de la autora en la sierra cordobesa. A su regreso de Estados Unidos en 2009, Muñoz diseñó la vivienda y la construyó mano a mano junto a su padre, carpintero de profesión. Aquel proceso supuso una lección magistral sobre el concepto japonés de Junbi, la preparación previa. En la tradición del trabajo bien hecho (Monozukuri ), la preparación no se concibe como un trámite pesado antes de empezar, sino como el núcleo sagrado donde reside la calidad del trabajo. “La preparación no es el paso anterior al trabajo, sino que la preparación ya es el trabajo”.
Do vs. Jutsu: La técnica vacía frente al camino con alma
La tradición japonesa distingue entre el Jutsu (la técnica, la destreza instrumental o el método enfocado a la eficacia inmediata) y el Do (el camino, la vía ética y el desarrollo interior a través de una práctica continuada). El Jutsu desprovisto de Do genera resultados técnicamente impecables pero vacíos de propósito humano y responsabilidad social. Esta fractura se percibe hoy en día en el mundo de los negocios, la política y diversas profesiones, donde la urgencia de resultados a corto plazo aplasta el crecimiento ético y el cuidado de los procesos.
Isogaba maware: El elogio del rodeo en la era de la Inteligencia Artificial
“Si tienes prisa, da un rodeo”, es el equivalente a la sentencia castellana “vísteme despacio, que tengo prisa”. Frente a la obsesión por el atajo, este principio advierte de que el camino apresurado suele derivar en errores que obligan a deshacer lo andado. En la actualidad, marcada por el estallido de la Inteligencia Artificial como el gran atajo contemporáneo, Isogaba maware reivindica el valor pedagógico del esfuerzo. Cuando se delega el proceso analítico o la escritura en la inmediatez de un algoritmo, se eliminan fases esenciales del aprendizaje. El rodeo reflexivo no es pérdida de tiempo, sino la única garantía de un conocimiento sólido.
Oubaitori: La trampa de la comparación y los ritmos de floración
El modismo Oubaitori reúne los ideogramas de cuatro árboles primaverales: el cerezo (Sakura ), el ciruelo (Ume ), el melocotonero (Momo) y el albaricoquero (Ri). Cada uno florece a su debido tiempo. Un hecho que desmantela la trampa de la comparación constante, exagerada por la tiranía de las redes sociales. El concepto invita a respetar los tiempos propios de maduración y a comprender que las etapas de aparente inactividad —los “inviernos personales”— son la preparación silenciosa para la floración futura.
Shoshin: El despojo del ego y la mente de principiante
El maestro Shunryu Suzuki condensó esta filosofía en una cita célebre: “En la mente del principiante hay muchas posibilidades; en la del experto hay pocas”. Con los años y el dominio técnico surge el peligro de la certidumbre rígida y la soberbia profesional. Practicar Shoshin exige desprenderse del ego acumulado para abordar cada tarea, proyecto o relación con la curiosidad, el asombro y la apertura del primer día.
El círculo, la gratitud, la grieta. Una reflexión final
Rosa está llena de Kansha, la gratitud sincera y consciente hacia las personas, los aprendizajes y los tropezones que moldean el camino. Su libro no propone un punto final ni una lección clausurada. Se inscribe más bien en la simetría del Ensō, el trazo circular dibujado de un solo trazo en el budismo zen que simboliza la vacuidad, la iluminación y la continuidad del proceso. El seguir entrando en la cueva del tigre.
Cerrar el libro El arte de hacer las cosas bien, no equivale a haber llegado a la estación destino, sino a abrir una puerta para retornar al origen, releer las experiencias propias y asumir que la vida es un aprendizaje en el que siempre volvemos a ser principiantes.
La charla con Rosa un soleado mediodía en el Parque de Orive consiguió parar el mundo en aquel espacio, en aquella hora, al menos para dos mujeres y un border collie. Surgió el nombre de Hisae Yanase en la conversación, la artista cordo-japonesa, maestra de la cerámica contemporánea, que se quedó enganchada de Córdoba a finales de los 60 —“parecía una ciudad africana”, decía—, en la que vivió desde entonces y donde falleció en 2019.
Hisae reveló el Kintsugi, el arte de reparar la cerámica rota uniendo sus fracturas. En lugar de camuflar la herida, el Kintsugi la resalta como el capítulo más valioso de la pieza. La artista solía coser sus grietas mediante grapas metálicas (lañas), reivindicando la cicatriz como un elemento de dignidad poética.
Uniendo sus propias grietas, Rosa Muñoz confiesa encontrar la paz y la energía en la simplicidad de lo cotidiano y el contacto directo con el entorno natural, tal como confiesa al evocar sus espacios de restauración interior. “En el campo, salir a pasear, mirar al cielo y oler a lo que huela, me da igual, a barro, a tierra. Y luego la recarga de energía en el Aikido, salgo nueva”.
En el silencio / el canto de la cigarra / penetra en las rocas
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