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GATA CATTANA CRÍTICA
“Ahora que estoy a gusto me tengo que ir”: la supernova de Gata Cattana

Gata Cattana en una imagen de 'Eterna'.

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Fue en su último viaje de Madrid a Adamuz. Lo cuenta su madre a cámara con una entereza que resulta indescifrable. “Ahora que estoy a gusto, me tengo que ir”. Eso es lo que le dijo Ana Isabel, para el resto del mundo Gata Cattana, a su familia en la última visita que hizo a su pueblo. Días después, la artista, una de las voces más influyentes de la cultura española de lo que llevamos de siglo, moría en Madrid a causa de un shock anafiláctico.

Este episodio provoca un shock, en este caso emocional, cuando se relata en el documental Eterna, dirigido por Juanma Sayalonga y David Sainz, y que se ha estrenado en cines este jueves. Se puede estar a gusto y tener que irte. Se puede uno ir, sin dejar de estar.

Escuece un poco imaginar ese “qué habría sido si”. En una sociedad como la española, donde muy a menudo triunfan referentes musicales y poéticos de escasa profundidad (que, en un gesto paternalista, se atribuye normalmente a su juventud), la hondura de la obra de Gata Cattana, su impacto imperecedero y su influencia inmarchitable, parecen casi un milagro. Un milagro sobre el que ella misma ironizó en uno de esos versos altamente tatuables que escribía: “una como yo cada dos siglos”.

También parece un milagro por el camino que la llevó al brillo de los días previos a su muerte, en los que acababa de culminar dos obras de esas que los anglosajones llaman gamechanger: el poemario La escala de Mohs (primero autoeditado y luego reeditado por Penguin Random House) y el disco Banzai, una joya de la música urbana capaz de alumbrar a toda una generación de cantantes, raperos y traperos, sean del sexo que sean.

Ana frente a la gata

¿Pero quién era Ana? Eso es lo que se preguntan los directores de Eterna en la parte más interesante y emotiva del documental. Y Ana era una niña de Adamuz, un pueblo de 4.000 personas ubicado en el valle del Guadalquivir, que prometía visitar mucho más a menudo cuando la acechó la muerte.

Es en la parte de Ana en su Andalucía, en Adamuz, Montoro y Granada donde Eterna vuela alto. Porque muestra, a través de los testimonios de los demás y de un cuidado archivo de imágenes cedidas por familiares y amigos, cómo la niña se convirtió en la gata, cómo la gata se convirtió en flamenca, la flamenca se convirtió en rapera, la rapera se convirtió en poeta, y la poeta se convirtió en símbolo.

En un mundo de nepo babies y centralismo cultural, que emerja una estrella tan profunda y un símbolo tan potente como el de Gata Cattana, surgido de la periferia absoluta, se antoja casi como un sueño posible de esa meritocracia en la que la propia artista dudo que creyera.

De hecho, el documental no escatima testimonios sobre lo complejo que fue el tránsito. Antes de que la muerte nos la arrebatara, su talento se estaba imponiendo a sus condiciones materiales. Son sus compañeros en el proyecto Banzai los que mejor dibujan las dificultades que pasaron para publicar esa obra seminal y conseguir el apoyo escénico que otros logran con mucho menos esfuerzo.

Claro que eso tampoco le hubiera importado demasiado a una cantante que, como se dice en la película, comenzó rapeando en casas okupas para punkis y hippies, y a la que los raperos sólo comenzaron a prestarle atención cuando tuvo éxito. Como quien mira al cielo y ve una estrella en una noche cerrada y piensa que esa estrella ha estado siempre ahí y no que es el brillo de un cuerpo celeste que explotó hace miles de millones de años.

El otro gran fuerte del documental es cómo se dibuja el nacimiento de una poeta. Una poeta pura. Una voz singular, única, de una profundidad y matiz tan poco habitual que desarmaba además por su facilidad para transmitir lo complejo a través de un uso coloquial del lenguaje y la lírica. Y una voz, a su vez, visionaria, capaz de captar los movimientos sociales que estaban a punto de emerger (el feminismo, la cultura de cancelación) y de aparcar el ego para devolver la mirada a los desclasados (su lectura del poema Como aman los pobres, que lleva años colgada en Youtube, es uno de los momentos álgidos de la cinta).

Sus imágenes andando por ese Madrid en el que, decía la poeta, nadie te pregunta qué te pasa aunque te vean llorando por la calle, también ayudan a descubrir que la fiereza de su mirada felina escondía una sensibilidad enorme y un sentimiento de desplazada. La fragilidad de estar lejos de aquella casa familiar rodeada de olivos donde decía estar tan a gusto y de la que no quería irse. De la que, en realidad, nunca se ha ido.

Al final, Eterna muestra un mirada a aquella isla de belleza llamada Ana Isabel, que es tan o más interesante que la supernova que fue Gata Cattana. Una idea que define a la perfección el rapero Frank T al principio de la película, cuando dice que “la gran obra maestra” de Ana “es la propia Gata Cattana”.

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