Esto no va de fútbol

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En 1958 nació en Madrid un chaval al que le dio por dedicarse al fútbol. Tenía cualidades y mira por dónde, tendría un papel bastante importante en el recuerdo colectivo nacional. Resulta que este chico despuntaba y un tal Miguel Muñoz lo llamo para que jugara con la selección nacional. No se le daba mal y era titular.

Pues nada, que llega un día que hay que jugar un partido importantísimo y que había que ganar: ¡por once goles nada menos!, decíamos los niños en el barrio.

Estaba llegando la navidad de 1983 y hacía unos meses había nacido mi hermano, aunque esa es otra historia. La cuestión es que el rival no era muy potente, pero vaya, esos goles ni en las pachangas de la calle.

El caso es que esa noche todo el país estaba ante el televisor, o al menos eso me parecía a mí en aquel momento. Yo ni siquiera estaba muy pendiente del partido, o casi nada, hasta que empezó el coro de gritos a ritmo de goles.

1, vaya, gol de los otros, ahora hay que meter doce por lo menos… 2, 3,…

Cada gol resonaba en la escalera y llegaba de vuelta por las ventanas a modo de eco por todo el vecindario.

También estaban Santillana, Rincón, Maceda, … y así hasta once tíos en pantalón corto que yo conocía por las estampas de los álbumes de la Liga, esos que con suerte, y algunos con malas artes, los chavales del barrio conseguíamos completar. Pero esa también es otra historia, así que sigo con esta.

Madre mía, seguían los gritos.

4, 5, 6, 7,…

Cada vez más fuertes, cada vez más largos e intensos. Como si los goles fueran avisando de lo que iba a pasar. Como si repartieran ilusión por todas partes.

¿Cómo no estar atento ya a eso que estaba pasando?

Era de noche, pero las puertas de mi casa y la de mi vecino estaban abiertas, y el partido se veía allí también, (¿cómo no se iba a estar viendo?) así que allí que me fui.

8, 9, 10,...

Eso ya era una especie de trastorno colectivo, que yo no alcanzaba a entender del todo, porque todavía no era un forofo de nada. El caso es que flipábamos con locura, porque en aquella época ya se usaba lo de flipar, ah, y guay también, y aquello era tope guay.

Menuda locura, pienso ahora.

11,...

El estado de nervios que había ya era absoluto. Nervios, esperanza y más nervios. Niños y niñas, hombres, mujeres, perros, gatos y hasta el helecho del rellano de la escalera. Todos estaban alterados.

En fin, a lo que vamos, que esto no va de fútbol.

¿Os acordáis del futbolista del principio de la historia?

Pues ahora viene su momento.

Resulta que aquel chaval de Madrid, que se llamaba Juan, pero que el comentarista de la tele nombraba como Señor, faltando poco más de cinco minutos para el final, coge un balón rechazado en la frontal del área, y chuta con su pierna y la fuerza de un país entero, marcando un gol que hace que España logre lo inimaginable y se clasifique para la Eurocopa.

El caso es que cuando el balón iba por el aire, mi padre ya estaba levantándose y gritando gol tan fuerte que parecía que iba a reventar la cristalería del ajuar de mi vecina.

Saltaba y gritaba y se reía y saltaba y se sentaba y volvía a gritar. Y así no sé cuánto rato estuvo.

Se me pone la piel de gallina cada vez que lo veo y oigo la narración del comentarista. (Gracias YouTube por estar ahí.)

Y no sólo por eso me emociono:

En mi vida había visto a mi padre así de contento. Eso sí que fue un golazo.

Gracias, Señor.

Y es que esto no iba de fútbol...

Esto va de empatía. De gente contenta que hace estar contenta a los demás. ¿Acaso algo importa más?

Lo mejor es que a mi padre no le gusta el fútbol.

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Publicado el
27 de abril de 2016 - 22:20 h