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Jugo y Culturhaza: la alianza de comercio y huerta cercanos en tiempos del virus

Jugo | GABY MANGIERI

Marta Jiménez

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“El consumidor puede transformar su carro de la compra en un carro de combate por un mundo más sostenible”, suele repetir el científico José Esquinas, quien ha dedicado 30 años de su vida en la FAO a trabajar para erradicar en hambre en el mundo. Esquinas se refiere con esta metáfora a convertirnos en consumidores con sentido ético, ya que dependiendo de dónde y qué compremos estamos incentivando un tipo de agricultura u otro. Cuidando del planeta y de nuestra salud o haciendo todo lo contrario.

Por desgracia, hoy ya no dependemos del pequeño agricultor que está a nuestro lado. Estamos a merced de grandes multinacionales de producción y distribución alimentaria, por lo que la media de recorrido que han hecho los alimentos que llegan a nuestra mesa está entre los 2.500 y los 4.000 kilómetros. Y este hecho, aparte de haber dejado escapar soberanía de nuestro territorio rico y fértil, es una de las evidencias de que ya no consideramos a los alimentos como algo sagrado.

Aunque existen excepciones que cada vez suman más concienciados. De este modo, como un acto político, contemplan lo que comemos Gabrielle Mangieri, propietaria de Jugo, una pequeña tienda de alimentación y vinos en San Andrés, y Antonio Ruano, agricultor en Culturahaza, una finca agroecológica de siete hectáreas y media localizada a cinco kilómetros de la capital, en Villarrubia.

Ambos definen sus proyectos como “artísticos y activistas”, ya que unen la agroecología sin perder de vista el arte contemporáneo, además de poner la vista en un horizonte que, tras esta crisis, se antoja menos utópico que hace dos meses. “Las personas somos como semillas que vamos polinizándonos”, explica Gabrielle sobre la interdependencia de ambos proyectos.

Tanto Jugo como Culturhaza ofrecen, entre otras muchas cosas, el valor de vincularnos a nuestro territorio. Y evidencian hasta qué punto lo urbano depende de lo rural y viceversa.

Jugo: plantar cara al miedo con flores, música y buenos alimentos

Antes del 14 de marzo Jugo vendía vinos naturales y quesos. Una vez a la semana traían verduras y frutas y cereales de la finca de Antonio y las vendían a quienes habían hecho un pedido previo. “No queríamos hacer cese de actividad como un acto de reivindicación y de plantarle cara al miedo”, cuenta Gabrielle sobre la decisión que tomaron ella y su pareja, Javier Orcaray, de extender durante el estado de alarma una actividad que ya venían haciendo.

Fundamentalmente en estos días venden verduras, frutas, huevos, pan, conservas y flores, además de vino y queso. “Ahora la gente del barrio ha empezado a venir gradualmente a comprar. Hay pocas tiendas con este perfil de producto ecológico y el cliente busca aprovechar el tiempo libre que ahora tiene en cuidarse a través de la comida”, opina Mangeri. “Lo que comemos es nuestra primera medicina, la preventiva, y cada vez más gente quiere escuchar hablar de la trazabilidad, saber de dónde viene cada producto y que se lo expliquemos”.

Esto es algo que aún no existe en las etiquetas de esta clase de alimentos, su huella ecológica. Algo que explicaría con datos cómo el precio económico que pagas por una lechuga (1,30 euros en este caso) aquí sí representa el precio energético y el precio de un alimento ecológicamente limpio.

Por eso este comercio de barrio respeta los precios que marcan los agricultores y trabajan directamente con ellos, sin intermediarios. “Para nosotros es muy importante conocer el producto”, como saber, por ejemplo, que limpiar la semilla del armuelle, una espinaca roja deliciosa que solo cultivan en Culturhaza, es “una tortura porque pincha”, explica Antonio, “y de ahí el nombre de espinaca”. 200 gramos de armuelle cuestan 1,50 euros. “Es el precio del trabajo por cada cultivo”.

Gabrielle apostilla: “Ese es el futuro si queremos seguir comiendo bien. El control de la semillas es fundamental”.

Culturhaza: La clave está en las semillas 

Haza significa tierra de labrantío. Desde hace “veintitantos años” Antonio y Nazaret trabajan y alimentan su finca en Villarrubia de forma ecológica y sostenible. Ella es veterinaria y él historiador, aunque ambos provienen de lugares agrícolas y son la tercera generación que trabaja esta tierra en la Vega del Guadalquivir. Un lugar  fértil desde los romanos y en donde en su día hubo huertas y terrenos de labranza  hoy son mayoría las parcelaciones. Incluso, no hace tanto, instalaciones industriales agroalimentarias como una lechera, una azucarera y una algodonera florecían en esta zona.

Antes de la llegada de esta pandemia ellos trabajaban la venta directa. La gente iba a la huerta los viernes a llevarse productos que previamente habían pedido por correo electrónico [culturhazamuchocucho@gmail.com]. “Ahora con esta situación traemos las cosas directamente a tiendas o las distribuimos casa por casa los jueves”. El número de clientes que realizan pedidos ha subido un 60%, “pero sé que eso no va a seguir porque luego volverán a sus vidas, no tendrán tiempo... pero que se coman ahora las semillas del rábano está siendo toda una sorpresa”, ríe Antonio.

Ruano ha recuperado, entre otras muchas semillas, la del rábano, “que se puede comer como si fueran pipas”. Son suaves y nutritivas y se come entera, incluso con la vaina que envuelve la semilla. “Ofrecer esas cosas es un regalo, algo que te cambia la vida”, opina Gabrielle.

En Culturhaza, además de recuperar la tierra, se recuperan estas semillas locales, un patrimonio que de otro modo se perdería y que garantizan la biodiversidad. “Nuestra grandeza es recuperar y demostrar que se puede hacer agroecología rodeados de cultivos tradicionales. No tenemos ninguna plaga, algo que nos ha costado veinte años conseguir. Ni siquiera utilizamos los productos químicos permitidos en agroecología. Hemos recuperado la biodiversidad del espacio, hay equilibrio biológico”.

Su semilla más antigua es de tomate y tiene 120 años. El abuelo de Ruano la trajo de la sierra de Jaén y esa memoria genética que posee, plantada en una tierra fértil, ha hecho posible que no le ataque la tuta, “una plaga que hay que tratar dos veces en semana y que nosotros no tenemos gracias a esta planta potente que se defiende sola”.

Por eso no solo es importante recuperar semillas, sino cuidar y observar los procesos de adaptación a la tierra y a los tiempos de calentamiento global. Investigan para buscar alternativas al garbanzo negro seco o la habichuela, “semillas que resistan la subida de temperaturas que se auguran por el calentamiento global y la falta de agua”, explica el agricultor.

Advierte que solo cinco multinacionales dominan las semillas en todo el mundo. “Es muy difícil que eso cambie porque poseen una gran influencia sobre los gobiernos. Los insumos que suponen transportar comida están dentro del sistema”, se lamenta.

La fidelidad a las estaciones

“Si fuésemos capaces de comer frutas y verduras de temporada eso sí que sería un cambio radical”, opina Antonio. Pero, ¿estamos dispuestos a dejar de comer salmorejo en invierno? “La cuestión es que no somos conscientes de lo que significa comer salmorejo cuando no hay tomate. Ya no solo en cuanto a la salud, sino a nivel económico para un sector que está en declive, para la biodiversidad. Generar tomates en invernadero tiene unos insumos brutales y un coste económico y social brutal. Hay que hablar de esto y este es un buen momento”.

Gabrielle cita al sociólogo Joan Nogué sobre cómo podemos hacer un freno y muchos frenos pueden aguantar ciertos procesos destructivos. “La intención no puede ser cambiar la sociedad. El sistema es mucho más fuerte, pero ya no estamos tan solos en esto de hablar de la importancia de la agricultura”.

Ambos aseguran no haber inventado nada, al contrario, ya que comer de temporada es parte de la historia de la humanidad. Asimismo, hacen hincapié en cuánto se ahorraría la Sanidad si comiésemos correctamente alimento sano y de temporada.

“Cada verdura y fruta está relacionada con un órgano del cuerpo”, explica Antonio. “El proceso de domesticación de los alimentos no es gratuito. Hay mucha sabiduría  detrás, por ejemplo, de la granada, que es buena para la próstata o la nuez para el cerebro”.

El futuro está por dibujar

Las políticas para 2021 de la PAC (la política agraria común) ya hablan de biodiversidad y no de producción. “Lo que ocurre que la presión de los latifundistas y de la industria es muy fuerte, pero la tendencia ahora es esta. Se han dado cuenta de que o se recupera el espacio agrícola con biodiversidad o no hay agricultura”, augura Ruano.

Ambos se muestran más reivindicativos que optimistas cuando piensan en que esta crisis puede transformar el mundo. Su empeño está en que la gente conozca lo que tiene al lado, tanto en el comercio como en la agricultura de cercanía. Su demanda es que la Administración sea “más facilitadora” con esta clase de proyectos.

En la agricultura lo tienen más difícil por las trabas burocráticas, las escasas ayudas a la distribución, ya que el campesino tiene que hacerlo todo y no se establecen los cauces necesarios para resolver estos problemas, y por un relevo generacional que no llega. “Tengo 65 años y soy de los más jóvenes”, cuenta Antonio explicando que la gran mayoría de agricultores desaniman a sus hijos a dedicarse a algo tan duro, tan lleno de incertidumbre y tan denostado socialmente como ser campesino.

Coinciden la pequeña comerciante y el pequeño agricultor en que sus respectivos sectores crecerán, pero que no será mayoritario. “Lo noto más como pequeño comercio que sobre lo que se está comprando”, opina Gabrielle. “Funciona más el eslogan de compra local y no en grandes superficies. No pesa tanto el saber de dónde provienen tus alimentos y hay desinformación y poca vinculación al territorio”.

Con la huerta de verano a punto, Antonio comerá hoy [el día de esta entrevista es el jueves 23 de abril], unas hamburguesas de habas con armuelle y semilla de rábano machacada. Gabrielle disfrutó el día previo de un budín de setas con ensalada de espinacas rojas y semillas de rábano, más unas naranjas de postre.

Y mientras se alimentan, sus proyectos y su modo de vida alimentan al mundo revelando que otro tipo de desarrollo es posible.

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