Los coreutas

Para que brote la comunicación entre dos personas, o entre dos grupos de personas —si hablamos en términos de masa—, precisamos de tres elementos que se nos explican en primero de Wikipedia: un emisor, un mensaje y un receptor. Esta información aparecía también en nuestro libro de texto de Lengua y Literatura, el que maridaba unos versos de Bécquer y una rosa con espinas, por lo que hemos gozado de tiempo suficiente para procesarla. Ha ayudado la experiencia, ojo, que es un grado.

El conocimiento de unos y el conocimiento de otros fluye para acá y para allá por el motivo exacto por el que dos se pelean —o se desean—: si los dos quieren. Sin embargo, algo falla cuando los intereses de esos unos o de esos otros con respecto a la comunicación de marras no están tan claros. Por ejemplo, esta semana: los trabajadores de Sadeco cortan la calle Capitulares, protestan, el alcalde confiesa no entender sus motivos y termina reivindicando que «los 50.000 parados de Córdoba se merecen que alguien de los que fomentaron, impulsaron, convocaron o movieron en la sombra les explique a qué se debe la manifestación y qué están reclamando».

Es decir: los trabajadores de Sadeco emiten un mensaje destinado a unos receptores, el alcalde y el consejo de administración, supongo, que no lo comprenden. Este mensaje significa «no nos privaticéis» o «estamos en peligro porque van a vendernos» u «olemos los recortes». Y uno de esos receptores, en lugar de transformarse en emisor y lanzar la clara respuesta de que vengan y se lo cuenten, introduce un cuarto elemento en el guirigay: los trabajadores de Sadeco se convierten en un falso receptor, por así decirlo, porque quienes realmente deben escuchar al alcalde son Los Parados de Córdoba, a quienes se brinda un mensaje del tipo «mirad estos, que tienen trabajo y encima me montan manifestaciones».

He imaginado a Los Parados de Córdoba, 50.000 según las últimas estadísticas y el redondeo capitular, a la manera del coro en la tragedia griega: presentes incluso en el silencio, guiándonos en esta situación que se nos escapa conforme más leemos —¿quién tiene la razón?, ¿los unos, los otros, los dos, los ningunos?—, representando al pueblo porque, como pueblo, ellos deben recibir las excusas y calibrar los argumentos de quienes protestan. ¿Poseen justificación los miedos de los trabajadores de Sadeco? ¿Hay una base para que corten una calle mientras Los Parados de Córdoba cuentan sus monedas en el supermercado?

El que ese «alguien (…) en la sombra» dé un paso al frente ya implica oscuridad y ya implica que algo poco limpio hay. Pero, sobre todo, remite a opiniones perversas como «no te quejes, que por lo menos tienes trabajo» (sinónimo: «aguanta tus condiciones insostenibles, porque la otra opción es irte al paro») o su equivalente «anda que quejarte, con la cantidad de gente que está en paro» (sinónimo, también: «si tú no quieres hacerlo, otro sí lo hará») y suscita un conflicto inexistente entre Quienes Tienen Trabajo y Quienes No Tienen Trabajo; demoniza a unos ciudadanos, los expone ante otros —a quienes dota de una autoridad moral superior a la de quien toma una pancarta— y utiliza, no sé si hasta la manipulación, a un colectivo frágil y desesperado.

Alguien muestra un mensaje para alguien. Escribes un mensaje de correo electrónico o de móvil, llamas por teléfono, te plantas frente al ayuntamiento a gritarlo. Alguien lo escucha. A ese alguien no le gusta, o en serio le parece exagerado, o inexacto, y ha aprendido de Esquilo y de Sófocles y recurre a los coreutas, pero los coreutas no están para bromas ni juegos, ni para que se tire de ellos como de las madres a la salida del colegio, oye que este me ha pegado, y además uno es el alcalde y debe mantener una imagen, aunque solo sea por las apariencias.

En resumen: que todo esto está muy feo.

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21 de abril de 2013 - 08:00 h