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Sobre este blog

Soy ingeniero agrónomo y sociólogo. Me gusta la literatura y la astronomía, y construyo relojes de sol. Disfruto contemplando el cielo nocturno, pero procuro tener siempre los pies en la tierra. He sido investigador del IESA-CSIC hasta mi jubilación. En mi blog, analizaré la sociedad de nuestro tiempo, mediante ensayos y tribunas de opinión. También publicaré relatos de ficción para iluminar aquellos aspectos de la realidad que las ciencias sociales no permiten captar.

John Adams y la democracia americana

John Adams.

Eduardo Moyano

17 de octubre de 2026 20:00 h

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No son pocos los norteamericanos que aún creen que la historia de los EE.UU. está bendecida por la Providencia. Esta dimensión religiosa, que impregna gran parte de la vida americana, la llevan en su cultura desde que los “peregrinos” del Mayflower llegaron el 11 de noviembre de 1620 a Cape Cod y crearon la colonia de Plymouth en la costa de Massachusetts. Pero, sobre todo, desde que los “puritanos” arribaron diez años después a la bahía de Boston algo más al norte.

Por eso, en una época, como la de mediados del s. XIX, aún no liberada de la superstición y todavía en los albores de la ciencia y la razón, muchos ciudadanos de los EE.UU. interpretaron como una señal divina que la muerte de dos de sus más ilustres políticos (Adams y Jefferson) se produjera justo el mismo día (4 de julio de 1826) y justo medio siglo después de la firma de la Declaración de Independencia (1776) en la que ambos fueron importantes protagonistas.

John Adams murió en Quincy (Massachusetts) a los 91 años, y Thomas Jefferson en Monticello (Virginia) a los 83 años. Era, sin duda, la coincidencia de una fecha tan cargada de simbolismo (el 4 de julio), que no es extraño que muchos vieran en ella indicios de tipo religioso.

Adams y Jefferson, amigos y rivales

Adams y Jefferson tuvieron un papel destacado en la redacción de la citada Declaración y los dos la firmaron el 4 de julio de 1776 junto a Franklin y el resto de delegados de las Trece Colonias reunidos en Filadelfia. También participaron en la redacción de la Constitución americana (1787), y ambos serían, además, el segundo (Adams, 1797-1801) y el tercer presidente (Jefferson 1801-1809) de los EE.UU. tras George Washington.

Dada su dilatada vida, ambos políticos fueron también testigos privilegiados de los sucesos que condujeron a la creación de la nueva república americana, una vez que Inglaterra aceptó la independencia por el Tratado de París (1783), en el que Adams tuvo un innegable protagonismo.

Los dos ocuparon, además, altos cargos de responsabilidad en la política de su país antes de acceder a la presidencia (embajadores, vicepresidentes y secretarios de estado), y ambos desempeñaron un destacado papel en la construcción de la estructura institucional americana y el sistema de partidos.

Amigos, pero rivales políticos, Adams y Jefferson encarnaron, asimismo, las dos facciones (federalista y demócrata) que, tras la retirada del presidente Washington en 1797, fracturarían el mapa político de los EE.UU. como precedentes de los futuros partidos “republicano” y “demócrata”.

Federalistas versus demócratas

Ambas facciones proponían dos proyectos diferentes para la nueva república. Los “federalistas” (encarnados en la figura de Adams, pero principalmente en la más combativa de Hamilton) preconizaban un sistema federal en torno a un gobierno centralizado con capacidad para recaudar impuestos, emitir deuda pública, crear una banca nacional, reclutar un ejército, construir una flota y dirigir la política exterior. Eran, además, partidarios de mantenerse al margen de los conflictos europeos para dedicarse a los asuntos de la nueva república, sin inmiscuirse, por tanto, en las guerras entre Inglaterra y la Francia revolucionaria. Apostaban también por tener buenas relaciones con la antigua metrópolis, de la que elogiaban la estabilidad de sus instituciones, desconfiando, sobre todo Adams, de la deriva autoritaria que estaba teniendo la revolución francesa.

Por su parte, los “demócratas” (encarnados en Jefferson y Madison) abogaban por un sistema menos centralizado (confederal) que respetara la autonomía de los diversos estados. Eran también férreos guardianes de los ideales republicanistas (la libertad como no dominación) y de la esencia fundacional de la nueva república (creada en torno a las trece colonias, celosas cada una de ellas de su propia independencia). Por eso, los “demócratas” se oponían a todo lo que pudiera interferir las normas internas de los estados, incluyendo el espinoso tema de la esclavitud a pesar de su relevancia y de la crítica que despertaba en amplios sectores de la sociedad americana. En materia de política exterior, y a diferencia de los “federalistas”, eran fervientes admiradores de la revolución francesa y beligerantes con todo lo británico.

De ese modo, quedaron constituidos los dos grandes pilares del sistema político americano que con sus variantes ha llegado a nuestros días. Las bases de ambos pilares fueron, por tanto, construidas (a veces, a su pesar, como le ocurría a Adams, siempre opuesto al faccionalismo) por aquellos políticos que protagonizaron los primeros años de la república de los EE.UU. (en especial, Jefferson y Hamilton, verdaderos adalides de ambas facciones).

De la vida política y familiar de John Adams, así como de sus relaciones con Jefferson, trata la excelente biografía escrita por el prestigioso historiador David McCullough, dos veces premiado con el Pulitzer y el National Book Award y reconocido con la Medalla Presidencial de la Libertad (la más alta distinción que se le concede a un ciudadano en los Estados Unidos).

De la abogacía a la política

A diferencia de Jefferson, de familia terrateniente esclavista, Adams procedía de una familia modesta, originaria de los primeros colonos, como muchas otras que formaban la sociedad bostoniana de mediados del s. XVIII. Su padre era pequeño granjero y artesano zapatero en el municipio de Braintree, cerca de Boston, y ejercía de diácono en la iglesia puritana local.

A pesar de sus orígenes modestos, John Adams era una persona de amplia cultura y buen conocedor de la literatura griega y del derecho romano, además de gran lector de la Biblia. Ejerció la abogacía, adquiriendo un gran prestigio en los tribunales de Boston por su sagacidad y capacidades oratorias y por su independencia de criterio a la hora de defender a los encausados. Tal era su confianza en el imperio de la ley, que asumió la defensa de los soldados británicos acusados de la llamada “masacre de Boston” del 5 de marzo de 1770, en contra del criterio de sus vecinos y conciudadanos.

Detestaba, además, el uso de la violencia con fines políticos y por eso se opuso a los métodos del grupo activista “hijos de la libertad” creado por sus propios amigos de Boston, como su primo Samuel Adams, John Hancock y el doctor Warren. Ese grupo de activistas organizarían el llamado “motín del té” del 16 de diciembre de 1773.

A pesar de su innata moderación, Adams fue virando a posiciones más radicales al comprobar el desprecio con que la monarquía británica trataba las demandas de los colonos, y sobre todo al ser testigo de la represión emprendida por el ejército inglés durante las batallas de Lexington y Concorde en 1775 y el posterior asedio y ocupación de Boston. Ello le hizo unirse de un modo definitivo al movimiento independentista, aportando su experiencia como hombre de leyes.

Era tal su prestigio, que fue elegido delegado por Massachusetts en el primer congreso de las Trece Colonias celebrado en la ciudad de Filadelfia en los meses de septiembre y octubre de 1774. Allí, John Adams tuvo una destacada participación a la hora de cohesionar a los delegados en torno a un objetivo común, desempeñando un relevante papel en la redacción de la Declaración de Independencia, aunque dejó que fuera Jefferson (por su condición de virginiano) quien escribiera el texto que se sometería a debate y votación.

Asimismo, fue Adams quien propuso el nombramiento del entonces coronel retirado George Washington como general del incipiente ejército americano que tenía que hacer frente al poderoso ejército británico en la guerra desencadenada a raíz de dicha Declaración. Fue también él, Adams, quien se ocupó del abastecimiento de las tropas, en contacto con el ya general Washington.

Finalizada la guerra, Adams fue el encargado de negociar con el gobierno inglés el ya citado Tratado de París (1787) que reconocía la independencia de las antiguas colonias, y sería también el primer embajador de la nueva república ante la antigua metrópolis. Se ocupó, además, de conseguir para la causa americana créditos de los banqueros europeos (sobre todo, holandeses).

Los avatares de la política

De regreso a EE.UU. participaría de modo activo en la redacción de la Constitución de Massachusetts (1784) que sirvió de modelo a la Constitución americana (1787). Sería dos veces vicepresidente con George Washington (1789-1797) (lo que conllevaba asumir la presidencia del Senado), siendo elegido presidente en 1797, con Jefferson en la vicepresidencia.

Durante sus cuatro años de mandato, Adams mantuvo con firmeza la neutralidad de la nueva república en las guerras entre Inglaterra y la Francia revolucionaria, resistiendo la presión de los muchos afrancesados americanos, incluso dentro de las filas federalistas, que querían la implicación directa en el conflicto bélico europeo.

Además, tuvo que hacer frente a los primeros intentos de secesión de algún estado, firmando leyes, como la de Sedición, que afectó a su reputación y a sus convicciones democráticas. Aunque defensor de la paz y de la independencia respecto de otros países, fue también el artífice de poner las bases de una armada capaz de defender los intereses americanos en los océanos.

A diferencia de otros presidentes, no lograría ser reelegido al perder las elecciones de 1800 frente a Jefferson por estrecho margen de votos, una disputa electoral que provocaría la ruptura de su larga amistad. Persona de profundas convicciones religiosas, aunque liberal en materia teológica (como buen unitarista que era), Adams desconfiaba de las grandes ideas sobre la bondad y perfección de los seres humanos, dado el conocimiento que había adquirido en su etapa de abogado sobre la debilidad y miserias de la naturaleza humana.

Fue siempre escéptico sobre el uso del poder, lo que le llevó a proponer la inclusión de contrapesos y equilibrios en los sistemas políticos, siendo por ello tachado de conservador. Ese pragmatismo le llevó a Adams a elogiar la estabilidad del sistema británico y a criticar el caos provocado por la revolución francesa. En coherencia con ello, y en contraposición con Jefferson, abogó siempre por un poder federal fuerte frente a una autonomía de los estados que veía con recelo (siendo éste un elemento clave del partido “federalista” que ayudó a crear, aunque con escaso entusiasmo).

Retiro en Quincy

Retirado de la vida pública en 1801, se dedicó a cuidar de su granja de Peacefield en Quincy (en el condado de Boston) y a una intensa vida familiar con su inseparable Abigail (esposa y principal consejera) no exenta de los sinsabores de la pérdida de dos de sus hijos (Abby y Charles). Además, desarrolló una intensa actividad como columnista en diarios de Boston.

Desde su retiro, observó con preocupación la creciente división de la vida política americana por las disputas entre partidos y dentro de cada partido (como la que se produjo entre su hijo John Quincy y su correligionario Andrew Jackson, ambos candidatos presidenciales en las elecciones de 1824 por el partido “demócrata”). Adams también previó el potencial disruptivo del tema de la esclavitud, que él denostaba no sólo en términos morales, sino también políticos.

Gracias a la mediación de su amigo Benjamin Rush (médico, padre de la psiquiatría americana), Adams y Jefferson (dos polos opuestos de la revolución americana, en palabras del propio Rush) pudieron recomponer su amistad, desarrollando una intensa relación epistolar en sus últimos quince años.

Eran, en efecto, muy diferentes en cuanto a sus posiciones políticas y orígenes familiares y también en su constitución física. Adams era de modesta extracción social, austero en su vida privada y de corta estatura, de apenas 1,70 m.; y Jefferson, de origen aristocrático, hacendado esclavista, pródigo en su vida personal, alto y esbelto, de casi 1,90 m de altura. Pero ambos se reconocían un aprecio mutuo, reflejándose en ellos las muy distintas singularidades que confluían en la revolución americana (norte-sur, burguesía-aristocracia agraria, federalismo-confederalismo).

Como he señalado, el azar quiso que ambos murieran el mismo día 4 de julio de 1826, justo al cumplirse el primer cincuentenario de la firma de la Declaración de Independencia. “¿Vive Jefferson?” parece que fueron las últimas palabras de Adams en el lecho de muerte sin saber que su rival político acababa de morir unas horas antes en su casa de Monticello en Virginia.

Sobre este blog

Soy ingeniero agrónomo y sociólogo. Me gusta la literatura y la astronomía, y construyo relojes de sol. Disfruto contemplando el cielo nocturno, pero procuro tener siempre los pies en la tierra. He sido investigador del IESA-CSIC hasta mi jubilación. En mi blog, analizaré la sociedad de nuestro tiempo, mediante ensayos y tribunas de opinión. También publicaré relatos de ficción para iluminar aquellos aspectos de la realidad que las ciencias sociales no permiten captar.

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