Palma del Río: donde los naranjos echaron raíces hasta llegar a medio mundo

Vista aérea de Palma del Río | FERNANDO HERMOSO

https://youtu. be/Omi-1MnHpro

Los primeros naranjos llegaron a Palma del Río en la época árabe y desde entonces su cultivo es protagonista en este municipio, que tiene en la naranja su seña de identidad y distribuye su producción durante todo el año desde Canadá a China, Brasil o los Emiratos Árabes

Un mar de naranjos se extiende en el horizonte que rodea a Palma del Río, convirtiéndola en la capital del aroma a azahar, en el pueblo con más vitaminas de la provincia. Y es que Palma del Río no se entendería sin la naranja, convertida en estandarte de esta población de la Vega del Guadalquivir que siente este fruto cítrico como parte de su historia, de su idiosincrasia y, por supuesto, de su economía.

Las raíces de los primeros naranjos que vio Palma del Río se hundieron en sus tierras en época árabe, allá por el siglo X, cuando este árbol se introdujo gracias al interés de los califas por su uso primordialmente ornamental. Plantado en jardines y patios, su porte y el olor del azahar embellecían el núcleo palmeño de entonces.

Pero sería siglos después cuando los naranjos se apreciaron por su fruto, cuando en Palma del Río comenzó a extenderse el cuidado de estos árboles como productores de naranjas. La privilegiada situación del municipio en una zona de gran afluencia hídrica al paso del Guadalquivir y del Genil fue aprovechada para la plantación de naranjos, primero con el objetivo de autoabastecerse y luego para obtener de la tierra producciones de alto valor con las que comercializar.

Fue en esa época cuando nacieron los denominados pagos, conjuntos de huertas y viviendas agrícolas que se establecieron en los meandros que dibujaba el río Genil para desembocar en el Guadalquivir, donde el denominado suelo de Vega, constituido a partir de sedimentos fluviales, atesoraba las mejores cualidades para el desarrollo de los naranjos. Allí surgieron trece pagos -precursores de las inmensas plantaciones que hoy inundan todo el término municipal- y de los que existe constancia documental desde el siglo XVIII. “Trece pagos de huerta a orillas del río Genil, situados de oriente a poniente desde que entra en el término de la villa hasta que desemboca en el Guadalquivir, a un cuarto de legua de la población. Son 516 las huertas pobladas en su mayor parte de naranjales…”, escribía el historiador Ramírez de las Casas-Deza sobre este cultivo palmeño.

Sólo algunos de esos pagos tuvieron la capacidad de sobrevivir y adaptarse a las nuevas condiciones del mercado, evolucionando hasta lo que hoy en día son modernas y tecnificadas explotaciones de origen reciente: los inmensos naranjales que actualmente pueblan 12.000 hectáreas en Palma del Río y que son protagonistas de la imagen y la vida en este pueblo.

Sólo la recolección y la manipulación de las naranjas suman alrededor de 70.000 jornales, en un municipio que es capaz de exportar a medio mundo el 90% de una producción que llega a los 300 millones de kilos de fruta. Desde China a Canadá, de Brasil a Emiratos Árabes, la naranja palmeña llega a todos los mercados y en todas las épocas del año. Porque, ahora, aquí se cultivan variedades de naranja que maduran desde octubre hasta julio, ampliando así el período de recogida y comercialización de la fruta a prácticamente todo el año.

Un sinfín de nombres da cuenta de las distintas variedades de naranja que Palma genera. Y es que, si en los inicios las más abundantes en la zona eran las conocidas cadenera, washington o navel, el rosario de variedades actualmente entre naranja de mesa y naranja de zumo se extiende tanto como las filas de naranjos por los campos de Palma: navelina, salustiana, blanca común, sucreña, valencia late, navelate, marta, clemenules… Palabras integradas en el vocabulario palmeño y que no son sino apellidos del nombre propio de su naranja, esa que por historia, costumbres y economía, este pueblo siente que forma parte de su propia vida.

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