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Así es el Estrecho de Ormuz: el estratégico corredor marítimo que amenaza la paz mundial

Una embarcación tradicional omaní surca las aguas de los Fiordos de Musandam en mayo de 2018

Aristóteles Moreno

23 de marzo de 2026 20:02 h

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Son las 10.00 de la mañana del 22 de mayo de 2018. Un calor amenazante avisa de que se aproxima otro día tórrido en Ras Al Jaima, uno de los siete Emiratos Árabes Unidos. Dos días antes aterricé en Dubai. No es la primera vez que piso la Península Arábiga. Ya en 1989 visité Yemen del Norte, el país más fascinante que han visto mis ojos, hoy sumido en una devastadora guerra civil. Estamos a punto de tomar rumbo al Estrecho de Ormuz, el más estratégico de los corredores marítimos del planeta, clave en el suministro mundial de petróleo.

Es un martes apacible. Nada indica que cinco años y diez meses después este plácido enclave está a punto de empujar al mundo a uno de los trances más críticos de su historia contemporánea. Tomamos la autovía E11 paralela al Golfo Pérsico en dirección al puesto fronterizo de Al Darah, que separa Emiratos de Omán. Entre Ras Al Jaima y Al Darah apenas hay 34,7 kilómetros. Si usted mira el mapa observará que la tierra se va estrechando hasta desembocar en la Península de Musandam. Esa punta de roca es un ‘exclave’ que pertenece a Omán. Es decir, un trozo de tierra rodeada por Emiratos y sin continuidad espacial con su Estado.

La frontera tiene escaso tránsito. ¿Quién diablos se va a adentrar en este rincón del planeta donde solo hay murallones de piedra y agua? Cruzamos a Omán y continuamos por la autovía ahora en dirección a Jasab, una pequeña localidad omaní al borde de los Fiordos de Musandam. Ese es nuestro destino. Llegamos al puerto más allá del mediodía. En el muelle descansan un puñado de dhows, embarcaciones tradicionales que parecen recién salidas de un largometraje de Simbad el Marino. Estamos solos en el puerto. En pocos minutos abordaremos una de estas naves para adentrarnos en uno de los parajes más deslumbrantes de Oriente Medio.

En en centro del mapa, Ras Al Jaima, y poco más arriba la Península de Musandam con sus imponentes fiordos

Los Fiordos de Musandam son imponentes formaciones rocosas que se hunden en el mar desde picos escarpados que superan ampliamente los mil metros. Se formaron hace 1.850 millones de años en el Cretácico y aquí permanecen intactos sin apenas la intervención humana. Si amplía el mapa, observará que conforman una suerte de laberinto marítimo acechado por vertiginosos acantilados que vigilan silenciosos el avance de nuestro dhow. Aquí las aguas son cristalinas y el fondo marino está salpicado de bellos corales y bancos de peces multicolores que surcan las corrientes suavemente.

No se oye un ruido. Solo el runrún del motor que rompe la paz de este paraje lunático. Estamos a escasos kilómetros de la punta más oriental de la Península Arábiga. Justo enfrente, a apenas 33 kilómetros, se encuentran las cosas de Irán, el archienemigo de Occidente, que hoy resiste a sangre y fuego la embestida ilegal de Trump y Netanyahu empeñados en fulminar la penúltima amenaza militar del Estado de Israel.

El Golfo Pérsico separa casi con tiralíneas las dos corrientes del islam, sunníes y chiíes, enfrentados descarnadamente desde hace siglos por disputas teológicas que parecen insuperables. En los Fiordos de Musandam, sin embargo, reina una calma cósmica. De pronto, una familia de delfines viene a nuestro encuentro. Los cetáceos nos escoltan felices mientras dan saltos acrobáticos sobre el espejo azul del mar.

Soberbia puesta de sol en el Estrecho de Ormuz en una imagen tomada en mayo de 2018

Nos acercamos a la Isla del Telégrafo. Un pequeño trozo de tierra en medio del mar donde los británicos establecieron en 1864 un repetidor de comunicaciones para conectar Londres con Bombay. De la estación apenas quedan varias estructuras de cemento erosionadas por el salitre. La historia recuerda las condiciones extremas de calor y humedad que sometían violentamente a los operarios británicos desplazados en el islote. La estación apenas funcionó cuatro o cinco años hasta que el Gobierno de Londres comprendió que era preferible trazar una ruta terrestre alternativa.

El barco se detiene a unos cuantos metros de la isla. Los motores se apagan y se impone un silencio ensordecedor. Aquí tomaremos un breve almuerzo a bordo del delicioso dhow. Antes el patrón de la embarcación nos entrega unas gafas acuáticas para que nos demos un chapuzón en las aguas turquesas. Nada más sumergirnos en el mar un aluvión de peces azules, amarillos, rojos y violetas nos rodean como en una película de Walt Disney. No es un sueño. Es el edén de la Península de Musandam.

No hay una sola nube en el firmamento. Ni los misiles balísticos lo atraviesan como sucede en estos días aciagos. Justo en frente, el puerto iraní de Bandar Abbás, uno de los centros neurálgicos de la Guardia Revolucionaria, sufrió días atrás virulentos ataques de Israel y EEUU. En el Estrecho de Ormuz se libra hoy una batalla crucial con consecuencias imprevisibles para la economía planetaria. Nada que ver con la serenidad inmensa de aquella tarde de 2018.

Desde el barco se pueden ver pequeñas poblaciones colgadas de las escarpadas laderas y sometidas a un aislamiento secular. En ellas viven algunas familias de marineros sin conexión por carretera con las urbes más próximas de Musandam. Parece increíble que alguien pueda habitar este agreste macizo rocoso alejado del mundo. Empieza a caer la tarde y damos media vuelta en dirección al puerto de Jasab.

Poco a poco vamos dejando atrás los murallones verticales de Musandam. La soledad de esta esquina del planeta resulta profundamente reparadora. El barco atraca en el muelle de Jasab y nos acercamos al vehículo aparcado en un estacionamiento cercano. Ha sido un día espléndido. Tomamos dirección a la frontera para abandonar Omán. Antes hacemos una breve parada en el camino. El sol se esconde por algún punto del Golfo Pérsico y deja un rastro naranja intenso en la línea del horizonte. A nuestra derecha el Estrecho de Ormuz vigila uno de los enclaves más bellos del planeta. Y quién iba a pensar que en cinco años y diez meses acabaría incendiando Oriente Medio y poniendo todo patas arriba.

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