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Los genocidas no quieren testigos

Catalina Gómez Ángel se dirige a través de un vídeo al público asistente de la entrega del XIX Premio Internacional de Periodismo Julio Anguita Parrado

Aristóteles Moreno

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Cuando el periodismo desaparece de una guerra, no hay ojos para contarla

Catalina Gómez Ángel Corresponsal en Irán

El año 2025 concluyó con 67 periodistas asesinados. No fue un mal año. Tampoco bueno. Si tenemos en cuenta, claro, que ya hayamos normalizado que ejercer una función de interés público te acabe costando la vida. El año 2024, por ejemplo, murieron 66. Y en 2018 fueron liquidados 96. Nada que ver, no obstante, con los 142 que fallecieron en 2012 mientras nos escribían sus crónicas desde el campo de batalla.

Los periodistas no mueren. Son asesinados. Con esta dramática obviedad comienza el balance anual de Reporteros sin Fronteras que usted puede descolgar tranquilamente de su página web mientras se sopla un vermú leyendo el pifostio que están montando dos supremacistas blancos en Oriente Medio. Uno de ellos, por cierto, es el responsable de la mitad de los periodistas asesinados en todo el planeta durante 2025. Que no es un dato menor, oiga.

Si contamos desde octubre de 2023, el número de reporteros fulminados por Israel asciende a 220 solo en Gaza. En efecto, los periodistas no mueren. Son asesinados. Cuando vas a perpetrar un genocidio no conviene tener testigos de tus crímenes. Aunque luego te pases a la Corte Penal Internacional por el arco del triunfo. Mucho más cuando dispones de artilugios de alta precisión para cazar las piezas que quieres cazar a mil, dos mil o cinco mil kilómetros de distancia.

Cualquiera podría pensar que el derecho a la información está en riesgo por la acción criminal de bandas organizadas. Pero fíjese qué cosas. La mayor amenaza a la libertad de prensa hoy día proviene de un socio preferente que viaja en traje de corbata y se codea con todos los líderes del mundo desarrollado. Defender la civilización en la jungla salvaje de Oriente Medio exige duros sacrificios. Por ejemplo, aniquilar a centenares de reporteros que meten sus sucias narices en limpiar de terroristas tierra sagrada.

Después del Ejército israelí, el principal verdugo de periodistas son los cárteles de México, según el informe de RsF. Y en el honroso tercer lugar se sitúan los soldados de Putin, otro amigo de la paz, la concordia y el respeto a los derechos humanos. El año 2025 terminó con 503 periodistas encarcelados. China encabeza este indigno ranking con 121 reporteros entre rejas. Le sigue Rusia, con 48, y Birmania, con 47. Irán, por cierto, mantiene otros 21 periodistas en prisión. Veinte se encuentran secuestrados y 135 desaparecidos en este negro balance anual que retrata un mundo deprimente.

Ayer se cumplieron 23 años desde el asesinato de Julio Anguita Parrado en la guerra de Irak. En su memoria se entregó el XIX Premio Internacional de Periodismo que recayó en Catalina Gómez Ángel. La reportera colombiana no pudo venir a recogerlo personalmente porque se encuentra en Teherán contando al mundo la operación de derribo que ejecutan coordinadamente dos de los ejércitos más destructivos del planeta.

Un vídeo con sus palabras fue proyectado en el salón de actos del Centro de Visitantes de la Mezquita Catedral de Córdoba ante el silencio sepulcral de un centenar de personas. “Cuando el periodismo desaparece de una guerra, no hay ojos para contarla”, declaró desde la capital de Irán. En efecto. Dicho de otra manera. Cuando el periodismo sale por la puerta, la impunidad entra por la ventana.

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