Carlos Tárdez, un Caballo de Troya en Córdoba

El artista Carlos Tárdez disfrutando de su estudio| MADERO CUBERO
Visita al estudio del  pintor y escultor asturiano-madrileño, que vive y produce en Córdoba desde hace un año, en donde reflexiona sobre su obra y la influencia que ejerce la ciudad en sus creaciones

El artista plástico Carlos Tárdez (Madrid, 1976) se ha propuesto colonizar siete galerías de arte de otros tantos rincones del mundo. Su serie Caballo de Troya -7 esculturas de resina policromada y talla única de madera- han sido enviadas a las galerías a modo de regalo griego. Ocultan un soldado con intención de colonizar y dar visibilidad a la obra del artista afincado en Córdoba desde hace un año. "Ya me han contestado dos galerías de Portugal y Alemania", relata entusiasmado, "sin embargo aún no estoy en el mapa de Córdoba", se lamenta. A Tárdez le falta conocer el circuito y a los artistas de la ciudad, algo difícil de conseguir cuando la vida transcurre entre su estudio y la familia. "Pero tengo que hacerlo", sentencia.

El pintor y escultor es uno de los artistas considerados en el grupo de los jóvenes valores del arte contemporáneo en nuestro país. En este grupo lo insertó la galería gijonesa Van Dyck en una exposición colectiva en 2006, y más tarde lo hizo el Premio BMW de Pintura otorgándole la Medalla de Honor en el año 2010. No se trata de un artista nómada, solo que Tárdez fija su estudio allá donde el trabajo de su mujer la requiere. Por eso recaló en Córdoba el pasado enero, una ciudad en la que tiene familia y en la que ha encontrado un hermoso y luminoso estudio en la zona del Vial en donde recibe a Cordópolis. En él cabría hasta una de las gigantes arañas de Louise Bourgeois. "He tenido suerte", confiesa, "encontré este espacio, lo he adaptado, le he dado luz y estoy feliz porque aquí paso muchas horas".

Tárdez vive de su obra plástica, algo de lo que muy pocos artistas, y de cualquier disciplina, pueden presumir en España. Lleva 20 de sus 38 años pintando y esculpiendo."Qué más puedo pedir", exclama. La ironía "sin pretensiones", el concepto de banalidad y el simbolismo conviven en una obra figurativa que se adapta al realismo simbólico. "Hago figuración aunque coqueteo con la abstracción en muchas cosas", explica el artista sobre su obra, "me gusta pelearme y que todo tenga un por qué, casi nada está al azar". En su librería, que también tiene sitio en el estudio, guarda libros de Arte Asiático o de mitología junto a monografías de Tapies, Soutine, Klimt, Manet, Rodin, Madoz, Capa o los teóricos Gombrich y Bourdieu.

Tal vez el elemento más icónico de su obra sean los animales. Monos, gallos, jirafas o tigres son imágenes recurrentes en su obra desde 2001. Para Tárdez el mono, por ejemplo, es el animal humano. "El último escalón hacia el hombre. Es primo por primate y lo es por familiar. Cobran especial importancia las posturas, la mirada reflexiva y las manos. Adán, el primer hombre, es un mono que come una manzana mientras mira al cielo esperando una señal", explica en su web. En realidad, los animales son una excusa para "contar las cosas con ironía", confiesa, y sus sombras son "una proyección del alma". Son ideas básicas y simbólicas "que todos tenemos y las disfrazo de animales para no hacerlas tan evidentes".

Carlos Tárdez dibuja desde niño pero comenzó muy tarde a pintar. "Solo dibujaba", algo que le hizo interesarse por la escultura. "Tenía un profesor en Bellas Artes en Madrid que me veía más escultor que pintor", relata, "y yo veo que la escultura se hace para uno". Depende de cómo le venga la idea, la convierte en pintura o en escultura, aunque en su estudio tiene algún cuaderno dedicado solo a bocetos escultóricos. Suelen ser figuras de pequeño tamaño, que reutilizan objetos y que a veces se convierten en más grandes "para ganar en entidad". En ellas continúa intacta la ironía y el concepto de banalidad como en su visión de Gregor Samsa o la Metamorfisis kafkiana en un mejillón.

Otras veces juega con el espectador haciendo pasar por esculturas lo que en realidad son fotografías. Pero fotografías de sus esculturas que son poesía visual. Así ocurre en las esculturas efímeras de la serie Lápices "que no funcionan como escultura, no tienen la fuerza que tienen otros objetos, sin embargo fotografiados mantienen la ironía". Como en Beso, en donde dos lápices de la marca staedetler unen sus minas, igual que en Banderillas para un minoturo.

El mundo clásico, sobre todo el griego, ejerce una gran influencia sobre el artista cuando analiza las relaciones humanas. "Cuando hago algo que me inquieta me doy cuenta que ya lo habían hecho los griegos", confiesa. También posee el punto fetichista de trabajar con las manos, como los antiguos, aunque no se cierra a una tecnología que aun no ha visitado su obra.

Tárdez sueña con una exposición individual al año, que no se le agolpen varias al mismo tiempo como le ha ocurrido alguna vez, y continuar participando en colectivas como hasta ahora. En realidad, desea seguir viviendo de la pintura. Sobre cómo le ha influido Córdoba, aún no lo sabe. Lo verá más adelante  en sus cuadros, "todo sale después con el análisis", aunque ya atisba una luz muy blanca en algunas de las obras realizadas aquí. Celebra lo bien "comunicada e influida" que está la ciudad, "que haya pasado tanta gente por aquí se nota", y pregunta por un colectivo "en no sé qué polígono" que le han comentado sus vecinos. Al sacarlo de dudas sobre El Arsenal se promete a si mismo conocerlo y hacer ronda por galerías y exposiciones. "Sé que hay mucho movimiento y debo conocerlo. Esa es mi autocrítica hasta ahora".

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