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Donación de órganos y grandes catástrofes: por qué no siempre es posible

Accidente ferroviario de Adamuz

Alejandra Luque

23 de enero de 2026 22:04 h

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El accidente ferroviario ocurrido el pasado domingo en Adamuz ha dejado una profunda conmoción en la provincia y muchas preguntas sin respuesta entre la ciudadanía. Una de ellas es por qué, en tragedias de esta magnitud, no siempre es posible que las víctimas se conviertan en donantes de órganos. Lejos de la voluntad o la solidaridad, la respuesta está en complejos criterios médicos y técnicos que marcan la diferencia entre el deseo de salvar vidas y la realidad clínica.

La médica adjunta de la Organización Nacional de Trasplantes (ONT), Almudena Escribá, arroja luz en la siguiente entrevista sobre este proceso y detalla los requisitos indispensables para que una vida pueda salvar otras tras un suceso de las características del de Adamuz. En primer lugar, la donación de órganos no es un proceso que pueda producirse en cualquier circunstancia. “Un donante necesita fallecer en un entorno controlado hospitalario”, señala. Aunque aclara que “excepcionalmente pueden surgir donantes en el medio extrahospitalario”, esto solo es posible cuando el tiempo entre la parada cardiorrespiratoria y la atención por parte de un servicio de emergencias especializado es “mínima”, idealmente inferior a diez minutos.

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En catástrofes como la de Adamuz, la realidad es muy distinta. “En este caso nos hace falta que los pacientes lleguen vivos al entorno hospitalario”, afirma la médica de la ONT. Cuando el fallecimiento se produce fuera de ese entorno, como en un tren, “el tiempo de isquemia ya se ha desarrollado y los órganos ya se han empezado a deteriorar”, lo que impide que puedan ser viables para un trasplante.

Uno de los conceptos clave en este proceso es la isquemia, un término médico que hace referencia a que “los órganos empiezan a sufrir porque ya no les llega el riego sanguíneo de forma adecuada”. Desde el momento del fallecimiento, e incluso en los instantes previos, es fundamental aplicar medidas destinadas a “mimarlos y cuidarlos” para preservar su funcionalidad.

Además, Escribá señala que no se puede acceder directamente al quirófano sin una evaluación exhaustiva del donante. “Antes de que fallezca, hay que hacerle una serie de pruebas: analíticas y pruebas de imagen para saber que es un donante adecuado y que no tiene una enfermedad transmisible”, explica. En un entorno hospitalario convencional, las exigencias son tan elevadas que, según detalla, “de los pacientes que fallecen en un hospital, a lo mejor solo el 2% se pueden considerar como posibles donantes”.

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Una carrera constante contra el reloj

La logística de los trasplantes es, para la doctora, una auténtica carrera a contrarreloj porque cada uno de los órganos cuenta con un tiempo máximo muy limitado desde su extracción hasta el implante en el receptor: “En el caso del corazón, es de entre cuatro y seis horas; los pulmones, de seis a ocho; el hígado, entre 8 y 12; y los riñones, hasta un máximo de 24 horas”.

Incluso en el caso de que una víctima lograra llegar con vida al hospital, el politraumatismo característico de este tipo de accidentes constituye otro gran obstáculo. “Mucha gente que llega con un politrauma es que los órganos vienen muy lesionados”, explica Escribá, quien añade que es frecuente encontrar “contusiones en pulmones, hígado o riñones” como consecuencia del impacto, lo que reduce drásticamente la posibilidad de donación.

Más allá de los criterios médicos y técnicos, la doctora destaca el importante componente humano que rodea a la donación. “Por supuesto que está el derecho del donante” y en situaciones de shock colectivo como la vivida en Adamuz, la donación supone “un gesto de generosidad brutal en el peor momento de sus vidas”. Aun así, Escribá reconoce que, en algunos casos, la donación “acaba siendo un consuelo”, ya que “buscar una explicación a tanta desgracia ayuda un poco en el duelo”.

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Córdoba, a la vanguardia en preservación de órganos

Como contrapunto de esperanza frente a estas limitaciones, Escribá enfatiza el papel del Hospital Reina Sofía de Córdoba, al que califica como “pionero” en el uso de máquinas de preservación de órganos. Estas tecnologías permiten extraer órganos que inicialmente no son óptimos y “optimizarlos e incluso que puedan aguantar más tiempo, mimándolos con líquidos especiales”. Hay que recordar que el hospital cordobés sobresale por el uso de una nevera destinada a mejorar la preservación pulmonar, con un “éxito brutal” y “excelentes resultados”, lo que permite que la logística del trasplante no dependa de forma tan estricta de las ventanas de tiempo habituales.

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