OBITUARIO

En la cancha, siempre hay que respetar al rival

Javier Imbroda e Inmaculada Troncoso

Inmaculada Troncoso

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Acostumbrados, como estamos, a la crispación en la política, en la vida en general, Javier Imbroda supo transmitir a los que lo conocimos que el deporte le había enseñado muchas cosas. Todas ellas podían extrapolarse a los distintos ámbitos de la vida personal y profesional.

En sus inicios como consejero, confesaba que había sido para él una sorpresa comprobar cómo se elevaba el tono en la contienda parlamentaria o en el ámbito educativo, cuando él siempre había aprendido que al rival, en la cancha, había que respetarlo, porque, muy probablemente, también tuviera algo que enseñarnos.

Su actitud de escucha le granjeó amigos adversarios, rivales de otra cancha. Su quehacer sin estridencias, sin grandes aspavientos, le proporcionó el lugar necesario en un mundo, a veces, hostil; tan necesario que consiguió que todos sus rivales lo respetaran. Solo hacía falta eso: humildad, respeto por los demás y escucha permanente.

El consejero Imbroda era hombre de pocas palabras, las justas para decir lo que tenía que decir, pero, sobre todo, era hombre de grandes ideales. Jamás dejó de soñar con que nuestros niños y jóvenes andaluces no estuvieran en ese “furgón de cola” del que él quería sacarlos. Quienes no lo conocían nada más que por sus logros deportivos, cuando arribó a la política, se toparon de bruces con una realidad: es posible mejorar la educación en Andalucía llevando por bandera la única fórmula mágica del diálogo (acuerdos con sindicatos, escucha activa con cientos de colectivos…) y la atenta mirada puesta en un futuro mejor para nuestra tierra. Una educación del siglo XXI, como él repetía constantemente.

Por eso, ha situado a Andalucía en un lugar destacado en el panorama educativo: más y mejor Formación Profesional, más progreso digital y tecnológico, mejores infraestructuras, más atención a los niños en situación de vulnerabilidad (su auténtica obsesión). Y todo ello, poniendo el máximo empeño, como servidor público, en una gestión que solo revirtiera en lo que realmente es el verdadero centro de atención, los alumnos y alumnas andaluces, por los que luchaba para poder ofrecerles un sistema educativo acorde a lo que realmente se merecen.

No abandonó la sonrisa, ni elevó la voz; no tuvo que levantar polvaredas, ni gritar, para hacerse con el sitio -no le hacía la más mínima falta-. Únicamente, hay que trabajar duro y respetar al rival. Javier Imbroda lo hizo. Siempre.

Ha sido un honor, consejero.

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