Corduba de imperiales briznas: El nuevo divo Augusto del Museo

En nuestra jerga, decimos que Córdoba se mide en sus cachos. Y que jamás ningún cacho, como los de Córdoba. Pocas ciudades han engullido tan magna historia como capital bética y andalusí, menos se han devorado tanto a sí mismas y casi ninguna que se honre lo ha hecho, tanto, en épocas recientes: Córdoba lo sigue haciendo hoy. Si la arqueología formase detectives, Córdoba sería la mejor base de instrucción. Si la arqueología formase parte de la escala de valores cordobesa, no se seguiría masacrando historia. Y no es cuestión de no construir, de no avanzar, de no progresar. La crítica a la arqueología requiere un poco más de cuerpo.

Hoy hablamos de fragmentos de buen sabor. Estos días se expone temporalmente en el Museo Arqueológico de Córdoba una estatua soberbia. Se trata de una monumental representación de un emperador divinizado, vestido y representado a la manera de Júpiter, que está labrado en mármol de Paros clase Lichnites, es decir, lo más fetén del mundo antiguo. La estatua, probablemente, se hizo en Roma quedando casi acabada. Después de un largo viaje en barco llegó al puerto de Córdoba, y de ahí a su disposición definitiva, un templo, donde sería ultimada en sus detalles y por fin colocada. Las élites de Córdoba tenían ese poderío para efigiar a los nuevos dioses: "esos que hemos añadido nosotros (los romanos) a los que nos fueron legados por tradición", que diría Valerio Máximo. Cuando se da una canonización, ya saben, se consagra un humano en forma divina. Nosotros los llamamos santos, los romanos divi, los aprobaba el Senado y se les rendía culto.

Lo más interesante de la estatua no está en el tipo, ni en la historieta. Está en el rescate. La estatua sido fenomenalmente recompuesta con las cuatro piezas que la forman: espalda, torso, muslo y rodilla. El cuerpo apareció en unas excavaciones en la Calle San Álvaro, y la mitad del mismo fue a parar a la Colección Romero de Torres y la otra mitad, la espalda, al Museo Arqueológico. La dos partes de la pierna izquierda, si no me equivoco, igualmente formaban parte, sin procedencia alguna, de la colección Romero de Torres.

Tenemos estatua porque José Antonio Garriguet identificó el torso y la espalda de las dos colecciones cordobesas como pertenecientes a una misma obra. Porque Carlos Márquez les unió las dos partes de la pierna. Porque Massimo Gasparini pudo juntar todo ello realizando un modelo fotogramétrico cuidadísimo, devolviéndola así a Córdoba en tres dimensiones. Y porque, final y felizmente, el Museo la ha recompuesto físicamente. Han hecho falta dos museos, tres investigadores y dos proveniencias para estas briznas, monumentales briznas marmóreas de Córdoba, hoy, gracias a instituciones e investigadores, felizmente rescatadas.

Si yo les cuento, así al vuelo, que la inscripción monumental del templo dedicado al divo Augusto de la Calle Morería fue reconocida por Ángel Ventura en unos fragmentos metidos como cimiento de un muro medieval en la Ronda de Isasa (a 500 metros lineales). O que una de las cornisas, de más de una tonelada, del muro perimetral superior del teatro romano de Córdoba apareció en la excavaciones de la ronda Oeste (a 2km lineales), igualmente en un cimiento de casa medieval, se podrán hacer una idea de cómo se mueven, cómo vuelan, y cómo nos la juega la Córdoba arqueológica: no hay, de verdad, ciudad más difícil. Si a ese proceso de centrifugación material de repertorios en fases históricas sumamos la falta o inexactitud  de noticias, muchas veces, en los inventarios de las colecciones a propósito de las proveniencias, podrán entender la ardua labor, la formación, y la dosis de fortuna, que hay que tener, para ver, como es este caso, una obra más o menos completa de la Córdoba romana.

Enhorabuena a investigadores y museo. Digo yo que podemos, merecidamente, decirlo. Y apresúrense a verla.... no sea que Córdoba vuelva a moverla.

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30 de septiembre de 2019 - 02:30 h
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