Un siglo de la destrucción a manos de cientos de cordobeses de la primera estatua civil de la ciudad

El conjunto escultórico, antes de ser aniquilado.

Córdoba es una ciudad de extremos. Y no hace tanto que tampoco eran muy admiradores de los políticos. Hace justo un siglo, el intelectual Rafael Castejón vio después de una gigantesca manifestación obrera cómo por el Paseo del Gran Capitán corría un grupo de chiquillos. En primera línea, uno portaba lo que al principio creyó la cabeza de un cadáver. Cuando se acercó comprobó que la testa era de piedra. Cinco meses antes, esa cabeza, esculpida nada más y nada menos que por Mateo Inurria, lucía esplendorosa sobre un conjunto de piedra instalado en los Jardines de la Agricultura. Pertenecía al ministro cordobés Antonio Barroso y Castillo, que apenas llevaba un año muerto.

Hace justo un siglo, el 17 de marzo de 1919, el conjunto escultórico diseñado por Mateo Inurria, costeado por el Ayuntamiento de Córdoba (costó un dineral) e inaugurado por todo lo alto fue víctima de la piqueta, las pedradas y la destrucción tras unas manifestaciones obreras del llamado Trienio Bolchevique. Sin quererlo, los manifestantes lograron lo que quisieron otros muchos en la ciudad: que la primera estatua civil en Córdoba desde el Imperio Romano se erigiera en honor de un personaje histórico, el Gran Capitán, y no de un ministro y cacique que apenas si llevaba un año muerto. Pero eso es otra historia.

Desde principios del siglo XX, las tertulias cordobesas y los periódicos de la época discutían que Córdoba llegaba tarde (¿les suena?) a la cuestión de las estatuas. Todas las ciudades andaluzas tenían en piedra y sobre un pedestal a algún vecino ilustre. Se planteó que el primero debía ser Lagartijo (¿les suena?), después que el Gran Capitán, que Séneca, que Osio y en estas se murió el ministro Barroso y Castillo. Inmediatamente, el Ayuntamiento y la Diputación se pusieron manos a la obra y encargaron a Mateo Inurria, que trabajaba ya en la estatua de Lagartijo (y que probablemente después acabaría siendo la cabeza del Gran Capitán), que hiciese un monumento al ilustre paisano que acababa de morir.

Mateo Inurria se puso manos a la obra mientras estallaban conflictos obreros. La revolución había triunfado en Rusia, había nacido la Unión Soviética y los obreros y jornaleros cordobeses añoraban conquistar el poder. Mientras, los aristócratas, burgueses e intelectuales cordobeses discutían, entre otras muchas cosas, quién se merecía una estatua. Y se eligió al ministro recién fallecido. La noticia no tuvo una buena acogida entre una población que pedía a gritos no morirse de hambre, tener unas mínimas condiciones y unos jornales con los que alimentar a sus hijos.

En tiempo récord, Mateo Inurria esculpió una alegoría del ministro y cacique. Barroso y Castillo aparecía sentado como un patricio junto a cuatro alegorías: la Industria, el Comercio, el Arte y la Agricultura. Todas musas. Todas mujeres. El ministro con una larga barba. El monumento se inauguró con todo el boato en 1918.

El 17 de marzo de 1919, la ciudad de Córdoba secundó una serie de manifestaciones obreras por toda Andalucía. En Granada había muerto un estudiante y en Sevilla habían oficiado hasta un entierro ficticio de Borbolla (abuelo del expresidente de la Junta), que también era ministro y cacique. La protesta en Córdoba fue bastante desordenada y se lanzaron pedradas contra el Círculo de la Amistad, el Mercantil y el Casino Liberal, que se localizaba en la calle Gondomar. Allí hubo disturbios y pedradas, como recuerda un Rafael Castejón que fue testigo de aquello en un texto recuperado por Paco Muñoz en su blog Notas Cordobesas. Y mucha tensión.

Castejón sostiene que esos disturbios estuvieron provocados para distraer y que los obreros estaban perfectamente organizados para acudir, en masa mientras tanto, a por el monumento de Barroso y Castillo. Los manifestantes se subieron al conjunto y comenzaron a golpearlo con piedras y palos. Hasta que llegaron los martillos y las estatuas fueron decapitadas y mutiladas. Castejón duda si algún sindicalista hacía señales para seguir con la picota o para ordenar a la masa obrera que cesara y respetase lo que no dejaba de ser una obra de arte.

Tiempo después, el Ayuntamiento de Córdoba acabó demoliendo el conjunto. Decapitado y mutilado, Barroso y Castillo pasó a mejor vida. Tuvo una calle en Ciudad Jardín, pero su nombre fue sustituido por Camino de los Sastres. El político, que tiene un cuadro en Capitulares, se quedó sin estatua. Castejón sostiene que en vida le dijo a sus discípulos que no lo hicieran. Pero lo hicieron. Un siglo después, lo único que queda de aquella estatua es la hemeroteca (publicaciones en la prensa de la época y en la revista de arte La Esfera) y un par de publicaciones borrosas.

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