El escudo, la memoria y las prioridades
Hay debates que no surgen por casualidad. Se construyen, se empujan poco a poco y, cuando la ciudadanía se da cuenta, ya están sobre la mesa como si fueran inevitables. Eso es exactamente lo que está ocurriendo en Córdoba con el escudo de la ciudad.
Conviene empezar por el rigor. El denominado “león rampante” no es un símbolo cualquiera ni neutro: es un emblema histórico vinculado al Reino de León, posteriormente integrado en la Corona de Castilla, y asociado a la heráldica medieval que acompaña a la conquista cristiana de la ciudad en 1236 por Fernando III, conocido como “el Santo”. No es un detalle menor, porque lo que se pretende recuperar no es solo un escudo, sino una determinada lectura del pasado.
Frente a ello, el escudo con el que hoy se identifican la mayoría de cordobeses y cordobesas —el que incorpora la Mezquita, el río Guadalquivir, el Puente Romano o la noria— no es un capricho moderno. Fue adoptado por la primera corporación democrática tras la dictadura, en un momento en el que la ciudad decidió mirarse a sí misma desde una identidad más amplia, más plural y más reconocible.
Pero hay algo aún más relevante. Córdoba no es una ciudad cualquiera. Es la única ciudad del mundo con cuatro declaraciones de Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO: la Mezquita- Catedral (1984), el casco histórico (1994), la Fiesta de los Patios (2012) y Medina Azahara (2018). Y el escudo actual, precisamente, refleja parte de ese patrimonio por el que Córdoba es conocida internacionalmente. Es un símbolo que conecta directamente con lo que somos y con cómo nos ve el mundo.
El “león rampante”, sin embargo, no representa esa Córdoba. Representa otra cosa: una visión parcial, centrada en un episodio histórico concreto y en un relato que algunos quieren volver a colocar en el centro.
Y no estamos ante hechos aislados. Lo que en su día comenzó con un informe que el propio alcalde se apresuró a desautorizar ante el rechazo ciudadano, no ha desaparecido. Ha mutado. Se expresa hoy en pequeños gestos: la presencia creciente del león en actos públicos, el reparto de pines durante la Semana Santa, o su aparición en espacios simbólicos como el cartel de la Feria de Mayo de 2026.
Nada de esto es casual. Es una estrategia de normalización. Un intento de desplazar, poco a poco, el símbolo compartido por la ciudadanía hacia otro que responde a una visión más estrecha de la historia y de la propia ciudad.
Y en este punto, el debate deja de ser estético para convertirse en político.
Porque cuando hablamos de símbolos, hablamos de memoria. De cómo una sociedad decide honrar su pasado y construir su relato colectivo. Las calles, las estatuas, los escudos… no son neutros. Son decisiones conscientes sobre qué y a quién se reconoce.
Y aquí es donde aparece la gran contradicción.
Se nos dice que no hay recursos para cumplir con la memoria democrática, para retirar símbolos del franquismo o para honrar a quienes defendieron la democracia y fueron víctimas del fascismo. Pero, sin embargo, sí parece haberlos para levantar estatuas de medio millón de euros dedicadas a un rey medieval o para reabrir debates simbólicos que la ciudad ya había superado.
No es una cuestión de dinero. Es una cuestión de prioridades.
Porque al final, lo que se está decidiendo no es qué escudo es más bonito. Lo que se está decidiendo es qué pasado se quiere recordar y cuál se quiere dejar en la sombra. Qué ciudad queremos ser y qué relato queremos construir.
Las prioridades son las prioridades. Y cuando un gobierno prefiere mirar al siglo XIII antes que al siglo XXI, cuando elige homenajear a un rey medieval en lugar de a quienes defendieron la democracia, está diciendo claramente qué memoria considera digna de ser recordada.
Y también cuál prefiere olvidar.
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