Nada es lo que parece (¿o sí?)
Esa pregunta es impertinente
En su currículum figura como jueza con 44 años de ejercicio, 20 de ellos de magistrada en la sala de lo penal de la Audiencia Nacional. Eso son los datos. Luego está la realidad. Y, si usted ha tenido la oportunidad de verla presidir la vista oral de la operación Kitchen, quizás podría llegar a la conclusión de estar verdaderamente ante una abogada. Tremendamente eficaz, pero abogada.
No hemos visto nunca defender con tanta fiereza al señor M.Rajoy y a la señora Cospedal. Cada vez que las acusaciones intentaban meter una cuña en las enormes grietas de la operación policial perpetrada por el Ministerio del Interior para destruir pruebas de cargo de la financiación ilegal del PP, allí estaba la correosa abogada defensora ejerciendo de jueza de la Audiencia Nacional o viceversa.
El único dato incontrovertible de Teresa Palacios es que nació en Córdoba en 1960. Y que su padre fue fundador de la más conservadora asociación de juristas. Todo lo demás pertenece a ese universo brumoso en el que ya nada es lo que parece.
También Manuel García Castellón parecía el juez instructor del caso Kitchen. Nominalmente investigó la presunta trama organizada en el seno de la Policía Nacional para arrebatarle al tesorero del partido la dichosa libretita con la contabilidad B y los pagos en negro a M.Rajoy. Y, sin embargo, el supuesto juez instructor ni logró descifrar las iniciales del señor presidente ni encontró indicios de delito en aquel audio que escuchó toda España donde la señora Cospedal le encargaba al comisario Villarejo que encontrara los papeles de Bárcenas para archivarlos cuidadosamente en la trituradora.
En derecho penal, eso se llama destrucción de pruebas y obstrucción a la justicia, pero en el mundo en el que usted y yo vivimos (insistimos) ya nada es lo que parece. Ni los jueces persiguen el crimen ni los policías acorralan a los malhechores como formalmente es su obligación.
Ahí tienen, sin ir más lejos, el estrambótico caso de la Corte Penal Internacional. Nueve jueces y un fiscal sancionados por cursar una orden de detención contra Netanyahu por genocidio y crímenes de lesa humanidad. Ya lo ven. Por el mar corre la liebre y por el monte la sardina. El mismo capo que asalta el Capitolio, secuestra al presidente de un país soberano, ordena la ejecución extrajudicial de tripulantes en el Caribe y colabora activamente en la operación de extermino de Gaza, el mismo gánster, decimos, bloquea las cuentas bancarias de los jueces de la Corte Penal por hacer sencillamente su trabajo. Ante la complicidad ominosa, por cierto, de la Europa de los derechos humanos y bla, bla, bla.
Donald Trump, al menos, no mandaba wasap vergonzantes a Netanyahu (“hacemos lo que podemos”) ni se escudaba en el derecho procesal (“esa pregunta es impertinente”) para maquillar un mundo que se nos cae de las manos.
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