Las guitarras que empezaron a sonar en la Plaza del Potro

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Tras sus 33 años, y a pesar de la coyuntura económica, el Festival de la Guitarra vuelve a dar vida a la ciudad durante sus dos semanas de duración

El guitarrista James Carter Organ y Fito y los Fitipaldis fueron los encargados de echar el telón a la trigésimo tercera edición del Festival de la Guitarra. En esta ocasión, 25 conciertos, 14 cursos, dos clases magistrales, presentaciones de libros y exposiciones han rendido pleitesía a la guitarra. Ha llovido mucho desde que, en 1981, Paco Peña y unos cuantos amigos locales y visitantes dieran origen a este evento, que inicialmente se desarrolló en la Plaza del Potro.

Desde sus inicios, Peña quiso que este Festival estuviese formado por una parte conciertística pero, también, por otra parte formativa. Dejó ver, de esta manera, su apuesta por los talentos que iban naciendo y la necesidad de formarlos en la guitarra y el flamenco. Así, fue en 1983 cuando se introdujeron las primeras conferencias en las que los guitarristas mostraban a sus alumnos sus conocimientos de la guitarra y de todo lo que le rodeaba

Hasta 1987, el Festival estuvo sufragado por el Centro Flamenco Paco Peña. Sin embargo, su fundador hizo saber que si este evento no recibía el apoyo institucional necesario, desaparecería. Y es que, aunque aumentaron los alumnos en los distintos cursos formativos, se llegó a suspender un espectáculo en el Gran Teatro. El Festival pendía de un hilo. Pese a los malos augurios, esta situación consiguió solventarse ya que el Ayuntamiento, en 1988, asumió su organización junto con el Centro Flamenco.

Un año después, en 1989, el Festival puso todo su interés en la guitarra iberoamericana y contó con la presencia del cantautor y guitarrista cubano Silvio Rodríguez. Esta edición refuerza aún más la apuesta por el Festival al duplicar el presupuesto destinado a él.

Fue en 1990 cuando Córdoba percibió un gran cambio en su Festival: se abrió a otros grupos y a otros géneros musicales. Si antes el flamenco y Manolo Sanlúcar, Sabicas, Paco de Lucía o Narciso Yepes, entre otros, fueron los protagonistas de los conciertos, esta edición marcó el sendero hacia otros horizontes, aunque acompañado del camino que se había recorrido. Llego el guitarrista clásico John Williams y el blues de la mano de B. B. King. La irrupción del rock en el Festival vino protagonizada por Los Ronaldos y Radio Futura. Además, y por vez primera, se creó un concurso de composición para guitarra y una beca de investigación sobre temas relacionados con la guitarra.

Aunque el Festival fue sobreviviendo esencialmente con la ayuda pública, en 1993, las empresas privadas apostaron por este evento que estaba generando, y sin ser uno de sus objetivos primitivos, una gran proyección internacional. Este hecho lo refleja el Festival de 1994 cuando, 54 de los 96 participantes en el II Certamen Internacional de Fotografía del Festival procedieron de 23 países diferentes. Fue el primer Festival que se hizo con un motivo más allá de la difusión del flamenco y la guitarra: la lucha contra la xenofobia.

Tras continuos cambios de su nombre, tras su mayoría de edad, se constituía el oficial Festival de la Guitarra. A pesar de las continuas variaciones que este evento ha ido sufriendo a lo largo de los años, es de justicia afirmar lo que ha supuesto para Córdoba: su localización en un mapa; el incremento de alumnos y artistas extranjeros así lo confirman.

El Festival de la Guitarra debe permanecer eternamente. Tiene la obligación de rendirle culto al instrumento que le vio nacer, pero también adaptándose a lo que los avances requieran. El progresivo aumento de cursos responde a la idea de que la guitarra flamenca es tradición, presente y futuro; así lo quiso Paco Peña cuando creó el mayor acontecimiento que a este instrumento se ofrece. No obstante, y dejando a un lado todo el valro artístico que supone esta cita, es, también, una gran fuente de ingresos de la que Córdoba no puede desprenderse. Así, si de nuevo el Festival sobrevivió a esta dura crisis económica, quiere decir que la música está viva. Eso sí, siempre y cuando haya quien enseñe y quien escuche unos toques de guitarra y unas letras que hagan sentir y despertar al público de su ensimismamiento.

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