Antonio Monterroso, arqueólogo: “Sentirse español es una etapa transitoria”
¿Qué es Córdoba para un arqueólogo? La pregunta flota en el ambiente cálido bajo la pérgola del Mercado Victoria. Frente a la cuestión está Antonio Monterroso, que ha colocado delante de él un ejemplar de Historias de la arqueología de Córdoba, un libro publicado por Almuzara en el que trata de relatar que es posible ser un arqueólogo singular en esta milenaria ciudad y no morir en el intento. Así que Monterroso desenvaina.
Dice que Córdoba es un lugar extraordinario y, al mismo tiempo, un “sinvivir”. Cuenta que pocas ciudades reúnen una secuencia histórica comparable: una urbe prerromana de grandes dimensiones, una capital romana, el centro político de al-Ándalus y los restos de una ciudad que se ha ido superponiendo a sí misma durante siglos. Que todo eso convive bajo las calles, las plazas, los edificios y los parques de la Córdoba actual. El problema, sostiene el arqueólogo, es que esa riqueza no siempre se traduce en una gestión a su altura.
Y de esa gestión desnivelada, por decir algo, habla mucho el arqueólogo en su última obra, que recoge, además, buena parte de las reflexiones que lleva años compartiendo en Cordópolis. Monterroso aclara, para que no haya dudas, que el libro no pretende ser un manual académico ni una historia ordenada por periodos -de hecho, su manera de abordar su corpus siempre es anárcoestimulante-. Su propósito es otro: contar episodios, controversias y hallazgos con un lenguaje accesible, acercar la investigación al ciudadano y explicar por qué el patrimonio cordobés es mucho más que un conjunto de monumentos conocidos.
Retomemos la pregunta, otra vez. ¿Qué es Córdoba para un arqueólogo? “Si te quitas la maraña de situaciones de la intrahistoria que uno conoce, hay pocos sitios como este. Hay muchos lugares espectaculares en el mundo y en el Mediterráneo, pero en el entorno cercano no hay nada igual. Las comparaciones suelen hacerse por periodos: la Córdoba romana con Cartagena, Mérida o Tarragona; la tartésica con otros enclaves; la andalusí con otras ciudades. Pero ninguno tiene la suma. Ninguna ha sido capital de al-Ándalus, asentada sobre una ciudad romana de enorme extensión, junto a una de las mayores ciudades prerromanas conocidas en el entorno del Guadalquivir, además de los grandes complejos palatinos de Madinat al-Zahra y Madinat al-Zahira y todo el paisaje histórico de la sierra. Lo cierto es que no hay equivalente en el entorno próximo”. Ahora sí.
Cualquier arqueólogo de Córdoba está mejor preparado que cualquiera de otro sitio para excavar
El entusiasmo es parte de la forma con la que este arqueólogo, que volvió a Córdoba con una beca Ramón y Cajal, encara su trabajo. Lo que pasa es que ese entusiasmo, muchas veces contagioso, convive también con un cierto desencanto hacia las estructuras que deberían facilitar la investigación y conservación del patrimonio.
PREGUNTA. Dices que la arqueología de Córdoba es excelente a nivel personal, pero no a nivel colectivo. ¿Qué falla?
RESPUESTA. A nivel colectivo tiene una serie de automatismos que, en mi opinión, están fuera de la norma en cuanto a su funcionamiento y que hacen muy difícil incorporar elementos de fuera, sean investigadores, proyectos o excavaciones. A mi juicio, se estableció en su momento una jerarquía que ha dificultado la entrada de nuevos proyectos y formas de trabajo. Romper esa dinámica, puntualiza, no significa desacreditar a quienes llevan años trabajando en la ciudad. Todos los profesionales que ha tenido Córdoba, en la universidad, en la Gerencia y entre los miles de arqueólogos que han trabajado aquí, están muy bien preparados. Cualquier arqueólogo de Córdoba está mejor preparado que cualquiera de otro sitio para excavar, porque este yacimiento es más difícil que cualquier otro por todas las superposiciones que tiene.
Pero la gestión es otra cosa. El investigador considera que el problema no es la falta de talento, sino la incapacidad de organizarlo y aprovecharlo. Compara la situación con colocar a una estrella del fútbol fuera de su posición: “Si pones a Mbappé de defensa, Mbappé sigue siendo Mbappé, pero de defensa lo estás haciendo mal”.
Un libro de historia para quienes no leen tesis doctorales
Historias de la arqueología de Córdoba arranca contando algunas anécdotas de esta batalla, aunque Monterroso prefiere que la entrevista tampoco se centre demasiado en ello. El libro, según cuenta, surgió al reunir alrededor de ochenta textos escritos durante los siete años anteriores para Cordópolis. En ese material encontró una oportunidad para construir un libro divulgativo que cubriera una distancia que conoce bien por su experiencia docente.
Su intención era explicar cuestiones complejas sin exigir al lector una formación especializada. No quería escribir una historia convencional de la Córdoba romana ni organizar los capítulos como un catálogo cronológico. Prefirió reunir historias que permitieran comprender problemas importantes a través de detalles próximos y, a veces, sorprendentes. “Mi intención fue escribir un libro entretenido, ameno, de historia. Que la gente aprenda en tres o cuatro folios un problema grande de Córdoba sin obligarla a leer una tesis doctoral”, razona sobre un planteamiento que le permite abordar asuntos que trascienden la arqueología estricta.
Uno de los más provocadores es precisamente la españolidad. A las puertas de un nuevo 12 de octubre, no se puede dejar pasar la oportunidad. ¿Qué es ser español? Monterroso responde sin rodeos: “Una etapa transitoria en la vida”. No lo plantea como una provocación aislada, sino como una consecuencia de observar la historia a largo plazo. Las identidades políticas y culturales cambian, desaparecen y se transforman, como ocurrió con Tartesos, el mundo ibérico o Roma. Lo de españoles durará históricamente lo que tenga que durar, igual que Tartesos duró lo que tuvo que durar, o lo ibérico, o lo romano.
El califato de Córdoba es un periodo glorioso de la humanidad
O lo andalusí, un pasado que hoy se lleva peor. Para Monterroso, la relación de España con su pasado andalusí revela una contradicción especialmente significativa. Considera que existe una tendencia a rechazar o minusvalorar esa herencia, mezclando periodos y realidades históricas diferentes. Carga contra esa idea de que todos eran moros. “Evidentemente, eso, además de una falta de respeto, demuestra un desconocimiento atroz de la realidad”, apostilla, antes de distinguir entre los omeyas cordobeses y las dinastías norteafricanas de almorávides y almohades, a las que atribuye un papel muy diferente en la historia peninsular. A su juicio, la costumbre de meterlo todo en el mismo saco ha contribuido a construir una imagen peyorativa de al-Ándalus.
“Eso es una construcción histórica, aparte de ser poco respetuosa, falsa. Si nos centráramos en lo que fue propiamente el califato de Córdoba, hasta que la fitna acaba con eso y se incorporan los almorávides y los almohades, lo veríamos de otra manera. El califato de Córdoba, por los casi tres siglos que van desde el emirato dependiente hasta la fitna, es un periodo glorioso de la humanidad. Y yo lo digo siempre, son más nuestros que Carlos V.
La comparación no busca sustituir una identidad por otra, sino cuestionar qué episodios se consideran representativos de la historia española y cuáles quedan relegados. De ahí su propuesta de crear en Córdoba un museo nacional dedicado a al-Ándalus. Y aclara, por si hay dudas: “No un museo de arte islámico ni de religión islámica, sino un museo de al-Ándalus. Es decir, todo lo que hubo dentro de la península ibérica entre el 711 y el 1011, o hasta la destrucción de Madinat al-Zahra. Eso, evidentemente, tiene que estar en Córdoba”.
La ciudad debería, sostiene, reconocer como propio ese periodo y ofrecerle un espacio de interpretación a la altura de su importancia. Y se mete en un jardín, o en un patio: “La Mezquita-Catedral podría ser el argumento para impulsar un museo de esas características, no un motivo para considerar que Córdoba ya tiene suficiente patrimonio andalusí. La Mezquita tenía que ser el revulsivo y el argumento para que hubiera un museo de al-Ándalus enfrente”.
Un museo desbordado y miles de piezas sin mostrar
La propuesta de un museo de al-Ándalus se relaciona con otro de los problemas que aborda el libro: el colapso de los espacios museísticos y la enorme cantidad de materiales que permanecen almacenados. Monterroso recuerda que el Museo Arqueológico conserva un volumen de piezas que no podrá exhibirse en su totalidad en la sede actual. Y se adelanta: no hace falta construir un megaedificio nuevo, sino repensar cómo se organiza y se hace accesible el patrimonio.
“El Museo Arqueológico puede perfectamente tener dos o tres subsedes, como pasa en ciudades de estas dimensiones históricas. No supone que haya tres directores: hay una dirección del museo y luego hay subsedes”, explica, antes de citar los museos de Roma, cuyas colecciones se distribuyen entre distintos espacios. A su juicio, pretender que toda la historia arqueológica de Córdoba quepa en un único edificio es una limitación estructural.
El Museo Arqueológico puede perfectamente tener dos o tres subsedes
“No puedes pensar que una ciudad como Córdoba puede meter todo en el mismo contenedor y que ese contenedor sean unas casas medievales o renacentistas en la plaza de Jerónimo Páez, que es un espacio angosto. Necesitan un contenedor acorde con eso: evidentemente, un edificio nuevo”, puntualiza Monterroso, que añade que parte del problema está en el desconocimiento de lo que ya existe.
Cercadilla: gran tragedia arqueológica, mejor escuela de arqueólogos
Pocos asuntos provocan tanta controversia en Córdoba como Cercadilla. Monterroso reconoce el valor excepcional del yacimiento y el impacto que su destrucción tuvo en una generación de arqueólogos. Él mismo se formó como estudiante en su laboratorio. Pero pide que el episodio se examine también en su contexto urbanístico, más allá del trauma profesional.
“Cercadilla ha sido la mejor escuela de arqueólogos que ha podido haber en Córdoba, como escuela. Después de la destrucción hubo mucha inversión. La Junta de Andalucía dio mucho dinero para proyectos de investigación y ahí se formó casi toda la arqueología cordobesa”, recuerda el investigador, que, lejos de minimizar el expolio, prefiere contextualizarlo en la Córdoba de los años 90 partida en dos y a punto de entrar en la modernidad a través de la Alta Velocidad.
Otra cosa, no obstante, es su opinión sobre lo que fue realmente Cercadilla. “El yacimiento es espectacular. Otra cosa es que sea un palacio imperial o no, que para mí no lo es, ni para muchos”, suelta, antes de pedir pruebas concluyentes capaces de convertir esa hipótesis en un consenso arqueológico.
Sobre lo que no hay disenso es en que la arqueología urbana obliga a resolver tensiones entre conservación, infraestructuras y desarrollo, y esas decisiones deben examinarse sin simplificaciones. Las aguas de Cercadilla han mojado el norte y su famosa Ronda, de la que el arqueólogo no se ha ahorrado palabras en los últimos años. Monterroso recuerda que ya en 2019 había advertido sobre los riesgos de una intervención que afectara a restos arqueológicos. En su opinión, la experiencia acumulada en la ciudad permitía anticipar el problema.
“No había que ser muy listo: ya había habido el bulevar, Cercadilla, la Ronda Oeste… Sabes lo que hay y sabes cómo se va a comportar la ciudad. No hay demasiado mérito. El mérito está en decirlo: ¿Oye, vamos a volver a una masacre?”, razona el arqueólogo, que recuerda que la historia del urbanismo moderno se basa en una planificación que tiende a resolver los hallazgos mediante su cubrición, en lugar de integrarlos en el diseño urbano. Es entonces cuando suelta la clave: “En la arqueología de Córdoba no hay sorpresas: hay coyunturas e intereses, pero sorpresa no hay ninguna”.
Para el arqueólogo, los restos no deberían considerarse un obstáculo que aparece inesperadamente cuando se ejecuta una obra. Su presencia es previsible en una ciudad con una historia tan extensa. Por eso reclama que el planeamiento incorpore el patrimonio desde el principio, también en espacios cotidianos como los parques y jardines. Pone como ejemplo las nuevas zonas verdes: podrían combinar columpios, fuentes y áreas para perros con la interpretación de los restos arqueológicos que se encuentran bajo ellas. No se trata de convertir cada espacio público en un yacimiento visitable, sino de abandonar la idea de que conservar y disfrutar la ciudad son objetivos incompatibles.
PREGUNTA. ¿A qué ciudad te gustaría que se pareciera Córdoba en la gestión del patrimonio?
RESPUESTA. Lo ideal, como tantas veces se ha dicho, es parecerse a Mérida. Pero no conozco ningún ejemplo, al menos español, que sea capaz de tejer un modelo global de funcionamiento para un patrimonio histórico tan amplísimo en el tiempo y tan variado. También Barcelona, evidentemente por mentalidad, por apertura, por acogimiento de distintas etapas sin prejuicios, simplemente por su valía artística, histórica, cultural, filosófica, antropológica y contemporánea.
La respuesta acaba por regresar al argumento que atraviesa todo el libro. Para Monterroso, la dificultad de Córdoba no está en la falta de patrimonio, de profesionales preparados o de historias que contar. Está en la forma de relacionarse con ese legado y en la capacidad de construir una política cultural que no seleccione el pasado según las preferencias ideológicas del presente.
“Sin una mente abierta, libre de prejuicios, en esta ciudad no se puede hacer nada. Ese es el secreto de la explicación de por qué no se va a hacer nada en una ciudad llena de prejuicios”, remata, antes de aclarar que su mirada sobre el status quo es mucho más esperanzadora de lo que pudiera parecer.
En la arqueología de Córdoba no hay sorpresas
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