Has elegido la edición de . Verás las noticias de esta portada en el módulo de ediciones locales de la home de elDiario.es.
La portada de mañana
Acceder
Lee ya las noticias de mañana

Azahara Palomeque regresa a su 'Comala': “Somos pedacitos de muertos: el lenguaje y la genética son memoria”

Reportaje con Azahara Palomeque en Castro del Río donde se ambienta su nueva novela

Juan Velasco

Castro del Río —
14 de marzo de 2026 20:07 h

0

No creo que la memoria se tenga que barajar en términos de verdad

En la mayoría de los pueblos, una puerta que se queda entreabierta no es necesariamente el principio de un trauma, sino una historia de confianza. Y el portal del bloque está tal y como Azahara pensaba que estaría. “Yo creo que estará abierta”, había dicho un minuto antes. Así que empuja y entra. Sube las escaleras, vestida en un traje de dos piezas azul que desemboca en unas Adidas clásicas blancas.

Peldaño a peldaño hasta arriba. La azotea sigue ahí. Una azotea blanca, bajo un cielo azul, con un fondo verde oliva. Todo está justo donde la escritora Azahara Palomeque lo recuerda. Y, en ese pequeño paseo escaleras arriba, solo ha echado de menos las macetas que sus abuelos tenían colgadas en su balcón. Ya no están porque el piso está alquilado desde hace un tiempo.

Estamos en Castro del Río, un municipio blanco del sur de Córdoba donde las calles estrechas se retuercen entre fachadas encaladas y macetas colgadas en las paredes. Aquí vivieron sus abuelos. Aquí se crio su madre. Y aquí regresa ahora la autora para recorrer los escenarios que inspiran su nueva novela, Pueblo Blanco Azul, con la que la prestigiosa editorial Cabaret Voltaire, abre una nueva línea de narrativa española.

Y lo hace con la historia de una joven periodista que renuncia a seguir siendo parte de la “fuga de cerebros” propia de su generación, para volver a la casa de un pueblo donde hubo un éxodo de los de verdad, de los que dejan un vacío que cuesta generaciones llenar (si es que alguna vez se logra). Y la joven, periodista, busca llenar el suyo propio, recorriendo, como recorre Palomeque ahora, los peldaños de su propia memoria.

Reportaje con Azahara Palomeque en Castro del Río donde se ambienta su nueva novela

Primera parada: el hogar

Cuenta en el libro la escritora que a veces tenían que arrancarla de los brazos de sus abuelos cuando visitaba esa misma casa y tocaba plegar velas de vuelta a Extremadura, donde creció y pasó buena parte de su juventud. Por eso, no cuesta mucho imaginar a Azahara, todo pelo largo, negro azabache, canija y redicha, correteando por las escaleras buscando el azul del cielo, en unos veranos que, como ella misma cuenta, nunca parecían tener final.

Es uno de los pocos tópicos que salen de los labios de una autora que, en su nueva novela, ha logrado algo tremendamente complejo: esquivar muchas ideas manidas en torno a temas tan recurrentes como son la despoblación rural, la memoria histórica y el retorno al nido. Allí mismo, en el nido de sus ancestros, Palomeque cuenta que, cuando la sequía de los años 90 obligaba a cortar el suministro de agua durante horas, en aquel techo-suelo había un bidón donde almacenaban agua que se calentaba al sol, y en el que había ropa tendida, conversaciones familiares y juegos improvisados entre los nietos que llegaban cada verano. Desde allí se veía el perfil del pueblo y, más allá, el campo.

“Eso sí, mi abuela tenía flores por todas partes”. Su abuela, Luciana, vivía en en el primer piso de un edificio hoy avejentado, que su abuelo Antonio, construyó casi con sus propias manos, según lo permitían el trabajo y el dinero disponible. Allí se mudó la familia, con sus dos hijos. Y por allí pronto aparecieron las nietas.

PREGUNTA. ¿Ya soñabas con ser escritora cuando jugabas en esta azotea?

RESPUESTA. Sí, claro, claro. Ya fabulaba con ello. Esto es territorio para la imaginación, completamente. Porque, además, este era el lugar donde yo quería estar. Yo no quería estar en Badajoz. Entonces, cuando veníamos aquí, no me quería ir. Era como el sitio era el sitio mágico.

P. Leyendo el libro, me planteaba hasta qué punto estamos hechos de ficción. Porque no hay nada más falso que un recuerdo.

R. Claro. Pero yo no creo que la memoria se tenga que barajar en términos de verdad. La memoria siempre tiene esa parte de invención, de selección de cosas. Fíjate, yo siempre me he sentido de aquí. Y, sin embargo, no he nacido en Córdoba. Para mí, vivir en Extremadura era una condena porque me sentía sola sin esta familia.

P. La infancia tiene mucho de arcadia feliz.

R. Bueno, la mía no fue particularmente feliz, pero los momentos de Castro sí. Cuando estaba en casa con mis padres no necesariamente era tan feliz y, cuando se fue mi padre, peor todavía. Pero precisamente esto era el paréntesis por lo cual todo merecía la pena. Eso ha influido mucho en que yo me sienta de aquí.

Hay un salto cualitativo en el momento en que yo dejo de escribir desde el dolor

La familia de Azahara Palomeque, como ella misma un par de décadas después, también tuvo que hacer las maletas lejos de su hogar, marcando así su vida y la del núcleo familiar. Cuenta que su traslado a Extremadura no fue voluntario, sino consecuencia del trabajo de sus padres: primero de su padre y luego de su madre, la Doroti del libro, que consiguió empleo como personal laboral de la Junta de Extremadura. “No hay posible traslado entre comunidades autónomas”, remarca cuando le preguntan por una mujer que, como ella -que se mudó a Córdoba hace un par de años tras una década en Estados Unidos-, también quiso siempre regresar a Andalucía.

De hecho, ahora, con la jubilación cercana, el que es uno de los personajes “de reparto” más peculiares del libro, planea volver a su tierra natal. ¿Le ha gustado la novela? “Dice que es muy difícil, que se la ha tenido que leer dos veces”, cuenta la autora, que reconoce que Pueblo blanco azul ha removido intensamente la memoria de su familia. Y lo ha hecho con un estilo exigente que apuesta por una experiencia inmersiva, con una voz literaria que mezcla el estilo del flujo de conciencia (en el que diálogos, pensamientos, trama y distintos personajes y épocas conviven de forma ordenada pero torrencial) con la tradición oral de los pueblos del Sur de España.

P. Este libro, de alguna manera, también rompe un poco con los anteriores.

R. Es una ruptura literaria y creo que hay un salto cualitativo importante desde el momento en que yo dejo de escribir desde el dolor. Porque los anteriores libros estaban hechos desde la nostalgia de la persona que está en Estados Unidos y no quiere estar allí. Desde la rabia contra el sistema; incluso la rabia política. Y este libro es una reconciliación con la tierra y conmigo misma, y está escrito desde el amor a la familia, desde el recuerdo de la infancia -donde también hay una cierta nostalgia, pero bien entendida- y desde el respeto a los ancestros. Y yo solía citar a Reinaldo Arenas, que dice que la literatura es venganza, y ahora ya no estoy de acuerdo con él. He cambiado de opinión.

La charla se interrumpe cuando se abre la puerta que da de la azotea al bloque. De ella sale una mujer joven de rasgos magrebíes. Azahara le cuenta que es la nieta de los propietarios de la casa del segundo piso, sin tener certeza -poco después lo sabrá-, de que esa mujer joven que está limpiando el bloque, vive justo en la casa de Antonio y Luciana.

Reportaje con Azahara Palomeque en Castro del Río donde se ambienta su nueva novela

Segunda parada: el rito

Ocurre cuando baja camino de la calle y la puerta de la misma casa en la que han nacido y vivido sus abuelos, padres y tíos, está abierta de par en par. Eso la estremece y la hace feliz, al mismo tiempo. Cuando se despide de la mujer joven, ya se ponen rostro. Se palpan, como si se conocieran. “Te pareces mucho a tu tío”, le dice ella. “Ya me gustaría”, responde Azahara, antes de seguir camino de la plaza central del pueblo, allí donde sus abuelos comenzaron a vender pescado -hoy, Castro del Río es famoso precisamente por su Feria del Marisco-.

Sin embargo, en la casa de sus bisabuelos, ubicada en frente del Ayuntamiento de Castro, la comida también tiene otros sabores y olores: el local comercial, en el bajo, es un restaurante Kebab. A esa hora está cerrado. Así que Palomeque sigue camino de una de las iglesias que sale en el libro: la de Madre De Dios. Allí, bajo el sol del invierno, sigue la charla.

P. La novela arranca con un ejercicio, que yo diría que es de irrealismo mágico. Y, luego, muy rápidamente, se abona a un estilo que yo diría que es una especie de costumbrismo poético…

R. … (Enarca las cejas, poco convencida)

P. Te explico: la poesía está muy presente, como en toda tu obra, pero aquí hay un uso coloquial del lenguaje, que encaja muy bien y ayuda a dibujar el entorno.

R. Vale, sí, te entiendo. Sí.

P. El libro está atravesado por Lorca.

R. Sí, bueno, mi vida está atravesada por Lorca. En Huracán de negras palomas era evidente desde el mismo título, pero toda mi poesía anterior también. Aquí también… Bueno, es un libro muy lorquiano en el sentido de que es muy poético, en el sentido de que navega entre la cultura popular y la culta, en que tiene ese toque surrealista, que él también lo tenía. Y yo creo que Federico está también en la imaginación de los muertos, tan presente en la novela. Es que Lorca es un genio y lo que hay que hacer es rendirle homenajes.

P. Háblame de la muerte.

R. Bueno, yo creo que la sociedad nos pide que seamos inmortales. Hay una pretensión de inmortalidad que tiene que ver con los ritmos de la productividad, con el sistema económico y con el hecho de que se han roto todos los vínculos que nos anclaban a la tierra. No hemos perdido el vínculo con la ecología, pero no nos consideramos ni siquiera parte de este mundo. Por eso seguimos creciendo infinitamente en un planeta finito. Si acaso, lo que hace esta novela, y el primer capítulo en particular —aunque toda ella es un memento mori— es que recordarnos que nos vamos a morir, que estamos llenos de muertos, que somos pedacitos de muertos, porque el lenguaje es memoria, la genética es memoria, y lo que sabemos lo hemos aprendido de otros. La muerte crea una colectividad, nos vuelve a las raíces y nos conecta con los demás. Entonces, no la veo necesariamente como algo malo.

Hay una pretensión de inmortalidad que tiene que ver con los ritmos de la productividad, con el sistema económico

Por eso mismo, cuenta Palomeque, la novela arranca con un funeral que es una fiesta: con cofradías, banda de música y toda la familia (menos ella-la protagonista) reunida para honrar a su abuela. Todo el pasaje está inventado. Y, al mismo tiempo, todo está estudiando, ya que, como bien sabe, todavía en muchos pueblos de España persiste una ritualidad en torno a la muerte que se está perdiendo en las ciudades.

Así, mientras que en los entornos urbanos todo parece un capítulo de A dos metros bajo tierra con un filtro azulado de Netflix, en algunas localidades vecinas de esa misma comarca, todavía se pasea al muerto por las calles del pueblo hasta el cementerio, todavía hay -los menos- que velan a sus difuntos en casa. Incluso los tanatorios se convierten en un muestrario de guisos y comida. En la novela, estas escenas están inspiradas en una realidad que, en cualquier caso, cree que necesita una mayor reflexión. “Necesitamos más tiempo para honrar a los muertos, para entender cómo vivieron, rendirles homenaje y, en ese proceso, convertirnos nosotros en mejores personas”.

P. Los pueblos de España hoy, ¿son un síntoma o una cicatriz?

R. Yo creo que el pueblo es una cicatriz, porque somos hijos del éxodo rural. Particularmente, Andalucía ha perdido muchísima población. De hecho, los emigrantes que vuelven, vienen de Francia o de Cataluña. El pueblo es síntoma de eso: es una herida abierta de despoblación. Es una cultura que, en muchos sentidos, se ha perdido, porque a los saberes ancestrales cada vez se les presta menos atención. Esto puede convertirlo en una zona de sacrificio. Estamos viendo por ahí los carteles de “No a la planta de biometano”. En el libro está el problema del agua. Pero es porque se utilizan los pueblos como vertederos y como fuente energética y alimentaria de las ciudades, sin importar quiénes viven allí. Pasa lo mismo con las macrogranjas. Quizá tengamos que recuperar un poco esa dignidad. Y luego está la familia, que es como una especie de microclima dentro del clima que es el pueblo.

Reportaje con Azahara Palomeque en Castro del Río donde se ambienta su nueva novela

P. En un pasaje de la novela pones en duda que realmente conozcamos a nuestra propia familia. ¿Solo conocemos una faceta muy limitada de ellos?

R. Sí, de imaginación, por supuesto. Porque yo no sé quién era mi abuela Luciana cuando tenía 20 años. Ella tenía 20 años en 1948. Imagínate. Eso te lo tienes que imaginar completamente. Te puedes documentar, y de hecho hay un proceso de documentación histórica que yo realicé, pero también es un proceso de empatía. Tienes que imaginarte a una mujer con la que no tienes nada que ver, que no ha tenido estudios, que se maneja en un pueblo del que prácticamente no ha salido, que este es su universo, que tiene que lidiar con un padre autoritario, en una época donde la mayoría de las tecnologías que usamos hoy no existían, en una época donde importa mucho la palabra. Por eso hay canciones y relatos, porque no hay otras formas de entretenimiento que las historias que se cuentan y las canciones que se cantan. Todo eso es un ejercicio de imaginación.

P. ¿No hay miedo a desmitificar a tu abuela? Porque la bondad de los abuelos y la inocencia de los niños es lo más mitificado del mundo, ¿no?

P. Un poco. Claro. Y cuando los conviertes en personas de verdad y dejan de ser solo los abuelos, les salen las maldades... Obviamente, tienes que construir personajes complejos. No son siempre maravillosos. Mi madre, por ejemplo, dice que su madre, Luciana, fue una madre dura, muy estricta. El bueno era mi abuelo, que era un bendito. Dentro de que ambos eran buenas personas, tienes que crear aristas, dar densidad y complejidad a esos personajes e imaginar cosas delicadas, como el deseo sexual de tus abuelos. En la novela no hay mitificación; al contrario, hay una desmitificación. Igual que tampoco se romantiza el pueblo ni se demoniza. Hay aspectos bastante realistas. Hay una parte de devoción y cariño hacia este lugar, pero también es cierto que era un sitio durísimo, especialmente en los primeros años de la posguerra.

Reportaje con Azahara Palomeque en Castro del Río donde se ambienta su nueva novela

Tercera parada: del río a las flores secas

A unos metros de la Iglesia, hay un bar abierto. En su interior hay cuatro o cinco parroquianos. Al fondo, donde termina la barra, el bar se abre a un patio andaluz, en el que Palomeque se sienta, no sin antes charlar amistosamente con la propietaria, a la que le informa de que el 18 de marzo presentará Pueblo blanco azul en Castro del Río. “No sé si podré ir”, le contesta ella, excusándose en que tendrá que atender el negocio.

Ya sentados, Palomeque detalla de dónde viene una de las líneas narrativas clave de la novela: la crisis medioambiental que afecta al pueblo, y para la que se basó en un caso real: el del año largo que 80.000 vecinos del norte de Córdoba estuvieron sin agua corriente. “Es que es una locura que la gente pueda estar un año sin agua. Que estamos hablando de miles y miles de personas”, resume.

P. Fueron 80.000 vecinos, nada menos.

R. Bueno, tú lo sabes mejor que yo. Pero es que, como ha ocurrido en una sierra andaluza por ahí perdida, parece como que a nadie le importaba. Apenas salió en los medios nacionales y para mí el tema del agua siempre ha sido importante.

P. ¿Pero por qué el agua y no el biometano o las placas solares?

R. Pues porque creo que tenemos una conciencia ecológica sobre el agua, que a lo mejor no la tenemos sobre el consumo de gasolina o sobre otras cuestiones. Pero, para quien haya crecido aquí, para quien haya vivido esa sequía de los años 90, pues habrá tomado conciencia de lo fácil que es que un pueblo que, en la ficción, se llama Villasueño del Río, pueda acabar transformado en Villasueño de las flores secas.

Tenemos una conciencia ecológica sobre el agua que a no tenemos sobre el consumo de gasolina u otras cuestiones y, aún así, el agua ha ido desapareciendo de nuestros paisajes

Recuerda la escritora que el río Guadajoz, que hoy pasa por Castro del Río lleno y ruidoso tras las lluvias de enero y febrero, ha discurrido en sus recuerdos como un cauce seco por una tierra agrietada. Y no solo por la falta de lluvias, sino por la expansión de regadíos cada vez más amplios, algunos de ellos funcionando de forma ilegal, y que han cambiado el mismo paisaje del pueblo: donde antes el verde olivo convivía con el amarillo cereal o el marrón barbecho, hoy todo el horizonte es del mismo color que las aceitunas que sirven en el bar desde donde habla ella.

Por otra parte, la autora señala que hablar de la sequía le servía también para mostrar cómo el presente interviene en el pasado. En el momento en que el río deja de tener agua, la protagonista se plantea cómo puede centrarse en investigar la memoria de sus abuelos si sus propias condiciones materiales están siendo afectadas. “Solo cuando esas condiciones esenciales están garantizadas se puede emprender cualquier tipo de proyecto, incluido el de investigar o escribir sobre la memoria”, reflexiona Palomeque, que reconoce que su intención con esta novela era construir otra forma de memoria: acaso un presente continuo.

No creo que el valor de la literatura esté necesariamente en el hecho que se cuenta

El presente continuo de una familia normal y corriente nacida y criada en un pueblo andaluz cualquiera. De hecho, el tema de la novela, como ocurrió con la sequía del norte de la provincia de Córdoba, no resultó muy apetecible para algunos grandes centros de poder literario de España. Palomeque se envalentona y lo cuenta: “La novela quedó finalista del Premio Herralde. Y yo pensé que ya estaba hecho. Pero un par de grandes editoriales me dijeron que no. Y una de ellas la despachó diciendo que no creían que un pueblo del sur fuera interesante”.

Finalmente, cuando la frustración comenzaba a hacer mella, apareció una editorial que se interesó. Fue Cabaret Voltaire, un proyecto que se había hecho un hueco en el mercado especializándose en traducir libros franceses (incluidos los que escribió el almeriense Agustín Gómez Arcos en el país vecino). La escritora se deshace en elogios: “Me dijeron que iban a abrir una línea de autores en español, y Pueblo blanco azul ha sido el primer título No puede haber salido mejor”, remata. En sus ojos se refleja la tranquilidad de que una editorial madrileña le esté dando cariño y apoyo a una novela tan personal.

P. ¿Este libro podría haber sido autoficción?

R. No. No lo creo. Aunque mantengas algunos nombres, aunque mantengas algunas calles y algunos pasajes que sí responden a una realidad, es una realidad fabulada.

P. ¿Y qué te parece el género?

R. Pues depende de cómo se haga. Yo no creo que el valor de la literatura esté necesariamente en el hecho que se cuenta. Hay cosas extraordinarias que, dichas de manera muy simplista y con poca riqueza de vocabulario y con la sintaxis inapropiada, se te queda en nada. Pero, bueno, el género me interesa en cuanto al lenguaje. La mayor obra de autoficción de todos los tiempos es En busca del tiempo perdido, de Proust, y es maravillosa. Pero yo a Proust lo leo por el lenguaje, porque las vidas de los aristócratas me interesan bastante poco.

P. En la forma de la novela hay un desahogo narrativo y literario muy pulido. No sé si le has tenido que dar muchas revisiones.

R. Ay no. Yo no reescribo porque me harto de mi propia voz.

Foto de familia convenientemente desenfocada que se barajó como portada de 'Pueblo blanco azul'.

Cuarta parada: los muertos

Si uno sigue los cipreses, llega al cementerio de cualquier pueblo. La frase no está en el libro, sino que la pronuncia el fotógrafo Álex Gallegos cuando estamos a punto de llegar al camposanto de Castro del Río. Un espacio tranquilo que recibe a los visitantes con un obelisco en homenaje a los fusilados en la Guerra Civil. Una edificación austera que sorprende por su timidez política, ya que habla de los caídos “hermanados por las circunstancias”. Palomeque ironiza: “No dice ni Guerra Civil. Podría ser un huracán o una riada”.

Estamos a veinte o treinta pasos de donde reposan los restos de Antonio y Luciana, sus abuelos, los que, en el fondo, la han traído a Castro del Río. Pero se detiene para relatar por qué Pueblo blanco azul no es -citando a Isaac Rosa- “otra maldita novela de la Guerra Civil”.

P. ¿Esquivar ese tópico ha sido lo más complejo?

R. No estoy obsesionada con la innovación. Pero sí que creo que hay una diferencia de otras obras que se han escrito antes, en el sentido de que lo que yo construyo es una memoria sentimental, una memoria de los afectos: una cotidianidad que tiene que ser rescatada. No solo los grandes eventos políticos, las batallas o, no sé, las condenas a muerte, sino también esas vidas que, al final, como decíamos antes, vivían, criaban y merecen ser dignificadas. Además, es una memoria que no está muerta. Paradójicamente, en el libro aparece muchísimo la muerte, pero aun así es una memoria muy viva, que nos impulsa hacia el futuro. Eso se ejemplifica en la novela en el último capítulo. Yo creo que esto es algo más: es una novela que también nos está informando del presente.

El anarquismo tiene una conexión con la tierra y un sustrato ecológico que aún no se ha rescatado

P. La cosa es que Castro del Río no fue un punto cualquiera en la Guerra Civil. Estamos en la Campiña Roja. Mientras que Córdoba cayó en apenas unos días, aquí se aguantó meses.

R. Sí, eso es cierto. El pueblo resistió dos meses hasta que se perdió la batalla de Espejo. Y eso aquí no se olvida. Donde sí parece que se ha olvidado es a nivel nacional.

P. ¿A qué te refieres?

R. Pues a todo lo que fueron las luchas anarquistas. Se habla de izquierdas y derechas, pero, dentro de las izquierdas había una diversidad y una riqueza cultural increíble. El comunismo, por ejemplo, que ahora está en boca de todos -y es así porque estamos plagiando el discurso de Estados Unidos-, ni siquiera fue tan importante hasta la guerra en España. Antes de la guerra, era un partido completamente secundario. Lo que predominaba era el anarquismo. Y aquí más todavía. Ten en cuenta que el anarquismo tiene una conexión con la tierra y un sustrato ecológico que no se ha rescatado. Y un feminismo anarquista que también está por rescatar, pero que se nos ha olvidado, ¿no?

Es que las mujeres anarquistas estaban escribiendo novelas, folletines y hablando de aborto, de derechos sexuales, de independencia laboral. Eso parece que se ha quedado obliterado completamente del inconsciente colectivo. Los ecologistas ahora hablan de desalarizar la economía. Bueno, aquí mismo, los anarquistas no creían en el dinero. El trabajo educativo del anarquismo, los ateneos libertarios, la educación mixta… Hay un montón de cosas que se pueden rescatar y que, de hecho, serían muy beneficiosas para el mundo de hoy. Y aquí ese experimento social se hizo durante dos meses.

P. Pues retomo la pregunta que te hice antes en la azotea, que se cortó cuando entró la chica: ¿el pasado tiene futuro?

R. Cada vez más, porque el futuro no existe, da mucho miedo. Entonces hay una vuelta al pasado que yo creo que la izquierda quiere negar. Pero no se puede negar la realidad. Lo que importa aquí es qué haces con ese retorno del pasado, con esa nostalgia, cómo lo moldeas, cómo recuperas lo que mereció la pena. Al final, yo no entiendo ese tipo de rabia contra el pasado, cuando estamos de acuerdo en que son necesarias las políticas de memoria, y que eso es como un saco enorme de conocimiento. O sea, por qué no quieres recuperar todo eso si te puede aportar muchas herramientas para lidiar con el presente. Quizás sea parte de la contra ilustración que estamos viviendo, del anti intelectualismo que está tan en boga; pues por eso tampoco se quiere mirar atrás, ¿no? Porque no nos interesa el conocimiento que nos puede aportar. Pero yo creo que es fundamental.

P. Muera la inteligencia otra vez.

R. Sí, por supuesto. Estamos de nuevo en la época de “muera la inteligencia”.

Somos hijos del éxodo rural

Etiquetas
stats