La huelga de la construcción en Córdoba... 41 años después

Encierro en la Mezquita para pedir la negociación del convenio, en una noticia de 'Diario Córdoba' de 1981 | ARCHIVO RAFAEL MORALES

Y aún hoy, más de 40 años después, me emociono pensando cuánta dignidad, orgullo de clase, olfato táctico y capacidad estratégica, aprendí, tan joven, junto a aquellas personas que decidieron ser libres un día de enero de 1976. Cuando la huelga de la construcción. No lo sabía entonces, pero fue la mejor de mis universidades. Muchos de aquellos hombres buenos, como Felipe, Ildefonso Jiménez, Germán Ramírez y Antonio Gómez -“Papi”-..., han muerto, cosas del tiempo, y yo que tengo cierto estigma de superviviente quise contar su historia, supongo también que porque es la mía.

Entonces tenía 19 años y era casi tan joven como ahora. No abundaban allí los títulos académicos, y por no haber no había ni papel higiénico, pero no he visto en toda mi vida un colectivo de hombres con más inteligencia política y, en ocasiones, con más disciplina, porque no podemos vivir sin dignidad y, en un plano colectivo, a ésta se llega a través del ejercicio de la más estricta coherencia.

En realidad, a veces pienso que en aquella huelga no luchamos sólo por salarios, y aunque a nadie le venía mal un aumento, creo que para muchos, cuando se rebelaron, lo que tenían presente en su cabeza, porque me lo dijeron, era la masacre de los vencedores en la guerra civil, el miedo que te impide ser persona en una brutal dictadura, la omnipotencia de los encargados, el ir de obra en obra pidiendo trabajo, el sol del verano, el frío del invierno, la vida que pasa como si no fueras nada, como si nada tuviera importancia en la rutina de tu día a día, y una mañana, porque toda la tensión de muchos años se acumula y estalla en un punto, en ese momento, entonces, te descubres a ti mismo y a la gente que te rodea en las candelas de las obras, en las charlas sin móvil, cara a cara, y decides que da igual, pero que aquel día se para la obra, y sales a la calle con tus compañeros y te ves como en una película que, esta vez, estás dirigiendo. Y claro que tienes miedo, a la policía, al despido, a que los tuyos se queden sin nada. Pero estás ahí y el miedo te lo comes. Años más tarde supe que aquello, en términos weberianos, se llamaba “racionalidad sustantiva”, pero con o sin Weber, aquel año de 1976 decidimos ser y fuimos libres.

El primer día de la huelga presencié, angustiado, junto con Andrés y Pedro Urbano, cómo la policía perseguía a Lluís Massana, que iba en un piquete, y cuyo nombre clandestino era “Santi”, aunque en las obras se le conocía como “el catalán”. Logró escaparse y luego la policía se vino para nosotros. Cogí una piedra, y Andrés, que era grande, tuerto, sabio, buena persona y vecino de “Los Vikingos”, me dijo “chiquillo, no jodas, suelta la piedra”. Y yo que tenía mucho respeto a los mayores le hice caso. Nos quitaron los carnets de identidad y siguieron a lo suyo, que era detener albañiles. En comisaría nos tuvieron unas horas y luego un comisario nos largó una filípica y nos dijo que nos marchásemos, eso sí, sin seguir con lo de los piquetes. Nos fuimos Pedro, que era de la JOC, y yo, de la OICE, juntos y para la Fuensanta, con el firme propósito de hacerle caso al comisario. Pero Dios o el Diablo cruza obras con albañiles en activo en ruta de piqueteros, en este caso a la altura de la Viñuela, “Pedro, no nos metamos en líos, que ya nos tienen fichados”, y Pedro que “de acuerdo”, pero, a ver, si es que éramos jóvenes y lo dicho de Dios y el Diablo, “que qué hacéis vosotros trabajando cuando todo el mundo está de huelga”. Y se pararon. Y no por fuerza tremenda de tan reducido y joven piquete. Es que era tiempo de eso, de parar con todo.

Hubieron cosas que me impresionaron, como aquel sacerdote, Fernando del Rosal, en ejercicio de cura obrero y dando, probablemente, las mejores homilías de su vida en aquellos púlpitos y en aquellas iglesias que jamás habrían soñado presenciar a tanto albañil, todos tan atentos y en silencio, antes del uso de la palabra. O las poesías que leía en las asambleas Antonio Perea, probablemente el poeta con más oyentes, o de los más, en la historia de Córdoba. Era algo casi mágico ver a tanto campesino reconvertido en albañil volver a encontrar la palabra bien hecha, tan apreciada.

En enero de 1981, tras todas las prórrogas que pude, fui llamado a filas. Me preguntaron en el campamento si había sido detenido en alguna ocasión. “Sí, tres veces”, respondí, “¿por qué” me preguntó el soldado que estaba tomando nota, “por política, por huelgas...¿pero... de verdad quieres que ponga esto?”, me inquirió, mucho más sensato que yo. No podía decirle entonces que no quería pasar por aquello de dejar de ser quien era, que no sería prudente, sí, pero que los que al final iban a tener que esconderse iban a ser los que querían mantener el estado franquista dentro del Ejército. Y yo había decidido decir “no”. Ni siquiera juré bandera, prometí, eso sí, por patriotismo. Y cuando trabajé en los muros de la memoria de los cementerios municipales de Córdoba supe que, como nunca, había mantenido mi promesa. Uno se enamora de personas, ideas y cosas según le vaya la vida. Yo me enamoré de mi país, de España, porque no quiero ni puedo tener otro, luchando por la dignidad del mismo junto a un puñado de soldados de Salamina en forma de albañiles, muchos de ellos comunistas, los más del viejo PCE, y algunos cristianos.

Y no hay nostalgia alguna en lo que narro, porque somos en nuestro presente la resultante de lo que hemos vivido. Y nuestro futuro, lo que queremos para nosotros y nuestros hijos, se nutre del lugar en el mundo que hemos escogido a lo largo de nuestra historia. Un espacio en el cual, los que quedan, como Paco Cáliz, Alfonso Nieto, Diego Haba...siguen estando porque nunca se fueron.

La cosa fue por poco, porque por poco no triunfa el golpe de estado del 23 de febrero de 1981. Pero no triunfó. Los albañiles cordobeses sí. Al menos el año de la huelga.

Por Rafael Morales Ruiz

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