Entrevista

Sebastián Álvaro: “‘Al filo’ hizo la mejor generación de alpinistas de la historia de España”

Sebastián Álvaro, periodista y especialista en alpinismo

Si hablamos de aventureros, una infinidad de nombres nos pueden inundar la mente entre recuerdos de infancia, adolescencia o madurez. Posiblemente, a cada uno nos vengan a la cabeza protagonistas distintos, según el contexto y el género. Desde la ficción a la más pura realidad. En todas las épocas y países. Y en el caso de España, hay alguien que atesora ese concepto en su propio ser como muy pocos. Además, no solo en el plano puramente subjetivo de ser uno de ellos, sino también de haber tenido la capacidad, el interés y el empeño pasional de haber querido dar voz a muchos otros. A los que abrieron el terreno con las expediciones de las que él mismo bebió de pequeño, y de las que ha ido nutriéndose hasta atesorar una experiencia difícilmente igualable. Aventurero, periodista o escritor. Lector empedernido. Cualquiera de esos atributos por individual pueden definir perfectamente la figura de Sebastián Álvaro (Madrid, 1950). Y todos ellos a la vez. 

Es lo que ha ido marcando una vida llena de aventuras. De la curiosidad más pasional, y a la vez racional, de querer describir qué hay más allá. Ir donde no muchos habían estado antes, y donde muy pocos irán jamás, con el único fin de mostrárselo a todos, y a la vez, por qué no decirlo, sentirse él mismo vivo. La naturaleza en su máxima expresión. Para la bueno y para lo malo. A sus espaldas carga con el peso (o la satisfacción, según se mire) de haber realizado más de 200 expediciones y más de 350 documentales a lo largo y ancho del planeta. Escaladas a montañas de más de 8.000 metros, la conquista de los tres polos, espeleobuceo, parapente, paramotor, etc. Y la lista sigue. Director durante casi 30 años de Al filo de lo imposible, uno de los programas más emblemáticos de la historia de la televisión pública española. Un formato, además, irrepetible hoy en día, según él mismo sentencia. 

Y a sus 71 años, el cuerpo le pide más aventuras. Mientras la vida se lo permita, la llama de la pasión parece seguir intacta en él. Y es que en pocos días pondrá rumbo a la Antártida. No obstante, aprovechando su visita a Córdoba para presentar su último libro, Everest 1924. El enigma de Irvine y Mallory, no dudó en atender durante casi una hora a CORDÓPOLIS. Además, en un enclave único en la ciudad como el rocódromo Monkey Rock. Una charla sobre vida, historia, montañas, naturaleza y un misterio que lleva décadas rondando su cabeza. 

PREGUNTA. Sebastián, si le parece, vayámonos al principio de todo, ¿fue antes el periodista o el aventurero?

RESPUESTA. Cuando llegas a mi edad, uno es la suma de todo lo que eres y de todo lo que has vivido. Y no solamente de eso, sino también de todos los amores que has tenido, de los amigos, de los afectos, de los libros que has leído, así que, en mi caso, fui aventurero y fui periodista, y yo creo que ambas cosas fueron de la mano. Y tuvieron que darse una serie de circunstancias y de casualidades de la vida, que nunca sabes la importancia que tuvieron hasta que pasan muchos años, para que las cosas terminaran en Al filo de lo imposible y yo siendo un aventurero. Entré a trabajar en Televisión Española siendo muy joven, llevaba trabajando toda la vida, mi casa es una familia humilde de los lecheros de Campamento, así que yo, con 9 o 10 años, antes de ir al cole, llevaba la leche en el barrio con mi madre. Luego mi madre me llevaba al colegio. Hice Formación Profesional, con 14 años ya empecé a trabajar al mismo tiempo que seguía estudiando; terminé la Formación Profesional, gané las oposiciones en la tele y seguí estudiando.

Al principio me tiraba más la técnica y empecé Ingeniería de Telecomunicación, y de repente, en un momento determinado cuando llevaba en televisión ya un par de años o tres, me di cuenta que lo que me gustaba era precisamente hacer programas. Entonces, lo cambié por Periodismo, estudié mucho de sociología, aunque siempre me atrajo mucho la geografía y la historia, y he sido un lector empedernido de geografía e historia. Solamente de aquellas partes que me gustan, pero eso hizo que, de repente, en TVE yo tuviera la posibilidad de hacer primero un documental, no profesional, que lo hice con máquinas de Súper 8, y que tuvo premios, y en seis meses cambiaría mi vida. Me ofrecieron la posibilidad de ir al Himalaya, al Karakórum, yo pedí que me dejaran en la tele una cámara, pedí permiso a mi jefe, me lo dio, y me fui al Karakórum a intentar dos montañas de 8.000 metros con solo cuatro amigos. Y esa historia cambiaría mi vida, seguramente para lo bueno y para lo malo también. 

Y a partir de ahí, más de 250 expediciones, más de 350 documentales, y una vida vertiginosa, supongo que también para lo bueno y para lo malo. No cambiaría mi vida, y sin embargo, no me hubiera gustado que mi hijo hubiera seguido mis pasos. Yo entiendo que mis padres lo pasaran mal conmigo, y mi mujer también, y supongo que mi hijo también. 

P. ¿Y de dónde surge esa pasión por la montaña?

R. Primero debería decir que la vida vivida sin pasión, seguramente será otra cosa y será peor. Yo he tenido pasión por las montañas, pero también tengo pasión por los documentales, por los libros. Tengo pasión por un montón de cosas. Y también en las relaciones que he tenido con otros amores, con otros amigos. Nunca he entendido la vida bajo un punto de vista frío y poco pasional, sino todo lo contrario. Lo que sí que entiendo es que la pasión y las emociones deben ser controladas por la razón en todo momento, porque sino es probable que nos despeñemos. Pero no se pueden apagar las emociones, que forman parte de algo consustancial en nuestras vida. Quién no se emociona cuando se ha enamorado por primera vez, quién no se emociona cuando ve un atardecer con un fondo de montañas, o cuando estás caminando hacia el Polo Sur arrastrando un trineo. Yo creo que la vida y la pasión dirigieron todo lo que hice, y que en algún momento me equivoqué, sin lugar a dudas, pero uno va aprendiendo del error, del fracaso, y al mismo tiempo va sumando la experiencia y las cosas que van pasando y van marcando.

Yo perdí 33 amigos cercanos en 35 años de expediciones, así que yo ya sé que, cada vez que tomamos una decisión, vamos a pagar por eso, porque todas las decisiones tienen consecuencias. Y yo en seguida me di cuenta que dedicarme a hacer algo como Al filo de lo imposible, iba a tener un peaje duro, pero, desde entonces y hasta ahora, estoy dispuesto a asumir ese riesgo y ese peaje, y lo pago.

P. Damos el salto a principios de los 80 para centrarnos en ese formato que realmente ha marcado tu trayectoria. En esa primera expedición que has comentado, ¿ya tenías en la mente lo que iba a ser Al filo de lo imposible o cómo surge esa posibilidad? 

R. Al principio, ni con esto ni con otras cosas, eres capaz de imaginar lo que va a ocurrir en el futuro. Lo que sí ocurre es que cuando yo me voy de expedición ya tengo la experiencia formativa, ya sé manejar una cámara, yo era técnico de sonido, y he visto mucho cine documental en Francia e Italia, de gente que hacía expediciones. Y luego, además, me enriquecí con los clásicos. Vi las primeras películas de los británicos al Everest o a los polos, o las primeras películas documentales que se hicieron de los primeros ochomiles.

Cuando me fui, ya todo eso lo tenía en la cabeza. Lo que no podía imaginar es que haría una serie, tendría éxito y que detrás vendría otra y otra, y que terminaría haciendo 200 documentales. Eso para mí, en aquel momento, era inimaginable. Ni siquiera en mis mejores sueños yo me veía haciendo once expediciones al año. Y sin embargo, yo tuve muchos años seguidos que llegaba a estar en casa, en un año, dos meses. Yo enlazaba una expedición en Pakistán, de montaña, con una de espeleobuceo en Islandia. O empalmaba la expedición al Polo Norte geográfico, con una expedición para escalar cascadas en Canadá, pasando por Madrid. Eso no podía imaginarlo, y eso lo que fue, sobre todo, es la consecuencia y el fruto de muchísimo trabajo, mucho esfuerzo, de un montón de gente, todos ellos y ellas apasionadas por un modo de vida y por un modo también de trabajo. La gente cobraba. Vivíamos de esto, malamente (risas), pero nos pagaban por hacer esto. Y yo creo que, al final, ya pasado el tiempo, todo eso mereció la pena. 

P. En ese ritmo de aventuras tan frenético. Encadenando una expedición tras otra durante años, eso requiere una formación también. No sé si era más autodidacta o te daba tiempo a formarte por otro lado. Son muchas disciplinas distintas. 

R. Trabajando mucho (risas). Las cosas se aprenden, sobre todo, haciéndolas. Lo que ocurre es que nos atrevimos. Ahora que ha pasado el tiempo, y que sigo manteniendo muchos de mis amigos de entonces, lo que me sorprende es que quedábamos para comer un día, en Madrid, en Bilbao o en Barcelona, y en una comida diseñábamos dos expediciones; una al Pilar Oeste del Makalu y otra, yo que sé, el cruce de los Andes en globo. Y en menos de un año las habíamos hecho las dos. 

Así que todo eso tenía que ver con un aprendizaje continuo, pero también con una capacidad de imaginación, de curiosidad. Aquel que no tiene curiosidad por saber qué hay al otro lado, qué hay en un pilar de roca de 3.000 metros en el Himalaya, y te miras a ti y dices: creo que puedo con eso. Creo que con un grupo de gente, con Juanito Oiarzabal, con Tamayo, con Ferrán Latorre, con Juan Vallejo, yo creo que eso lo podemos hacer. Luego fuimos al Pilar Oeste del Makalu dos veces y no llegamos a la cumbre, pero fuimos dos veces a intentarlo. Y no perdimos a nadie. Y llegamos a más de 7.800 metros. Es decir, podíamos fracasar en el hecho de no conseguir la cumbre, pero el mayor de los fracasos es no intentarlo, así que lo intentamos. De hecho, yo creo que si se ve, además, los perfiles de la gente, Al filo hizo la mejor generación, por ejemplo, de alpinistas de la historia de España. Sin lugar a dudas. Y la mejor prueba es que, cuando en el mundo había siete alpinistas que tenían las 14 cumbres de más de 8.000 metros, solo siete, cuatro eran de mi equipo. Del equipo de Al filo, así que marcamos una generación, y además de esos alpinistas, lo mejor que hicimos es transmitir a la sociedad española que ir a ascender montañas no es una locura, hoy parece obvio, cuando la gente, con la pandemia, se ha echado al monte y tal. Por el contrario, es producto de gente inteligente, arriesgada, pero prudente al mismo tiempo, es decir, que todo eso nos ha reconciliado con la aventura en España. Y de hecho, ahora yo creo que estamos decayendo un poco, pero llegamos a tener uno de los nivales más altos del mundo en alpinismo, en número de expediciones, etc. Al filo, por ejemplo, ayudó a hacer más de 350 cumbres de montañas de 8.000 metros, que eso es único, y no creo que esa historia se pueda repetir ahora. 

P. Has hablado de esa experiencia sumada en visionados de Italia, Francia o Inglaterra, ¿había precedentes en España de lo que iba a ser Al filo?

R. No, nunca. Ni lo va a haber. Lo que sí hicimos, y ligado además con esa pregunta que hacías antes sobre de quién aprendimos, pues en Televisión Española, nuestro antecedente fue Félix Rodríguez de la Fuente. El hombre y la tierra. Félix se dedicada a otra cosa, a los animales y tal, pero yo creo que la unión de El hombre y la tierra y Al filo de lo imposible, cambiaron la mentalidad de la sociedad española, en un caso con la fauna y en el otro con la aventura y la protección del medioambiente. Y yo creo que ambos, lo que hicimos es una sociedad más amable y más civilizada.

Yo recuerdo que, cuando era niño, se decía: ave que vuela, a la cazuela. Se mataba a aves carroñeras que tienen una función determinada, por el simple hecho de tirar. Los niños de entonces nos criábamos poniendo alfileres a las lagartijas. Hoy en día eso sería imposible. Yo creo que el conjunto de todo eso nos ha hecho una sociedad más tolerante, más diversa, más civilizada. Nos queda mucho camino por recorrer en ese aspecto, pero Al filo reconcilió la idea que tenemos de esa relación que tiene que existir entre el ser humano y la naturaliza, y eso implica, primero conocerla, luego amarla, y una vez que la gente conoce y ama los sitios: las montañas, los ríos, los bosques, inmediatamente pilla la conciencia de que necesitamos conservar todo eso.

P. Durante más de 35 años, son innumerable los hitos que conseguís con el programa, como los 14 ochomiles, la exploración de los casquetes polares, sumergirse en las profundidades. Mirándolo ahora en perspectiva, ¿os quedó algo por hacer?

R. Un montón de cosas. Por eso sigo haciendo. Desde que me fui de la tele, hombre ahora ya no hago diez expediciones al año, pero, desde que me fui de la tele a principios de 2009, he hecho más de 35 expediciones, es decir, seguimos trabajando, sigo haciendo documentales. Y lo hago, no solamente porque es mi pasión, sino porque sigo creyendo que los buenos documentales de naturaleza, de aventura, son un instrumento esencial para mejorar la educación y el grado de civilización de nuestra sociedad. Eso antes lo hacia TVE, hoy en día no hace nada, no hace nada de nada. Prácticamente la dejaron reducida a cenizas con el despido de los 4.000 y pico que nos despidieron. 

Cuando yo me fui de TVE, no hace tanto, tenía el 35% de audiencia. Hoy en día tiene el 8%. Cuando nos despidieron dijeron que nos despedían para acabar con la deuda, porque debíamos 100.000 millones de pesetas. Bien, a día de hoy, TVE vuelve a tener una deuda de 600 millones de euros al año, que es aproximadamente la misma que teníamos cuando nos echaron, así que la gente que denunciamos ese ERE como fraudulento y ajeno a los intereses de nuestro país, teníamos razón. El tiempo nos ha dado la razón, así que ya metidos en este tema, sin que me lo hayas preguntado. ¿Qué debería hacer Televisión Española en nuestros días? En primer lugar, alguien responsable de TVE, ahora que se habla tanto de la memoria democrática, lo que debería hacer es pedir perdón a la mejor generación de trabajadores por habernos despedido; la segunda, reconocer el papel fundamental que tiene que jugar la televisión pública en una sociedad democrática como valor de cohesión y de educación de nuestra sociedad; y lo tercero, ponerse en marcha. 

P. Has comentado también los momentos duros que se vivieron en esos más de 35 años. Al final, tú también arriesgabas tu vida, y no fueron pocas las veces que estuviste al límite.

R. ¿Y cuál es la pregunta? (Risas)

P. Bueno, que al final no es un tramo común, te estás jugando la vida en cada salida. No sé si te llegaste a plantear dejarlo en algún momento. 

R. Muchas veces olvidamos que todos vamos a morir y que desde que nacemos es una cuenta atrás. Así que todos estamos arriesgando la vida. Aquí el fotógrafo, cada vez que se arrodilla que tiene ya artrosis y tal, cuando cruzas la calle, cuando vas conduciendo y uno se salta un stop. Todos arriesgamos la vida. 

La pregunta no debería ser si vivimos más o menos tiempo. Debería ser el cómo vivimos. Cómo llenamos esos años que se nos conceden, y que por un lado tiene que ver, desde luego, con nuestra capacidad para gestionar el riesgo, somos animales diseñados para gestionar el riesgo, y eso nos lo enseñan desde que somos pequeños. Nos lo enseñan fundamentalmente nuestros padres, porque somos el animal, dentro de la tierra, que más tiempo necesita para valerse por sí solo, así que, cuando somos niños y empezamos a caminar, primero nuestros padres, bueno, yo lo estoy viviendo con mis nietos (risas), primero les pongo rejas, porque sino se caen por las escaleras. Luego pongo en los enchufes tapones para que no metan los dedos. Luego todos los cajones que tienen los cuchillos y demás, los pongo en un lugar inalcanzable. Todo eso, que hoy nos parece normal, forma parte de nuestro aprendizaje. 

Cuando somos un poco mayores y nos llevan al cole, nos llevan al paso de cebra, nuestros padres nos cogen de la mano y nos dicen: ¡para! Antes de cruzar el paso de cebra, pese a que los peatones tienen prioridad, nuestros padres dicen: mira a ambos lados, y luego cruza. Todo esto nos va formando. 

Bueno, cuando decidimos escalar la montaña más difícil del mundo por la vertiente más difícil, hacemos exactamente lo mismo. Decidimos: voy por esta ruta, que tiene peligros entre el campo uno y el campo dos, o que hay un tramo de roca vertical donde voy a poner una cuerda. Aquí necesito gente que vaya muy bien en altura por encima de 8.000 metros. Es decir, de todo eso nos formamos, así que yo, después de 40 años en esta historia, seguramente por la calle voy mirando cosas muy diferentes de las que ve el resto de la gente. Soy motero, así que voy en coche con el taxista, y estoy viendo que aquel se va a saltar la rotonda, que el de delante, el disco se está poniendo en rojo, que hay dos chavales que están corriendo con un balón por la acera y lo mismo se les escapa. Es decir, voy analizando todo lo que sucede a nuestro alrededor. Eso estuve haciendo durante 40 años. Yo sabía que nos jugábamos la vida y yo he estado a punto de morir siete veces, pero si analizo en general las más de 200 expediciones que hicimos, más de 1.500 personas escalando más de 60 expediciones a montañas de 8.000 metros. Y los ochomiles fueron un apartado, pero, por ejemplo, las expediciones de espeleobuceo, muchas de ellas, entrañan más riesgo que escalar un 8.000. Y quien dice eso son los récords del mundo de altitud en paramotor, en parapente, los vuelos en globo a más de 8.500 metros, salto en paracaídas, en cada libre, etc. 

Si tenemos en cuenta todo eso, Al filo perdió dos personas en casi 40 años. Habida cuenta de la cantidad de gente que tuve, que estuvo rondando por encima de 8.000 metros sin botellas de oxígeno, sin cuerdas fijas, etc., el balance yo creo que ha sido satisfactorio. Ahora bien, ¿estuve a punto de morir? Sí. ¿Mis compañeros? Muchas veces también. ¿Supimos gestionarlo? Sí. ¿Y cómo se gestiona el riesgo? Primero tienes que saber diferenciar entre peligro y riesgo. Peligro es todo aquello que nos puede hacer daño, riesgo es la probabilidad de que ese peligro se concrete. ¿Qué podemos hacer? Primero analizar bien los peligros que tenemos, luego tratar de minimizar esos riesgos, y por otro lado, si una vez se produce, qué podemos hacer para intentar minimizarlo o sacar a una persona del fondo de una grieta o de unas congelaciones en el K2. Y eso hicimos. 

P. Después de tantos años, la conclusión es que mereció la pena hacerlo, o al menos intentarlo. 

R. Yo creo que sí, pero a mi lado hubo un montón de gente que probablemente también tuvieran que ver eso. Y luego, al final, nuestras decisiones cuando te vas de expedición, no solo te implican a ti, sino que implican a la gente que está a tu lado. A tu mujer, a tus hijos, a mis padres, a mis amigos. A mis novias o mi mujer. Todo eso…(piensa) a lo mejor fuimos egoístas. Pero, al final, si por quedarte con una persona o por querer no hacer sufrir a una tercera, dejas de hacer aquello que hace ser como eres, lo que estás haciendo en realidad es cambiarte y ser otra persona diferente. Así que, yo en mi caso opté por seguir haciendo aquello que creía, que sigo creyendo, pero al mismo tiempo sigo queriendo a mi familia, a mi hijo, ahora a mis nietos. Tengo un montón de amigos que me quieren, en España desde luego, pero también en Pakistán, en Italia, en Chile, es decir, cada uno tiene que negociar su vida de la mejor forma. 

Cuando tengas mujer, hijos y nietos, tendrás que estar en eso también (risas). 

P. Sí, sí (risas)

P. Has comentado que uno de los periodos que más te marcó y que quizá despertó el interés en la aventura, fue ese de finales del siglo XIX y principios del XX, donde se termina quizá de completar el mapa del mundo. En buena medida tiene que ver con tu último libro Everest 1924. El enigma de Irvine y Mallory, ¿cuándo llega esta historia a ti?

R. La historia de Irvine y Mallory me llega desde el principio. Hay determinadas historias cuando yo empiezo a hacer montañas, que empecé de niño, pero en seguida, siendo un adolescente, y sobre todo gracias a mi madre. El tiempo que empleó en enseñarme a leer y en fomentar lecturas, con tebeos del Capitán Trueno, es probablemente el hecho capital que marcó que yo fuera aventurero. Porque son los libros, la acción, yo hice gimnasia deportiva y soy un hombre de acción, me gusta hacer cosas, pero el hacer cosas sin una cabeza, sin una mente determinada, no sirve de nada. Así que a mí quien me formó la mente aventurara fueron primero los cómics y las lecturas. Y en todo ese proceso fui aprendiendo, desde luego de los aventureros románticos, de grandes aventureros como Alejandro Magno o Hernán Cortés.

Pero, desde el momento en que empecé a hacer montaña, hubo determinadas aventuras que me marcaron. Me marcó Walter Bonatti, que era el alpinista más grande de cuando yo era un crío. Bonatti marcó una generación y probablemente haya sido el mejor alpinista de todos los tiempos. No solamente por lo que hizo, sino por los libros que escribió. Y luego tuve la fortuna de que fue un buen amigo mío durante los últimos 13 años de su vida. Bonatti me marcó, pero hubo dos historias, digamos muy de nuestro país, que fueron la muerte de Alberto Rabadá y Ernesto Navarro en 1963 en la cara norte del Eiger, y la desaparición de Irvine y Mallory en 1924. Sobre esas dos cosas yo leí un montón. Así que, en cuanto empecé a hacer Al filo de lo imposible, en cuanto tuve un poquito más de presupuesto, lo primero que me propuse fue reconstruir la historia de Rabadá y Navarro en la cara norte del Eiger. Cogí a dos amigos, les corté el pelo, les llevé a televisión, les pusieron el bigotito, les atizaron el pelo, la barba y les puse la misma ropa que llevaban, y los llevé al Eiger. Y bueno, aquel fue uno de los programas que marcaron la historia de Al filo. Desde el principio fue de los más vistos y más premiados. Pero estábamos en empezando, todavía me quedaba, digamos, mucha trayectoria para poder plantearme una aventura tan difícil de hacer como la de Irvine y Mallory. 

Así, en el año 2000, cuando ya teníamos esa preparación previa, hice lo mismo. Cogí a nueve personas, nos disfrazamos como en el año 1924, y me llevé 500 kilos de material y atrezo al campo base de la cara norte del Everest para reconstruir aquella historia. Y fue acojonante (risas). Fue una historia fantástica en la que subí a dos tipos con camisetas de franela, pantalones y gabardinas Burberry a 8.500 metros, en un día muy malo. Y al año siguiente, volveríamos y Juanito subiría al Everest sin botellas de oxígeno, y ahí terminamos de rematar el proyecto. Juanito se convirtió en la tercera persona en el mundo en tener los 14 ochomiles sin botellas de oxígeno, aquellos programas de Irvine y Mallory se los vendimos a la BBC, es decir, los británicos nos compraron la reconstrucción de sus compatriotas. Luego fueron ellos más tarde, pero yo creo que nuestros programas siguen siendo mejores. Y me parece que esas reconstrucciones, además, dan una idea de lo que era Al filo de lo imposible.

Al filo de lo imposible no solo contaba “hazañas deportivas”, sino que contaba buenas historias. Historias con un sentido determinado que, además, lo que dan es la idea de una forma de relacionarse con la naturaleza y un pensamiento que nos hace más civilizados, más entrañablemente humanos, que nos plantea que poner en riesgo la vida, si la causa es noble y justa, merece la pena. 

P. ¿Crees que se ha sido injusto con esa expedición de 1924?

R. Sí, por eso he escrito el libro (risas). 

Sí, sí. Los protagonistas de las expediciones de 1921, 1922 y 1924 han sido maltratados injustamente. Muchas veces decimos que en España hacemos lo mismo con nuestros grandes aventureros. Bueno, pues lo británicos también lo hicieron, y una de las ideas que tuve claras desde el principio fue recuperar la memoria injustamente tratada de aquellas personas, que son grandes con mayúsculas. Tipos que, muchas veces, los han menospreciado y es algo que me hierve la sangre. Cuando escucho opiniones de alpinistas modernos, por ejemplo Nirmal Purja, diciendo lo buenos que son y que han pulverizado los récords de otra gente, es gente ignorante y estúpida. Por decirlo de forma concreta. 

Era gente tan fuerte como los alpinistas actuales, pero con mucha más cabeza y, sobre todo, con mucha mayor capacidad de sacrificio, de sufrimiento. No eran alocados que estaban dispuestos a tirar la vida por cualquier cosa. Era gente que tenía claro lo que tenías que hacer y, en función de eso, estaban dispuestos a gestionar el riesgo y a arriesgar la vida. Sin lugar a dudas. 

P. Tú conoces muy bien el Everest, y en el libro lo comentas, que sería clave para resolver ese enigma que apareciese la cámara que llevaba Mallory, ¿crees que existe alguna remota posibilidad de que ocurra?

R. Es muy improbable que aparezca. Es muy improbable que esté bien, es decir, en el golpe, porque sabemos que los dos cayeron, así que es muy probable que, cuando estás cayendo, si llevas la cámara en un bolsillo, salte, se lleve un golpe, se abra, o que incluso en estos 100 años que han pasado, los cadáveres, que han debido estar los dos cubiertos de nieve varias veces, y luego el viento o el sol la ha derretido, es muy probable que haya entrado agua dentro de la cámara y que el negativo sea hoy en día inservible. No es imposible, pero es improbable que esa cámara nos dé la respuesta contundente. La prueba objetiva fehaciente de que llegaron a la cumbre, o de que no llegaron. También por eso he escrito el libro. 

Yo creo que a eso hay que llegar por deducción. Una deducción, sin lugar a dudas, compleja, pero que día a día, a medida que van apareciendo pruebas, tenemos más capacidad de saber, de intuir, de hacer una hipótesis bastante probable de lo que ocurrió aquel día. 

P. Y al margen de que se resuelva o no algún día, quizá lo más honesto, que tampoco ha ocurrido, sería guardar respeto a las palabras de los que sí volvieron de aquella expedición. 

R. Hombre, claro. Esa pregunta lleva la respuesta implícita. Esa gente, que eran tan buenos como podemos serlo hoy en día a nivel alpinístico, además estaban allí cuando sucedieron los hechos, así que su opinión, y la opinión de los compañeros de Mallory durante toda su vida, y algunos vivieron más de 90 años, es que tuvieron muchas probabilidades de subir a la cumbre. Esa misma opinión es la que tengo yo. 

P. El libro lo escribes durante el confinamiento, lo cual contrasta mucho con ese sentimiento de libertad pura que tratas de plasmar. 

R. Sí, es contradictorio y paradójico. Pero es que yo nunca he estado en casa más de tres meses seguidos, así que, una vez que estábamos ahí metidos, pues decidí aprovecharlo. Bueno, decidí yo y las dos chicas que son editoras de Desnivel que me perseguían. Yo tenía toda la documentación y ya había escrito, pero no me veía con fuerzas para acometer una tarea tan grande. Y realmente el confinamiento lo que hizo es borrar esa excusa, porque, al final, las excusas que tengo son muy buenas. De gente que me llama y le dices: no, es que estoy en la Antártida, o es que me voy mañana al Karakórum. ¿Cuánto vas a estar? Dos meses. 

Así que todas esas excusas, el confinamiento me las barrió. Yo para escribir necesito estar muy desocupado de la vida diaria en Madrid, que es muy vertiginosa de trabajo. Pero claro, cuando ya la gente no te llama por teléfono, cuando ya no tienes que contestar a las redes, entonces tuve la oportunidad de ponerme a escribir. Hice un primer boceto que me parece que llegó a tener 350 páginas, y luego me puse otra vez a redactar en serio. De hecho, hay partes del libro que he escrito diez o doce veces. Y luego al final incluso tuve que cortar 20 o 30 páginas, que me dolió mucho, porque tenían que ver con temas que estudié muy a fondo como la Primera Guerra Mundial y que a mí me parece que ese apartado tiene mucha importancia en la vida de los protagonistas, pero que luego lo tuve que reducir para que la gente no se perdiera. Los estaba sacando de la historia de Irvine y Mallory para llevarlos a los campos de batalla de la Primera Guerra Mundial en Europa, y quizá les podía despistar. Por tanto, doy unas pinceladas de la Primera Guerra Mundial, para después volver otra vez al Everest. Yo creo que ha quedado una historia maja, y que el libro se ha convertido, a nuestro pesar y sin poderlo prever, en una especia de best seller de montaña. 

P. Te quería preguntar también sobre un asunto que siempre me ha llamado mucho la atención, y es la enorme importancia que han tenido los occidentales en el alpinismo en general, y concretamente en esta zona de la cordillera del Himalaya. Son los que han destacado, los que han sido pioneros. Me sorprende que, con la importancia que tiene la aclimitación del cuerpo y además que siempre se ha destacado el peso de los porteadores nativos de la zona, por qué la población local no tuvo ese afán de ser ellos los primeros. 

R. Porque el alpinismo es una invención cultural. Los nativos de las montañas dieron siempre la espalda a las montañas. Las montañas son lugares que son crueles para con la vida, y que no aportan nada a los lugareños. En algunos bosques se adentraban los cazadores y luego modernamente los buscadores de cristales de roca, pero solamente a partir del romanticismo, es decir, a partir de finales del siglo XVIII y sobre todo en el XIX, la cultura alpinística se traduce o está solo al alcance de los pequeños burgueses, sobre todo ingleses que eran los que dominaban el mundo en aquel momento, y que son los que tienen dinero para ir a los Alpes de excursión. Pero los lugareños que vivían en los Alpes, jamás. Empezaron luego a hacer de guías de montaña y tal, y ahora Chamonix y Courmayeur se han convertido en mecas de turismo de montaña. Pero hace 200 años no era así. Era un lugar empobrecido y miserable, y así ocurre exactamente en el Himalaya. Ni a los sherpas ni a los baltis les dio nunca por ir a las montañas. Han ido porque les pagaban, y de hecho, los sherpas, quitando ahora a dos o tres, siguen yendo al Everest u a otras montañas acompañando a grupos.

Cuando ocurren las expediciones al Everest de 1920 es un asunto exclusivamente de británicos. También luego, en seguida, del Duque de los Abruzos, que es un español, el hijo de Amadeo de Saboya, que nace en el Palacio Real de Madrid, pero son excepciones. Son los británicos los que tienen acceso por la cara sur a toda la cadena del Himalaya, así que es lógico que esa gente, que además tenía intereses en hacer la cartografía, los mapas. Y ahí, los sherpas qué aportan, pues lo que aportan es la mano de obra, el esfuerzo. Llevan las cargas hasta el campo base y luego, algunos, unos pocos, a los que equipan los propios británicos, les dan botas y un material más o menos apañado, les suben las cargas. Pero quien se encarga de la escalda, y quien se encarga de la seguridad de esos sherpas, son los alpinistas, son los británicos. 

¿Cuándo va a cambiar eso? Pues cuando los sherpas y las poblaciones nativas alcancen el grado de conocimiento y de civilización que implica una nueva mirada sobre las montañas. La diferencia es que el nativo, cuando mira una montaña, lo que ve es el río del que extrae el agua para cultivar los campos y para beber, los bosques que puede talar para sacar madera para calentarse o para hacer el dintel de las puertas. Eso yo creo que ahora está cambiando rápidamente y empieza a haber guías de montaña con cierto nivel, pero todavía queda un gran trecho para que los nativos de las zonas de la cordilleras más elevadas del planeta, se sumen como alpinistas con categoría propia para abrir nuevas rutas en el Himalaya. 

P. Y ya para acabar, has comentado que te vas en breve de expedición a la Antártida, ¿cuáles son las aventuras que tienes próximamente? 

R. La semana que viene me voy a la Antártida, y por eso no me puedo contagiar aquí. Tengo un proyecto que se llama En las últimas fronteras del planeta, que está abalado por la Comisión Nacional para la conmemoración de la Primera Vuelta al Mundo de Magallanes y Elcano, y ahí lo que vamos a dar primero es una visión geográfica, física, de lo que hoy en día sigue siendo uno de los lugares más hostiles de la tierra, como son Patagonia argentina, Patagonia chilena, Tierra de Fuego y la Antártida. Y luego paralelamente a eso, queremos contar una historia de los tres grandes navegantes del sur de América, que son la expedición de Magallanes y Elcano, que va de 1519 a 1522; la de Juan Ladrillero y Cortés Ojea, de 1557 a 1580; y la de Pedro Sarmiento de Gamboa, entre 1580 y poco después, que es el primer intento de colonización. Toda esa documentación ya la tenemos filmada del Archivo General de Indias en Sevilla, en el Archivo de Simancas, ya hemos hecho la primera expedición a la Patagonia, estuvimos el año pasado escalando el Cerro Torre por la vertiente oeste. Ahora voy a la Antártida, vamos a filmar y a escalar unas montañas de la península antártica, pequeñitas, pero que son preciosas y, sobre todo, es un homenaje a estos aventureros románticos. Y luego nos quedarían para el año que viene dos expediciones a Tierra de Fuego. 

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