Diario del Confinamiento. Cita previa

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Previamente citado he acudido a la sede en Córdoba de la Tesorería General del Estado o la Agencia Tributaria o Hacienda o la Seguridad Social y Migraciones o lo que sea que ahora ocupa la sede de lo que fue el Banco de España en el bulevar del Gran Capitán. Un edificio muy bonito.

Como verán, no me llevo bien con la burocracia, sus sedes y, más aún, con sus sedes electrónicas o sus teléfonos que te dejan siempre en una espera de dos minutos (en una concepción muy relativa del ya relativo tiempo).

Quería formalizar mi declaración de renta. Una cita previa es una redundancia porque vas al encuentro de algo que ha sido pactado. No es casual, no hay un flechazo. Supongo que es como usar Tinder o lo que sea. Pero no se ama así –y menos a algo tan intangible como el Estado-. Pero yo tenía una cita.

Me sale a pagar. Soy un tieso. Ésa es la conclusión. Si durante el ejercicio de la cosa has tenido más de un pagador –todos cutres-, tú eres un ultracutre y pagas. Si sólo te paga uno, bastante, y haces cierta ingeniería financiera, el Estado te devuelve pasta. Fascinante.

Ríete tú de la idea de la progresividad fiscal. Odio ahora a mis malos profesores de matemáticas que me hicieron que de ellas ahora no me entere de nada. Abomino también de los buenos profes que me hicieron estudiar letras y hacerme yacer con las musarañas para flipar con lo intangible y que me atropelle lo tangible.

Y acordarme de Mariano José de Larra y de su “Vuelva usted mañana”, porque, para más inri se me ha olvidado un documento y debo volver a pedir otra cita. Previa, por supuesto, porque no será un encuentro casual ni un flechazo.

Un coñazo en toda regla. Me queda, tal vez, el consuelo de que habrá algo mío en una nueva rotonda, en la ropa de cama de un hospital, en el nuevo ratón inalámbrico del ordenador del mismo funcionario que me atendió, en un tetrabrik de leche para la familia que más lo necesita.

Por cierto, el guardia de seguridad que estaba en la puerta de la Agencia Tributaria y controlaba el acceso llevaba una mascarilla negra con la bandera de España. Y era calvo. Pero esto no creo que sea relevante.

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