Íntimo Azaústre en la butaca de un cine vital

Joaquín Pérez Azaústre junto al antiguo cine Isabel La Católica | MADERO CUBERO

La pantalla permanece vacía de contenido. Nadie aguarda en la sala. Sólo él, con la añoranza de otros tiempos, continúa sentado en la butaca. El polvo, acompañado de la soledad, le crea una sensación de desasosiego. Le genera un sentimiento de pérdida. Más si cabe cuando recuerda otros días. Son aquéllos del murmullo callado a golpe de proyección. Cuán cambiado está el escenario, piensa. Y encuentra en el panorama de declive el hilo argumental para retratar una realidad íntima pero que bien es de todos. Joaquín Pérez Azaústre inicia en ese espacio roto un viaje por las emociones, con el sello de los recuerdos y, sobre todo, con la vitalidad de su visión de la cotidianidad; con la mirada de lo oscuro tras lo luminoso. Lo hace a través de las letras y las ideas, a través de Poemas para ser leídos en un centro comercial. Uno de esos que hasta hace no demasiado tiempo acogieran un rincón destinado al séptimo arte, casi extinto en su carácter social.

“Un día, caminando por un centro comercial y viendo las películas que se estrenaban, pensé en el cine como lugar de encuentro social, desde las salas a los multicines de los centros comerciales, que también están perdiéndose”, expone Pérez Azaústre. Ése es el punto de partida de su nueva obra, editada por la Fundación José Manuel Lara, que no es más, y eso es mucho, que un largo recorrido por sus reflexiones. “El cine se está convirtiendo en acto solitario”, añade el autor. A partir de aquel paseo “empezaron a salir unos poemas que tenían un registro muy cinematográfico, y con un aspecto emocional muy propio”. “Me he criado viendo cine desde muy pequeño”, apunta para dar aún más vigor a los motivos de Poemas para ser leídos en un centro comercial, un libro que surge con una maduración de diez años.

El poemario, reunido en 144 páginas, es una muestra del cambio en la forma de ver y sentir el arte, en la modificación de la cultura popular. También con una mirada a las series de televisión, como en ‘Cuento infantil de Smallville’. Al final, la obra cuenta con “una estructura de grandes almacenes” donde es posible encontrar no sólo verso sino prosa por otro lado. En cuanto a los textos, estos reflejan los días y los aspectos de un ocaso de figuras eternas. Por ejemplo, con ‘Gilda’ y la referencia al personaje que en su momento interpretara Rita Hayworth. Este poema, que cierra el libro, lo es “sobre mujeres muy hermosas que son valoradas por su belleza y que detrás esconden una gran fragilidad”. “Hay un cierto derrumbe de mitos, creo que es ahí donde reside su auténtica belleza. Todos los iconos que aparecen lo hacen en caída, no en fulgor”, explica Pérez Azaústre.

Y todos son, de alguna manera, una expresión de instantes vitales propios. “Sucede con Paul Newman, que me hace pensar sobre momentos de muertes que han tenido lugar en mi vida”, apunta el autor de, entre otras obras, El jersey rojo. Un título éste que le permitiera obtener el Loewe de Creación Joven, sólo uno de los premios que recopila en su trayectoria. Precisamente tras la publicación de ese poemario (Visor, 2006) comienza a cobrar forma Poemas para ser leídos en un centro comercial, “un libro que tiene muchos tonos diferentes”. “Hay poemas que son muy cinematográficos con mitos que todos conocemos, otros más líricos, como el dedicado a mi madre, otros más narrativos. El abanico es muy amplio. Tengo varios registros y aquí están todos mis perfiles”, destaca el escritor, que ve en esa extensión de opciones literarias el modo perfecto de alcanzar al lector.

Poemas para ser leídos en un centro comercial es, al fin y al cabo, una presentación fiel de quien lo escribe. “Si cada libro es una radiografía muy cercana al momento vital que el poeta está viviendo, éste es un retrato mío muy completo”, indica el autor, que de repente se viera ante “un libro muy potente” como es Las Ollerías (Visor, 2011; Premio Internacional de Poesía Fundación Loewe). “Me vino acompañando como una música de fondo. Es un libro que me resistía a soltar. Se ha contaminado, en el mejor sentido, de los libros que he ido escribiendo mientras”, relata Pérez Azaústre acerca de su último poemario, el cual desarrollara también al tiempo de otras muchas obras. Las más recientes, de narrativa. “Me emociona que se publique. Además tiene una edición muy elegante y bonita”, admite tras las argumentaciones. En portada aparecen butacas plegadas de un viejo cine, “la sala se ha quedado vacía”.

Sobre los textos que ofrece en Poemas para ser leídos en un centro comercial, que presentara en la tarde del lunes dentro del ciclo Letras Capitales de la Consejería de Cultura de la Junta, precisa que “están muy trabajados, muy pulidos”. “Quieren dar una falsa apariencia coloquial y de inmediatez, pero de una manera más soterrada tienen una carga lírica debajo”, detalla Pérez Azaústre. Engloba en este sentido a los poemas a los que otorga un carácter más periodístico, pues en ese ámbito se desenvuelve también a la perfección el escritor. Pero lo mejor, es que no otorga facilidades al lector, que ha de descubrir el lirismo por sí solo. “Te pongo imagen y ambientación para que seas tú mismo el que lo codifique”, puntualiza.

Así lo hace desde el primero de los poemas, ‘Petrópolis’, en el que toma protagonismo Stefan Zweig. “Abre el libro y no es casual. Se trata de la pérdida en la cultura popular, no sólo por el espacio, sino por la manera de entender el arte”, comenta el escritor. Porque esta obra, “más allá del cine, tiene un componente ideológico, de entender el humanismo como una forma de salvación humana”. Por otro lado, está el título del poemario, sin artificios. “No me gustan los títulos líricos y este tipo es una forma de que entre en la vida cotidiana. Hay poesía en este título”, arguye Pérez Azaústre sobre Poemas para ser leídos en un centro comercial, donde además consigue que poesía y novela, así como el género de opinión periodística, “se contaminen entre sí”. Todo en la butaca de una vieja sala, que ahora proyecta los textos de este autor.

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