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Hamish Powell (Palacio de Viana)

Juan Velasco

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Estos días de otoño (y por fin parece otoño, aunque no llueva demasiado), el aire en Córdoba está menos denso, como si hubiera un poco menos de caspa en el ambiente. De repente, en apenas unas semanas, se han abierto algunas grietas en esta ciudad culturalmente conservadora que invitan a un cierto optimismo contracultural.

Es muy probable que todo sea flor de un día (aunque Flora, por supuesto, sube cada año el modernómetro de la ciudad, incluso cuando lo hace llenándola de jubilados y jubiladas). Pero lo cierto es que andamos gratamente sorprendidos de que, en tan poco tiempo, coincidan en Córdoba actividades vanguardistas que podrían tener cabida —probablemente con mucho más apoyo institucional y popular— en ciudades teóricamente más cosmopolitas.

Si tomamos como ejemplo los últimos diez días, vemos que Córdoba está tomada, figuradamente, por el arte contemporáneo. Empecemos por Flora, cuyas instalaciones de este año han despertado debates, rechazos y adhesiones. Sigamos con el festival NXT, celebrado el pasado fin de semana en el C3A, que no solo ofreció una jornada de música electrónica con un reputado dj y productor alemán, sino también un día de talleres de creación digital y audiovisual con ponentes y tutores de interés nacional. Y volvamos al mismo espacio este viernes, cuando se celebra Plaza Contemporánea, con un programa doble que incluye un estreno de la creadora y coreógrafa Paula Quintana y una pieza de videocreación del siempre estimulante Juan López López.

Salgamos de Miraflores y dirijámonos a Objeto Dardo, la galería de la calle Osario, donde este viernes se inaugura la nueva exposición de Nieves Galiot. Sobre el papel, parece mucho más que una muestra de arte: una invitación a repensar nuestros quehaceres cotidianos y domésticos, que incluye además una pieza de arte acústico del músico berlinés Marco Fox. Un poco más hacia el centro, podemos acompañar a la escritora Azahara Palomeque en la presentación de su nuevo poemario, publicado por una de las editoriales más punteras de España (y que, además, pasa por ser cordobesa), en la Casa Escondida. O dejarnos caer por el bulevar del Gran Capitán, donde la Feria del Libro celebra un San Rafael muy distinto: regalan pastel cordobés con la compra de un ejemplar. Podemos acabar la tarde de nuevo al otro lado del río, en el entorno de La Calahorra, que acoge una nueva edición, la décima ya, de La Noche Negra, un festival que celebra los vínculos de Córdoba y África, algo más que neceserio en estos momentos.

¿Y la noche? Empecemos en el Bássico, un club que nació hace ocho años como una aventura loca y que ahí sigue, incombustible. Todo un milagro de personalidad. Y acabemos en Chinales, donde la Sala Impala acoge un 'microsónar', un festival diferente que reúne el directo de una compositora brutal, Ylia; el concierto de una banda con uno de los mejores directos de España, Cervatana, y la sesión de una de las DJ más reverenciadas del underground mundial: la italiana Laurine, miembro del colectivo berlinés Slow Life.

Escribo estas líneas mientras escucho los adelantos del nuevo disco de Viva Belgrado. Me hace feliz comprobar cómo un grupo cordobés, empeñado en crear desde la periferia, tiene a medio país suspirando por la publicación de su nuevo trabajo. También me alegra ver que se ha colado en el cartel del Primavera Sound.

Feliz, en definitiva, por comprobar que allí donde hay una grieta se cuela la luz. Y que donde hay luz, pasan cosas.

Última proyección simbólica en la plaza de la Fuenseca.

El mercado y los cines de verano

Quién nos iba a decir hace cinco meses, cuando el Ayuntamiento alegaba que no le interesaban los cines de verano, del mismo modo que no compraba zapaterías, que esta semana íbamos a ver a dos gobiernos del PP —uno con mayoría absoluta y otro en coalición con Vox— intervenir en el mercado inmobiliario para deshacer una compraventa entre particulares.

Lo ocurrido en Córdoba es casi un milagro. Y no habría sucedido sin la presión de una ciudadanía que se plantó ante la desidia de los poderes públicos de la ciudad. Unos poderes que se hartaron de repetir, en público y en privado, que no querían hacerse cargo de los cines de verano y que, de repente, han dado un giro de 180 grados para cruzar una línea que la derecha suele defender como infranqueable: intervenir en la sacrosanta propiedad privada.

Ha ocurrido. Y por el camino hemos aprendido dos cosas. La primera, que la presión social puede torcer el rumbo de cualquier Gobierno democrático. La segunda, que las administraciones disponen de herramientas para intervenir en el mercado cuando está en juego el interés público. Porque, si la Junta puede ejercer el derecho de retracto sobre tres cines de verano que carecen de una protección patrimonial específica, más allá de encontrarse dentro del ámbito del Plan Especial de Protección del Casco Histórico, la pregunta es inevitable: ¿por qué no explorar también las vías legales para proteger otros inmuebles históricos amenazados por la especulación, los fondos de inversión o la conversión indiscriminada del patrimonio en apartamentos turísticos?

Ojo, que Córdoba también tiene déficit de museos. Le vendría bien uno dedicado a al-Ándalus y otro a Equipo 57. Si la Administración puede intervenir para salvar los cines de verano, ¿por qué no explorar fórmulas para evitar que otros edificios históricos acaben convertidos en negocios privados y destinarlos a dos museos céntricos que la ciudad lleva tiempo necesitando? No se trata de que cualquier inmueble pueda expropiarse o retraerse por voluntad política, sino de preguntarse qué patrimonio queremos preservar y qué instrumentos estamos dispuestos a utilizar para conseguirlo.

Porque esa es, en el fondo, la cuestión. La intervención pública no es una herejía económica cuando sirve para salvar aquello que una ciudad considera valioso. Lo que cambia es la voluntad política de hacerlo. Y Córdoba acaba de demostrar que, cuando la ciudadanía aprieta, hasta los principios neoliberales que parecían sagrados pueden volverse negociables.

Sobre el futuro de los cines, me remito a mi último boletín. La pregunta, en realidad, es otra: ¿y mañana qué?

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