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Deberías conocer a Jan

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Redacción Cordópolis

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Y a Mónica y Bernardo, sus padres. Jan, a sus seis o siete años, está hecho todo un personaje. Quédate con su nombre, y con su corte de pelo sesentero, y con sus gafas, sobre todo con esas gafas rojas que le dan una personalidad tremenda, arrolladora. Aunque, quizás, ni le haga falta, porque ya la derrocha a base de bien y se encarga de recordártelo a cada golpe de sonrisa que gasta el chaval. Eso es una sonrisa, sí señor, auténtica, de disfrute del bueno.

Ah, por cierto, Jan es Down. Vamos que, en cuanto lo conozcas será lo primero que te salte a la vista, porque los rasgos faciales de un Síndrome de Down ya los conocemos todos y somos así de “observadores”, vaya. El caso es que a los padres de Jan, desde que les dieron unas sospechas fundadas de que su hijo vendría a este mundo con un cromosoma de más, aparte de asustarse –porque, créeme, acojona-, pensó en compartir esa experiencia desde una ventana abierta al mundo y a sus vidas, así, sin paños calientes, salga bien o salga mal, eso ya se vería.

Comenzó con un blog. Por experiencia propia te diré que, como terapia, eso de escribir un diario donde descargar tus risas, lágrimas, logros y fracasos es, sencillamente, magnífica. Bernardo y Mónica tenían un cuaderno de bitácora donde apuntar cada pequeño matiz de la vida de su hijo, con el fin de poder hacer memoria cuando el tiempo se lo impida y darse cuenta, objetivamente, de la evolución de su hijo.

Como padre y lector, ese blog es hermoso, sin duda. Quizás no soy todo lo imparcial que quisiera porque me he visto en una parecida, pero el caso es que, si eres padre, muy de acero tienes que ser para no emocionarte de dejar caer alguna que otra lagrimilla poniéndote, a cada línea, en el pellejo de esos padres.

Rizó algo más el rizo y fue guardando material para una película. Por su profesión, la tenía clara en la cabeza aunque, por primera vez en su vida, el guión no lo escribe nadie sino la naturaleza. Protagonista, su hijo. Escenarios, los propios donde luchará todos los días por vencer a su condición genética, que no se lo pondrá fácil. Reparto, uf, de lujo, entre fisios, logopedas y demás profesionales que están más que metidos en su papel. Entiéndeme, no parece como si les fuera la vida en ello, es que les va, por vocación. No saben tirar la toalla, no saben despistarse por llantos o por caídas, no saben dejar las cosas para otro día. Sólo saben esforzarse con lo que tengan en sus manos, que no es poco. Jan, por ejemplo, tiene un motor alimentado con ilusión. La sonrisa que antes te decía se la adjudicaron de fábrica al nacer, y no la pierde por muy duro que sea el entrenamiento. Podrás asistir, a cámara lenta, en la maravilla que supone para un niño ir alcanzando, hito a hito, cada uno de los logros del desarrollo.

Es la rara suerte que siempre digo que tenemos los padres de niños con algún problema de este tipo. Para otros, sus hijos ya han crecido tan rápido que ni recuerdan cuándo dejaron el chupete. Para otros, cada día podemos seguir disfrutando, un poquito más, de ese aire fresco, sin complejos y cargado de ingenuidad que arrastran nuestros hijos en sus largos primeros años de vida.

En la película se llora, se ríe, y se besa. Se besa muchísimo. No sé que tienen estos niños, pero contagian unas ganas de besar y de achucharlos a la gente su entorno difícilmente comparables con nada. Es colchonero, su padre se encarga de dejarlo también claro. Y seguramente no sea casualidad, porque va mucho con la persona de Jan, un tipo optimista que confía mucho en su trabajo, sin grandes pretensiones, pero con las miras puestas en el horizonte. Así le va, genial. No esperes un ritmo trepidante, porque no lo hay. Para estas familias, el concepto del tiempo es algo muy diferente a lo que perciben los demás. A cambio, tendrás toda la rigurosidad de un documental, fiel a lo que entra por la cámara, y eso se agradece.

En fin, su padre, como digo, decide compartir esas primeras “rarezas” de la vida de un niño en esas circunstancias. Esos trabajos extras que tienen que hacer unos padres a los que le toca, por capricho de la genética, volverse un poco de todo: médicos, enfermeros, científicos y payasos, por ejemplo. Hay mucha felicidad en la película, ya lo digo, sin quitarle una pizca de drama, consigue transmitir lo que se vive en casa de los Moll. Me quedo con una frase que decía Mónica, su madre, al comienzo de la película, y es que no quiere, mientras llora y se lamenta, perderse la vida de su hijo que es, y esto lo añado yo, maravillosa.

Ve al cine y conoce a Jan. Ya me cuentas.

*Gracias a CINESUR el Tablero, por invitarnos al preestreno y posterior coloquio con nuestros amigos de Down Córdoba y ACPACYS.

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