Zanetti batió las alas

El simple batir de las alas de una mariposa puede, según la teoría del caos, cambiar el mundo. Saint Ettiene, Francia, 30 de junio de 1998. 22:43 hora local. Argentina pierde 2-1 ante Inglaterra en su eliminatoria de octavos de final del Mundial. Misma hora, dos mil kilómetros al este, Szdlowiec, Polonia. El fiscal Narek Kopazcen mira el encuentro pegado a su televisor, pensando en que ya iba siendo hora de sacar a pasear a su perro -como todas las noches-. El can le mira y ladra, pero Kopazcen le pide paciencia ante lo igualado del resultado. Le manda callar justo cuando Verón toma un balón en el centro del campo y se lo pasa a Claudio López. El Piojo es agarrado al borde del área por el central inglés Ince. Falta señalada por Kim Milton Nielsen. Kopazcen deja las llaves encima de la mesa y se vuelve a sentar. Cuatro en la barrera, es buena distancia y la posición es ideal tanto para un diestro como para un zurdo. Se juntan alrededor de la pelota Batistuta y Verón. Es finalmente éste último quien, sorprendiendo a la defensa inglesa, da un pase perfecto para Zanetti, que se había escondido sibilinamente detrás de la barrera rival y se encontraba libre de marca dentro del área.  El lateral zurdo controla con la derecha y en apenas un segundo, con su pierna buena, coloca la pelota en la escuadra que defendía Seaman. Júbilo en Saint Ettiene. Júbilo en Szdlowiec. Zanetti se abraza a su entrenador Pasarella. El fiscal Narek Kopazcen grita, emocionado por la belleza y la trascendencia del gol. Su perro, aturdido, vuelve a gritar.

Empate. Prórroga. Probablemente, Kopazcen abriría en ese instante otra lata de cerveza. No había prisa por sacar a pasear a su perro. La euforia le había hecho olvidar por un rato su arriesgada profesión. Y tal vez le habría hecho incluso obviar que, como cada noche, después de sacar a su perro debía guardar su vehículo en dependencias policiales para evitar que se lo destrozaran a hachazos.

Porque Narek Kopazcen vivía amedrentado por las mafias locales desde que había empezado a destapar sus delitos. Él y su familia estaban amenazados de muerte.

El fiscal se había vuelto a acomodar en su sofá y saboreaba su Tyskie cuando un estruendo le hizo volver a su mundo. A su realidad. Apenas se llevaban disputados cinco minutos del tiempo añadido y el toyota de Kopazcen había estallado y estaba ardiendo. Los mafiosos habían colocado un potente explosivo con la idea de que su deflagración coincidiera con la habitual hora de paseo del fiscal. En la tele, ajeno de lo que había evitado, Zanetti seguía perseguiendo la pelota a dos mil kilómetros de allí.

Kopazcen le escribió luego una carta a su salvador y se la dio a la leyenda polaca Boniek para que llegara a manos de Zanetti. No se conoce su contenido, pero se puede imaginar. Si Nielsen no hubiera pitado esa falta; si la estrategia de Pasarella no hubiera funcionado; si la zurda de Zanetti no hubiera estado tan acertada o si, simplemente, el fútbol no fuera un espectáculo tan universal... aquella noche hubiera sido la última de un ser humano que le debe la vida a este deporte.

 P.S. Aquí está el gol de Zanetti que le salvó la vida a Kopazcen: http://www.youtube.com/watch?v=i0gkzRLeFTk

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20 de abril de 2014 - 13:15 h
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