Blanco

Fue una noche en la barra del Martin´s, el bar de Georgetown donde Kennedy le pidió matrimonio a Jackie, hace cuatro años, pocos días antes de que Trump ganase las elecciones. Robert Andrews, un tipo de unos 80 años, ex boina verde republicano, le expuso a Gistau el porqué, a su juicio, necesitaban un tipo como Trump en el Despacho Oval: "En el mundo del futuro los Estados Unidos no necesitarán un Nobel de la Paz, sino un tipo a los que los demás crean cuando te diga al teléfono que te va a volar el culo. Necesitamos un hijo de puta y Trump es el mayor de todos".

Es el discurso grosero y resultón que cautivó a una América profunda desafecta con Washington. Todo lo que representaba Hillary. Gente que sentía peligrar "el estilo de vida americano". Un seísmo populista con réplica en todo el mundo. La Casa Blanca ha sido estos años la baliza de una alt right mundial que ha visto en el estilo Bannon la manera ideal de librar la guerra cultural a las causas buenistas. En la otra trinchera, la oposición global que avistó en Trump el ogro retrógrado y derechista contra el que agruparse. Movimientos como el Me Too o Black Lives Matter que se han desarrollado con conducta de brigada. Conmigo o contra mí.

Pero hay otro sentimiento. Lo describe Bret Easton Ellis en Blanco (Random House, 2019): el anti anti-trumpismo. El del ciudadano harto del bombardeo sistemático de causas ajenas a su día a día y obligado a la militancia diaria contra las injusticias mundiales. Ese que se siente incómodo cuando le llaman fascista por no revisitar su código de conducta y adecuarlo a la nueva moral posmoderna. La rapsodia socialdemócrata que extiende el error del individuo a la sociedad entera. Una mirada al pasado que acaba por censurar clásicos como Lo que el viento se llevó y establece requisitos de diversidad racial y de inclusión para poder optar al Oscar. Cortapisas estéticos que refundan las nociones del arte, infectándolo de ideología. El éxito de Moonlight.

Lejos del perfil del votante republicano – Ellis es homosexual y ha sido un polémico progresista – la actitud anti trumpista lo desvinculó todavía más del seno demócrata. Partida en dos y con los consensos destruidos, un tuit era suficiente para pedir explicaciones a las filias de un amigo. Uno y otro han desbaratado un modelo de civilización que cuando se resfría acaba en pandemia para eso que llamaban Occidente. La misma que se ha llevado a Trump por delante.

Con la victoria de Biden ambas trincheras se han quedado huérfanas.

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11 de noviembre de 2020 - 09:01 h
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