Ruido

Live in the Living en Madrid, Barcelona, Valencia y Santiago de Compostela. Cultura a Casa en Palma de Mallorca. En Valencia, Pon un cantautor en tu salón. Las ideas del colectivo Elefante Rosa, entre Granada y Valladolid y las islas Canarias; una de ellas se llama Tupper Poetry. En Málaga, dos opciones: los Conciertos Mínimos de Almma o las actividades diversas de Villa Patata Factory. Live the Roof también en Málaga, y en Sevilla; y en Sevilla, por ejemplo, Entretejas o su versión en espacios privados, Redetejas.

Y en Córdoba los veteranos Luneados, y Corto Circuito, que acaba de cumplir un año. Y en Córdoba también, ayer sábado por la noche, Redetejas: un proyecto sin ánimo de lucro para impulsar una red ciudadana de microespacios culturales en azoteas privadas, generando una forma libre y nueva, cercanísima, de entender la cultura. La idea la impulsan los sevillanos La Matraka, y en Córdoba la organizamos desde La Bella Varsovia.

Varios factores unen todas estas iniciativas: la difusión de la cultura como objetivo principal y casi único —la mayoría no buscan nada más que remunerar al artista participante y cubrir gastos de fotocopias o comida— y su celebración en entornos íntimos, privados, lejos del salón de actos o el auditorio. El comedor de tu casa, el piso vacío de tu abuela o la terraza de tu comunidad sirven para albergar un concierto, una pieza de microteatro e incluso una exposición de fotografía. Tú abres tu espacio a los desconocidos. En resumen: compartes. La experiencia, disculpen el tópico, es mágica.

Me perdonarán también este artículo. En este artículo hablo de mí y de un encuentro de cuya gestión formo parte y les cuento lo que me ha ocurrido. En este artículo no hay literatura: lo escribo con urgencia y por necesidad. Quizá me equivoque en muchos aspectos: olvidaré iniciativas, erraré seguro en el enfoque, algunos comentaristas me llamarán insatisfecha. Va allá.

Ayer por la noche varios cordobeses permitieron que casi ochenta desconocidos se sentaran en su terraza a escuchar a músicos de aquí. En la terraza de Mamen tocó Sergio Rodríguez; en la de Jose se escuchó a Sara Banda; la de La Bella Varsovia la ocuparon Up to the Blazz. En la primera, en la de Mamen, con Sergio Rodríguez, yo pasé toda la noche actuando como enlace entre la anfitriona y los asistentes. Reímos y aplaudimos y brindarnos y, sin conocernos los unos a los otros, nos sonreíamos, no sé por qué, o sí sé por qué. Sergio volaba más alto pase tras pase, y su fuerza y sus ganas luchaban por sonar más alto que el ruido de la terraza del bar de abajo.

En otra de las azoteas, me decían los amigos que asistían como público, contaban con la compañía a distancia de otra fiesta, a su vez, en la primera terraza de la manzana de al lado, mucho menos civilizada y de cuyas circunstancias —y de cuyo final— supimos unas horas más tarde. En la azotea de La Bella Varsovia el concierto, tres pases de no más de treinta minutos que habían comenzado a las nueve de la noche, terminó a las once y media. Pocos minutos después, siempre mucho antes de las doce de la noche, mientras los músicos recogían y los asistentes charlaban, despidiéndose, sonó el portero automático. La policía municipal se sumaba a Redetejas.

Habían recibido una llamada denunciando —sin nombre, sin documento de identidad, pese a que sí que lo exigían a Alejandra, mi compañera de fatigas y responsable de la terraza durante la noche de ayer, que afrontó como pudo la situación— el ruido. No una llamada de un vecino del bloque de al lado, no una llamada de un vecino de nuestro mismo bloque, todos sin problemas, sino la de un vecino de la acera de enfrente, con más de treinta metros de distancia entre su ventana y nuestra terraza. Un vecino que habría escuchado poco o nada —poco o nada y en un horario discreto; como les digo, ochenta personas participaron en la actividad entre los tres pases, y pueden asegurarlo—, pero que distinguió —imagino— figuras en una terraza, e instrumentos musicales, y se preguntó de qué se trataba, y a saber qué se respondió, y llamó a la policía.

Algunos temen aquello que no conocen.

Tres patrullas, tres, por un concierto en nuestra terraza. Me ahorraré los detalles. Alejandra soportó actitudes chulescas, insistencias todólogas en que «presentásemos el proyecto al ayuntamiento en vez de hacerlo en la azotea» —única nota de humor, negro, eso sí, presente en este artículo: presentar, ay, el proyecto, ay, al ayuntamiento— y un mal sabor de boca para una noche que merecía otro final acorde a lo vivido.

Vivimos en una ciudad en la que en esa misma noche del sábado al domingo, a las dos menos algo de la madrugada, un albañil puede estar haciendo obra en un local del mismo centro —en el de al lado de nuestro portal, se me ocurre—, utilizando una radial y una pistola de clavos y amenizando su labor con un disco de techno a todo volumen, y un coche de la policía se detiene ante él —esas mismas tres patrullas necesarias para frenar un concierto de pequeño formato— y nada sucede. Aquí no existe el ruido.

Vivimos en una ciudad en la que pocos minutos después, a unos metros, en la calle Cruz Conde, cuatro chicos de menos de veinte años pegan varios puñetazos a un chico y a una chica adolescentes —cuatro de los chicos de la fiesta a la que los participantes en Redetejas asistieron, en cierto modo, durante el concierto en una de las terrazas; cuatro de los chicos de la fiesta de enfrente— y la policía tarda más en llegar allí de lo que tarda en presentarse —enhorabuena por su celeridad— en nuestra terraza. Esto lo cuento porque lo viví en primera persona: porque unos amigos llamaron a la policía para que actuase. Pese a que había un coche en el Bulevar, tardaron más de cinco minutos en presentarse: los suficientes para que los cuatro chicos de la fiesta huyeran sin dejar rastro. Insistimos en que les reconocíamos de la fiesta de la terraza, e indicamos el portal, pero allí sí que no llamaron ni una ni dos ni tres patrullas, a diferencia de lo que habíamos vivido varias horas antes. Aquí tampoco existe el ruido.

Sin embargo, un vecino puede denunciar nuestra actividad cultural en nuestro espacio privado, el gesto —llamaron a nuestra terraza, pero la denuncia podría haber afectado a cualquiera de los otros dos anfitriones, con vecinos más comprensivos— de abrir una terraza a desconocidos para que disfruten con comodidad de una experiencia cada vez menos frecuente; un vecino puede denunciar un concierto que no molesta a vecinos mucho más cercanos, los del bloque de al lado, los de pared con pared, y criminalizar algo que en Madrid y Barcelona y Valencia y Santiago de Compostela y Palma de Mallorca y Granada y Valladolid y Canarias y Málaga y Sevilla —y en muchas otras que no menciono por espacio o descuido— ocurre desde hace años y se tolera y se celebra, pero que aquí en Córdoba el vecino no piensa pasar, y oye, es que si él llama nos toca venir, y subir, claro, y exigir, y comprobar que no ocurre nada y aun así, aunque no ocurre nada, insistir y humillar. Se nos llena la boca hablando de la importancia de la cultura en Córdoba, sí: se nos llena la boca de humo.

No tengo conclusiones. Escribo nada más. Escribo con urgencia y por necesidad y con rabia. Sin entender demasiado y queriendo, de verdad, comprender, a ver si alguien me lo explica.

Me gusta vivir en Córdoba. Me gusta mucho —y me sorprende verbalizar esto, porque nunca pensé que lo creería— vivir en Córdoba. Regresé dos años atrás, convencida de mi decisión, entusiasmada con la idea de trabajar aquí; y aquí me mantengo, pese a que todo —todo— mi trabajo lo desarrollo fuera. Pero creo que Córdoba está repleta de gente con talento que no se cree que puede conseguirlo, y yo creo que sí, que es posible: que esa gente lo consiga, y que esa gente crea que puede conseguirlo. Quiero estar aquí para verlo.

En ocasiones como esta me planteo para qué aferrarse a una ciudad que desprecia de forma tan ignorante aquello que nos hace mejores: la cultura, hoy un concierto, mañana no sé, mañana igual una acción en la calle, pasado mañana a saber. Amo a la Córdoba generosa que representan los anfitriones de las terrazas, los artistas, los asistentes a los conciertos de anoche, por ejemplo; pero odio a la Córdoba de ese vecino aburrido y egoísta, que no apagó la luz de su balcón hasta que no comprobó que todos nos habíamos marchado de la azotea, sin rastro de vida, con la respiración tranquila, no sé si la conciencia. Odio a esa Córdoba. Y esa Córdoba hace tanto ruido...

Alguien se referirá a la convivencia de estas dos versiones de Córdoba, y no. De verdad: no. Anoche nos demostraron que una pesa más que otra.

Ya me dirán cómo les suena.

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21 de julio de 2013 - 08:00 h
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