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La estación de trenes Córdoba - Julio Anguita sin trenes a primera hora de la tarde de este miércoles 28 de octubre.

Juan Velasco

5 de noviembre de 2026 20:02 h

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Uno de los mejores post del Twitter pre-Musk era uno en el que un meteorito del tamaño de Saturno está a punto de destruir la Tierra y la primera reacción es preguntarse: “¿Y ahora quién salvará al turismo?”.

Algo así hemos vuelto a vivir en Córdoba tras la tragedia ferroviaria de Urda. Con el dolor todavía presente, la conversación pública ya gira en torno a compensaciones económicas para hoteleros y hosteleros, en base a unos cálculos económicos que parecen sacados de una chistera. Eso sí, ¿sabéis a qué empresas no vais a escuchar quejarse ni pedir nada por la falta de AVE en el próximo mes? A las culturales. No es que no les afecte. Es que están acostumbradas a que nadie cuente con ellas.

Y es curioso, porque la semana pasada, durante los tres días de luto oficial por el accidente de Urda, se suspendieron conciertos, actos culturales y fiestas de Halloween, pero a nadie se le pasó por la cabeza pedir a los bares y restaurantes que cerraran. No tenía sentido hacerlo (este país sin bares sí que daría pie a una revolución violenta).

El pasado sábado, con la tragedia ferroviaria aún en el retrovisor y la estación de Renfe ofreciendo un aspecto fantasmal, paseamos por el centro de Córdoba, donde estaba instalada la Feria del Libro. No se puede decir que fuera un solar, ni mucho menos. Era un espacio cultural dinámico, con gente asistiendo a presentaciones y firmas de libros, y otros comprando. Todo ello, mientras los más jóvenes se disfrazaban de espectros (era Halloween) y, en ocasiones, se asomaban por las ventanas de la caseta central para ver qué hacíamos los adultos allí metidos.

Me pregunto, claro, si habrá pensado el Ayuntamiento en repartir ayudas a los libreros por no haber logrado los beneficios que habría aportado un aluvión de turistas en el Bulevar. También si merece lo mismo quien se encontró con butacas vacías en teatros y salas de conciertos. Probablemente no, porque la cultura tiene la suerte o la desgracia de que quien la recibe y quien la paga vive aquí en la mayoría de los casos.

Pero, por mucho que no esté en ninguna prioridad, no se puede decir que no tiene peso. Un reciente informe de la Fundación Cotec sobre los sectores culturales y creativos aporta cifras que invitan a la reflexión: resulta que estos sectores generan más valor añadido que la industria textil, la farmacéutica o la química. Que han crecido más que el conjunto de la economía desde 2020, que han creado empleo al doble de ritmo (un 17% más de afiliados desde 2019, frente al 8%) y han ganado empresas mientras el resto del tejido empresarial las perdía.

Todo eso se sostiene sobre un suelo frágil: siete de cada diez sociedades culturales no tienen ni un asalariado, uno de cada tres trabajadores es autónomo y, en la creación artística y los espectáculos, el 10% que menos cobra no llega a los 6.025 euros al año. Quizá por eso la cultura ocupa el sexto puesto, con un 1,6 sobre 5, entre las ocho políticas de gasto público que prefieren los españoles, y es la que más ha caído desde 2021.

Así que ahora que llega el meteorito electoral, igual también es momento de poner pie en pared y comenzar a reclamar un salvavidas para la parte más débil (y necesaria) del sector cultural.

Juan Atkins, en una actuación reciente en el festival Dekmantel.

The originator

Tenía 18 años. Por verlo en perspectiva. Juan Atkins estaba en el instituto cuando, junto a Richard Davis, imaginó, produjo y distribuyó Alleys of your mind, un tema que fundía, como nadie había hecho hasta ese momento, el funk psicodélico, la electrónica cerebral y la ciencia ficción. Vendieron decenas de miles de copias de aquel tema. Cuatro años después, Atkins publicó No UFO’s, que fue incluso más allá (entra el 4x4, desde entonces hegemónico) y lo cambió todo.Ya no había vuelta atrás, ese era el ritmo que iba a dominar las pistas de baile de las siguientes décadas.

Y todo ello surgió de una de las ciudades más devastadas de su tiempo. El Detroit de los 80 era una distopía hecha ladrillo: una urbe otrora próspera, desindustrializada, con un paro inasumible, violencia desatada y colegios arruinados. En uno de aquellos institutos se conocieron Juan Atkins, Kevin Saunderson y Derrick May, que dieron pie al género más influyente de la música de los últimos 50 años: el techno.

Se puede discutir si el house, que nacía por entonces en Chicago, es igual de influyente. Pero, como contó el propio Atkins, el primer gran tema house, Love Can’t Turn Around, de Farley Jackmaster Funk, no habría existido sin el sonido de Detroit, ya que se grabó con la misma Roland 909 de la que se desprendió Derrick May, una máquina que llegó a Chicago con sus patrones de batería ya grabados -y que, desde entonces, fueron reutilizados por todo aquel que puso sus manos en aquel aparato-. Es decir: Detroit acabó impregnando el sonido de Chicago.

Aun admitiendo que ambos fueran igual de influyentes en lo musical, el peso conceptual y tecnológico de lo que hizo Atkins ha sido mucho mayor. Y, al contrario que ocurrió con el house de Chicago -bautizado en Nueva York- él mismo fue quien le puso nombre. Porque Atkins, fallecido el pasado fin de semana a los 64 años, era algo más que un músico: era el “originador”, como lo llamaban sus iguales.

Alumbró un movimiento que se extendió por el mundo en cuestión de meses y que nació a la vez que la literatura cyberpunk de William Gibson y Bruce Sterling. Unos y otros concebían la tecnología como un medio para liberarse de las cadenas del sistema (discográfico, literario, económico) e imaginaban un mundo distinto porque querían escapar del suyo. Eran los 80, los años en que el sueño comunitario empezaba a resquebrajarse en favor de un mundo de individuos. Aquello que nacía, hoy nos está atropellando.

El mundo de hoy no se entiende sin aquella pequeña gran revolución nacida en una ciudad en la que a nadie, especialmente a los jóvenes, se les prometía un futuro (¿les suena?). Por eso me ha resultado extraño la escasa cobertura mediática que ha tenido su muerte. Como decía Jeff Mills, puede que estemos ante un artista tan influyente para la música como Miles Davis (que tenía 32 años cuando hizo Kind of blue), tan influyente para la pintura como Pablo Picasso (26 años cuando se pasó al cubismo), y tan influyente para la literatura como Jack Kerouac (29 años cuando escribió En el camino). Hablamos de alguien que alumbró una nueva forma de hacer arte con 18 años y que, sin embargo, ha muerto a los 64 en un hotel de México porque tenía que seguir yéndose de gira para poder sobrevivir como artista.

Un artista amado por su gremio, eso sí. Y, entre los miles de mensajes de despedida, hay uno que va más allá de su labor como dj y productor. Lo firma Alan Oldham, de la segunda ola de Detroit, y señala lo que distinguía a Juan del resto: “Era el mentor de los mentores. Era una época muy emocionante para ser joven y creativo, y formar parte de algo. Se suponía que Detroit estaba muerta por aquel entonces. El último en salir, que apague las luces, ¿te acuerdas? Pero Juan puso en marcha un movimiento y muchos le siguieron”.

Pues eso: the originator.

En loop

Como en esta casa somos superfans de Durutti Column, no queremos dejar de recomendar el remix que ha hecho Four Tet de Your Shadow at Morning. Resulta que el bueno de Kieran descubrió a Vini Reilly hace solo un par de años y se volvió loco. Y eso se nota en estos nueve minutos que unen los mejor de esos dos mundos.

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