El campo se muere y nadie llora

Olivareros protestando esta semana en Jaén | JORDI VIDAL

En el colegio, no recuerdo en qué curso, me encargaron que hiciera mi árbol genealógico. Creo que pocas veces he disfrutado tanto de un trabajo escolar como aquel. La profesora quería que le preguntásemos a nuestros abuelos por los suyos, y que así trazáramos una línea sobre nuestros orígenes. Mi árbol arrojó pocas sorpresas. En la noche de los tiempos la mayoría de mis ancestros se perdían en el pueblo. Como mucho había alguno de Córdoba capital o de algún pueblo de alrededor. Pero sí que había una línea temporal que me marcaba como una especie de primogénito: era el hijo mayor, del hijo mayor, del hijo mayor, del hijo mayor, del hijo mayor de una estirpe concreta de trabajadores del campo. Mi padre, mi abuelo, mi bisabuelo, mi tatarabuelo con apellido Alba son o habían sido trabajadores del campo, propietarios, arrendatarios o por cuenta ajena.

Yo he sido el primero que de toda la estirpe que ha roto esa cadena. Después de muchísimos años, siglos diría pero me faltan ancestros por investigar, soy el primero que no vive de la tierra. Y tampoco lo hace en el pueblo. Soy, de alguna manera, uno de esos ciudadanos que están provocando la mal llamada España vacía o vaciada.

Ahora, cuando rozo los cuarenta tacos, el mundo rural para mí es la infancia y la adolescencia. Un lugar duro, durísimo, donde todo cuesta muchísimo y donde, al final, el resultado no va a depender exclusivamente de ti. Alrededor, miles de factores. Inundaciones, sequías, incendios, plagas, robos y unos costes insoportables hacen que el campo sea del todo menos previsible y romántico.

Desde una casa rural, desde el tren, desde los documentales o las películas alemanas que ponen en la Primera un sábado por la tarde, el campo es como un cuadro del romanticismo. Y podría serlo. No digo que no. Pero no lo es.

El campo es un lugar hermoso, en el que se aprenden valores, que te reconcilia con la vida y con la tierra, donde comprendes cómo funciona el ciclo vital de las cosas. Donde es importante saber cuándo sale el sol, por dónde, qué viento domina, cuándo puede llover o no, en qué momento hay que sembrar, cultivar, tratar o segar. Qué semilla va a ir mejor esta temporada o de qué manera hay que plantar algo para que funcione. El campo es una ciencia. El agricultor, casi siempre, una persona ilustrada en lo suyo, con una capacidad de improvisación, con una creatividad y con unos recursos que le hacen sobrevivir cuando más negro se pone todo.

Pero en este avanzado siglo XXI en el que todo cambia tan rápido, el campo ha dejado de ser un lugar alimenticio. Para tener un sueldo decente, uno solo, hace falta tener, poseer, mucha tierra. Hace cuarenta años, con diez fanegas vivía una familia. Hoy necesita un cortijo, en el que hace cuarenta años podían llegar a trabajar 30 o 40 personas.

El campo es una especie de lugar centinela en el que los cambios llegan siempre antes. Los agricultores han sido los primeros en sufrir el cambio climático. Desde hace diez años están cambiando la fecha de los cultivos y las cosechas. Hasta están buscando semillas que se adapten a la nueva realidad de calor intenso y lluvias escasas pero muy concentradas. Ahora, también, parece que es el primer lugar en el que ha estallado con todas sus consecuencias el capitalismo salvaje, la globalización extrema y esa mano invisible que dice que regula el mercado. Pero que ha cogido por el pescuezo a los agricultores y ganaderos.

Éste no es un problema local. Es algo global. En Estados Unidos ya estalló la revolución de los red necks. En Francia, el origen de los chalecos amarillos está en el mundo rural. Holanda ya está sufriendo tractoradas un fin de semana tras otro que bloquean sus ciudades.

El campo está estallando. La globalización está aplastando un sistema de vida clave. Sin campo no hay ciudades. Y dudo que exista futuro. Esto es mucho más serio que una disputa política. El campo se muere y nadie llora.

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31 de enero de 2020 - 22:13 h