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El comedor de Trinitarios da más de 100 menús al día y alerta de la llegada de familias

Entrega de alimentos en el comedor Prolibertas tras sustituir el comedor por el coronavirus | MADERO CUBERO

Alejandra Luque

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La realidad que está viviendo un sector de la población en Córdoba debido al estado de alarma sólo es constatable cuando se palpa sobre el terreno. Por segundo día consecutivo, un centenar de personas hace cola en el patio de la Casa Libertad para recibir lo que tanto ansía: un plato caliente y otros víveres para subsistir durante todo un día. Dos mujeres cocinan desde temprano en el comedor social de Trinitario, de la Fundación Prolibertas, todo lo que más tarde se repartirá a quienes la crisis por el coronavirus les hace todavía más dura su supervivencia.

En la larga cola hay personas conocidas que llevan mucho tiempo en la calle. Otras no tanto. Buena parte de ellas miran al horizonte aguantando otro chaparrón que ya les cae encima. Los ánimos están caldeados y muestran sus quejas ante las identificaciones que, aseguran, lleva haciendo la Policía Local desde que se decretó el estado de alarma. “Hay mucha gente que no tiene a dónde ir porque la calle es su casa”, responde el director del comedor, David Pino, que afirma que la situación es más complicada de lo que se pensaba ya que, además, están acudiendo familias a recoger comida y alimentos, un sector de la población que no hacía antes uso de este servicio.

De entrada, el número de personas que se dan cita en la Casa Libertad desde el pasado lunes es muy superior comparado con quienes iban al comedor. Si a ello le sumamos la asistencia de familias debido al cese de otros comedores, los recursos van a empezar a escasear. La Fundación Prolibertas trabaja con una previsión que puede verse alterada no solamente por esta alta demanda sino porque, también, “había proveedores que nos servían productos y ahora no, al igual que las donaciones que recibíamos a diario”, comenta Pino. El lunes atendieron a 114 personas y la cifra del pasado martes ha sido similar.

Uno a uno, previa identificación, van pasando los usuarios mientras que trabajadores de la Fundación Prolibertas les van proveyendo de productos: un tupper de macarrones con tomate, un bocadillo, plátanos y un cartón de leche. Para las personas musulmanas, como viene siendo costumbre, el comedor elabora el mismo plato aunque sustituyendo el cerdo por pollo y verduras y un bocadillo relleno de pavo. El delegado local de la fundación, Eduardo García, pone orden a quien pide incansablemente papel higiénico y vigila que todas las bolsas esté completas, cubiertos y servilletas incluidos.

Cuesta arrancar palabras a toda esta gente a la que lo que menos le interesa es ofrecer su testimonio a un medio de comunicación. Sólo busca sobrevivir y su única preocupación es mantener la cola, que nadie se anteponga y llegar a aquella mesa blanca en la que un trabajador le tranquiliza diciéndole que todavía hay comida. Una balsa de salvación en medio de un mar. Hay quien, tímidamente, transmite el temor ante las identificaciones, como Manuel, que tiene un techo donde dormir pero a quien la Policía, cuando le ve en la calle con las bolsas, le recuerda que tiene que estar en su casa. “Eso lo sé yo pero, ¿qué hago? Tengo que salir a que me den de comer y por eso salgo”. Otro usuario relata que un agente de la autoridad le ha pedido que lleve mascarilla y guantes. “¿Cómo voy a hacer eso si no tengo y tampoco dispongo de dinero para comprar?, pregunta incrédulo.

Isabel es menuda y va cargada con tres grandes bolsas. Madre de familia, con cinco hijos y embarazada del sexto, es la primera vez que acude a la Fundación Prolibertas. Tanto su pareja como ella son trabajadores del campo y a la huelga de los agricultores se ha sumado, ahora, la crisis por el coronavirus. “Los pocos recursos que teníamos se nos han acabado. Lo poquito que habíamos adelantado.... para nada”. Los menores tienen entre cinco y 16 años y están al tanto de la situación, algo que anima a esta madre, que tiene a su lado a unos niños “muy bondadosos”. “Ahora embarazada de dos meses... yo ya no sé ni de dónde voy a sacar nada. Estoy desesperada y sin saber qué va a ser de nosotros”. Coge camino hacia su casa escuchando música que le lleva a evadirse de una situación que ha pillado por sorpresa a todos.

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