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El hombre que nunca estuvo allí

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Juan Velasco

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Vi a Andrew Weatherall dos veces pinchando. La primera de ellas debió ser a finales de 2008 o principios de 2009 en Viena. La segunda en Madrid, en la Fabric. De la segunda no tengo apenas recuerdos, pues lo habían encajado en la sala grande que es la que menos me interesaba siempre y rara vez me quedaba allí más de media hora o una hora.

Así que la primera vez -la que cuenta- que vi pinchando al bueno de Andrew fue en un club pequeño y mugriento, un día entre semana. No fue tampoco nada del otro mundo. No me causó una impresión excesiva.

De él recuerdo dos cosas: La primera es que fumaba como un puto carretero. En una época en la que en los clubes había máquinas de humo y humo de máquinas, Andrew todavía disfrutaba del placer de fumar en cabina, entre disco y disco. Ver que el cigarro que te encendiste cuando ponías un disco se ha convertido en ceniza porque has estado enderezando una mezcla y te has olvidado de él es uno de los pequeños placeres del dj que fuma. Andrew seguro que se olvidó de miles de pitillos absorto en la música. “Una tapita menos de cáncer”, seguro que pensaría mientras se encendía el siguiente.

Internet está lleno de fotos suyas sujetando un cigarro. Con un aire a lo Bogart. Porque Andrew aparentaba ser un tipo duro y callado que se encendía el cigarro mirando a los ojos de su interlocutor. O mirando a los ojos de la muerte, cuando no había nadie en frente.

Cuando pienso en Andrew, de alguna manera me viene a la cabeza el título de una película de los hermanos Coen: El hombre que nunca estuvo allí. El por qué, no lo sé. Lord Weatherall no ha sido precisamente una figura que haya pasado desapercibida. Lo que ocurre es que no parecía querer reclamar la atención nunca sobre él. Siempre se escondía detrás del humo y dejaba que fuera la música la que hablara.

No voy a descubrirle a nadie aquí las bondades de la carrera de Andrew Weatherall. Hay elogios mucho mejores que los míos -si solo pueden leer uno, que sea el que le dedicó Javier Blánquez- y sería inútil intentarlo. Quien quiera, eso sí, puede pasar todo este fin de semana escudriñando el Screamadelica, que es un disco de Andrew Weatherall en el que dejó que Primal Scream cantaran y tocaran unas guitarras. Y después, pueden ponerse la discografía entera de Two Lone Swordsmen. No será tiempo malgastado, confíen en mi criterio.

La segunda cosa que recuerdo del bueno de Andrew es un tema que pinchó aquella noche en Viena. Un tema que plantó una semilla en mi interior. A mitad de la sesión, de entre las brumas techno y el humo de sus cigarros, emergió como de la nada ese misil de cosmic disco y house mutante que es el remix que Theo Parrish hizo del 45:33 de LCD Soundsystem.

Aquel momento no se me olvida. Me llevó meses encontrar su nombre -eran otros tiempos- tratando de dar con él a través de la letra en el Google de la época pre-algoritmos. Me llevó varios años más comprarme una copia, que tengo y que he pinchado de cuando en cuando. Sobre todo la he puesto para mí, porque no es un disco fácil de poner ni está hecho para gustar.

Estoy seguro que el puto Andrew Weatherall tiene canciones propias por las que debería recordarlo ahora que ha muerto. Una docena al menos. Sin embargo, yo voy a recordarlo por cómo usó una canción de otra persona para fijar su propio discurso. Eso es a lo que aspiramos los djs y creo que él lo hizo de puta madre durante toda su carrera.

Así que, allá donde estés, Andrew, gracias por el Tip. Hoy al recuperarla, me he dado cuenta de que, cuando pusiste aquel puto tema que tanto nos gustaba, estabas hablando de ti mismo.

Mi canción favorita

Mi canción favorita

Me recuerda a la primera vez que fui al espacio

Fue un viaje tan largo

Tomó horas, días, años

Pero cuando todo terminó...

Oh, me lleva de vuelta

Eso me lleva de vuelta a la primera vez

Entré al espacio

Tú estabas ahí

Estuviste allí con todos mis mejores amigos.

Recuerdo

Recuerdo la mirada en tu cara

La forma en que dijiste, con tus ojos

Tú dijiste...

Y luego me escabullí de la esfera de influencia del Sol

No pasaba nada

Fue tan vertiginoso

Y luego me quitaste todo

Me dejaron aquí, una cáscara de mí mismo

Me dejaron aquí para recoger las piezas.

Y cada pieza era...

Amor, dame amor

Fue entonces cuando me salvaste

En el último momento posible

Sacaste tu mano grande

Y recogí mi barco

Y me fui a casa.

Ese día concebiste una nueva fe

sobre cómo las personas pueden salvarse unas a otras

En lugar de siempre extender sus manos

para aplastar

Cuando estas en el espacio

Te sientes tan ligero.

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