Carnaval

A mí me parece que está Cádiz, que está Río de Janeiro, que está Venecia. Recurro al orden alfabético. A mí me parece que está Córdoba también. Hablo de carnaval y de disfraces. Hablo sobre las máscaras.

Está la provincia que rozaba en noviembre los 100.00 parados y que en estos momentos, si no lo remedian la apertura masiva de bares en cada Vuelta de la Esquina que emplean al alquilante y a su esposa y/o a su hijo/a y que encadenan desayunos y aperitivos con tapa y perol o migas los fines de semana y cafés por la tarde y tristeza por la noche y habrá que afinar la carta, si tampoco lo remedian los turistas que reservan una noche aquí desde el ordenador de su frío dormitorio en Lenzkirch (República Federal de Alemania del Sur, en el corazón de la Schwarzwald), por ejemplo, y pagan al taxista desde la estación y dejan propina en la taberna y compran una simpática gitanilla para el salón de su casa de muros de piedra dura o de madera —Google me confirma que esto último— e incluso con sus euros y su candidez de viajeros deseados alimentan la siempre activa industria de la venta de romero, en estos momentos, digo, justos, mientras quizá el ordenador le recuerde que es domingo y usted desayune o piense en las uvas de mañana, o puede que sea lunes y ya piense en las uvas de la noche, o quizá martes, y piense en la veloz dictadura del tiempo con sus uvas ya próximas de 2013, oh, mientras, eh, la provincia de Córdoba se zambulle en la cifra de 100.000 parados.

Pero están también las calles y su bullir de gente. Están las terrazas y están sus estufas de terraza y están los grupos de amigos que brindan resguardados por el plástico. Está una que en todo el otoño no se ha comprado ni un triste pantalón vaquero, y que leyó el otro día que han adelantado las rebajas pero que calcula el número exacto de cervezas de las que le privará esos zapatos de la tienda de al lado de su casa. Está uno al que el paro se le acaba no este mes sino el siguiente y que lo piensa entre trago y trago y que se promete espaciar el gesto de acercar su mano al vaso y acercarse el vaso a los labios y beber, por tanto, y en todo el rato con los amigos beberse dos tubos en lugar de cuatro, para regresar a su sofá con la conciencia tranquila. Está el amigo con sueldo fijo y sin paga extra que al final de la reunión se levanta para ir al baño y en el trayecto piensa en la amiga en el paro y en el amigo en el paro y en el otro que casi y en la otra que por el estilo y piensa en invitar a todas las rondas de hoy aprovechando la cercanía de la barra, pero calcula los refrescos y las cervezas y las patatas fritas y calcula a qué le tocará renunciar, si a las copas de la noche o al regalo del sobrino, y entre las sumas y las restas ha vuelto a sentarse con el grupo.

Está en el salón-comedor de la familia que transforma su cena en un ritual y cada noche, con insistencia, afila el cuchillo contra la barra de embutido de oferta del supermercado del barrio. Se llama chóped o se llama mortadela. Se le llama comercio de proximidad. Está rico, también, el arroz blanco con salsa de tomate. Los espaguetis con salsa de tomate. Los macarrones con salsa de tomate. Los tallarines, por extravagantes, se reservan para cuando el hastío visual. Una lata de atún se reserva para aliñar en las grandes ocasiones. La pechuga de pollo. La verdura, según qué fruta. La madre no se entrenó para el malabarismo, pero en las plantas de los pies ya se le marca la cuerda floja de todas las mañanas. Y está la misma familia, o sus representantes ante las administraciones, y están por tanto el padre y la madre en la terraza del bar de la avenida con los otros padres y las otras madres junto a los que antes correteaban niños con aficiones de niños y adolescentes con ganas de subirse al piso y conectar el ordenador, y que hoy deslizan dos euros en la mano del joven que no estudia y no trabaja para que los gaste con sus amigos en la terraza de al lado. Pero está el silencio, también, porque el padre y la madre esto no lo confiesan a los otros integrantes de la manada: el hijo o la hija, invariablemente, están tan bien como están ellos mismos, y luego no se habla más, o sí, se habla del fútbol y de los políticos y de la vecina que nunca baja porque será que está mal de dinero, que han oído que no paga la hipoteca, y otro tema, y el silencio a lo mejor.

Están los bares y está la calle. Ocurra lo que ocurra. Está la crisis y están los bares y las calles, ambos llenos en esta época de crisis. No tenemos dinero, no gastamos, y sin embargo te asomas a un restaurante y cuesta encontrar mesa, caminas por el centro y te chocas con familias enteras que admiran las luces y golpean con las bolsas llenas, y te preguntas cuántas noches normales, de entre el lunes y el jueves, de entre enero y noviembre, ruge el estómago para pagar estos días, o cuántos no saldrán de casa con la bolsa en el bolso y montarán el teatrillo del consumidor agobiado por el peso de las compras navideñas al esperar el autobús.

A mí me parece que está Cádiz, que está Río de Janeiro, que está Venecia. Recurro al orden alfabético. A mí me parece que está Córdoba también. Hablo de carnaval y de disfraces. Hablo sobre las máscaras. Está también la dignidad del pobre: el derecho a no parecerlo pese a serlo. Con eso nos conformamos.

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30 de diciembre de 2012 - 07:00 h