Dinero

El ruidito que anuncia la recepción de un mensaje en el móvil y el hormigueo —sí, el hormigueo— al contestarlo. El sabor de una ración de salmorejo que calca, proustiana, el sabor mismo de aquel de tu infancia y de tu abuela. El estremecimiento al recuperar un poema no que habías olvidado, sí que llevabas tiempo sin releer, y el estremecimiento, también, otra vez, al disfrutar en el punto —en el verso, en la imagen— en el que disfrutaste tiempo atrás.

Una, en mood cursi, sin pretender competir con Benedetti o Galeano, faltaría.

Que «no todo es el dinero» lo aseguró el sabio, muy zen, quizá mientras barajaba estos ejemplos etéreos. No todo es el dinero, y sin embargo el teléfono móvil y la tarifa plana con los que se envían y reciben esos mensajes cuestan dinero, y cuestan dinero el tomate y el pan y los demás avíos con los que se prepara el salmorejo, y la luz de la batidora o de la Thermomix —y la propia batidora y la propia Thermomix—, a no ser que te transformes en una madre entregadísima y te remontes a décadas atrás y tú lo majes todo con la fuerza de tu amor gastrónomo. Lo del poema resulta más sencillo: lo puedes buscar en la red, y pagar el ordenador y la conexión, o haber comprado el libro, o acercarte a la biblioteca, gratis con tus impuestos.

La sociedad, en mood capitalista, y entrega nada a cambio de nada.

Las experiencias inmateriales, en mood material, y casi nunca pueden disfrutarse con los bolsillos vacíos.

Que no todo es el dinero lo saben también los dueños de alojamientos en Córdoba: los mismos que solicitaban la ayuda de los voluntarios que trabajan sin cobrar por ayudar a que Córdoba prospere o por ocupar su tiempo libre o por anotar una línea más de voluntariado en su currículo, y que tampoco —los hoteleros, digo— han anunciado su contribución material a la fiesta inmaterial, por mucho que la misma les permita hacer su agosto en mayo. Para el fin de semana próximo, una noche en un hotel de dos estrellas en el centro ronda los 170 o 150 euros, triplicando con holgura su precio habitual; la opción más asequible para algunos de cuatro estrellas supera, con mucho, los 300 euros. Y así.

Los empresarios, en mood aquíelquenocorrevuelista, por si las pernoctaciones flaquean en los próximos puentes.

Los patiólogos que surgen bajo las macetas a la primera pisada del primer turista ante el primer voluntario con el primer lector de códigos recién cargado evaluarán, ya se encuentran en ello, ya me los imagino yo durmiendo agarrados a sus cifras de calcetines con sandalias y a sus letras de cascada de flores y mecedora a la sombra, considerarán si la primera edición Después del Reconocimiento ha supuesto el comienzo de una nueva etapa para los Patios o el fin de la que todos conocíamos, de aquella que significa tradición y recogimiento y Casa Abierta y que en la reunión de París llamó la atención de los representantes de Turquía o Vanuatu, si los hubiera.

Yo me lo puedo imaginar, aunque se nos han adelantado: otra visionaria rogó en diciembre, en la previa a la decisión de la UNESCO, que no nos cargásemos «la gallina de los huevos de oro».

Y aquí los dueños de los patios, en mood resignado silencio cordobés, cuidando y contemplando a la vez cómo aquí todos se enriquecen a su costa.

Pero no todo es el dinero.

Qué va.

Anda.

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12 de mayo de 2013 - 08:00 h
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