El genio desatado de Gallén

Ricardo Gallén | MADERO CUBERO
Emocionante y vibrante, el guitarrista logra la mayor ovación del público clásico del festival

El genio guitarrista comenzó su concierto con el Invierno Porteño de Piazzolla. Un tango lento, reflexivo, tocado con una especial limpieza donde otros se dejarían llevar por arrebatos más viscerales, con una muestra equilibrada en la destreza técnica para superar las pruebas más duras en los pasajes rápidos y ser capaz de transmitir calidez en la expresividad de la melodía más tranquila y sincera. Crescendo desde la lejanía.

Y es que Gallén es capaz de, desde la primera pieza, conquistar por completo al público. Sin excesos ni efectismos postizos había interpretado a Piazzolla y tuvo ya que levantarse a saludar por lo largo de este primer aplauso.

Posteriormente continuó con el Preludio n.1 y Scherzino-Choro de Villa-Lobos, profundo y con una elección tímbrica exquisita para interpretar al autor latinoamericano.

Tras otro sonoro aplauso, el linarense explicó el por qué de su programa: se trataba de un homenaje a la ciudad de Córdoba y a sus años de aprendizaje. Decidió elegir obras con las que le unía un especial sentimiento nostálgico en lugar de abarcar obras más densas y sobrecogedoras como ha hecho años anteriores. Nombró a sus más queridos referentes.

Y después de estos comentarios, toma la guitarra, y comienza a tocar Tres Valses Venezolanos de Antonio Lauro, rápidos como el rayo, claros como el alba, que de fáciles precisamente no tienen nada. Su maestría es indudable. Escucharle, un auténtico privilegio.

Y así toma el camino hacia La Catedral (Barrios), con un exquisito gusto, con una glosa de dinámicas impresionante: cómo lograr tantísima precisión a tan bajísimos decibelios. Sólo la música puede expresar este tipo de belleza. Limpia, brillante, franca.

Tras el sonoro y enorme aplauso, Ricardo decidió no romper la magia del momento y seguir con el concierto. Creciendo. Siempre ascendente. Escalando en el asombro, en la intimidad, en la alegría, en el vértigo, pero manteniéndose en una posición natural y tranquila de alguien que entiende que la intensidad está en la música, no fuera de ella. Así fueron sus Valses n. 3, 4 de Barrios. Ágilmente columpiados, bailados con cariño.

Casi tanto cariño y mecidos como las dos canciones populares arregladas por Brouwer y que fueron las siguientes en ser interpretadas: Canción de Cuna y Ojos Negros.

Tras el aplauso nuevas palabras hacia la bellísima y magnífica obra del compositor cubano que durante un tiempo estuvo afincado en Córdoba.

La Suite II de Brouwer fue entendida como un arroyo de agua clara, refrescante. De forma antigua y armonías atrevidas para el muchacho que era cuando las escribió.

En la cima, se encontraba el gigante. La Sonata del Pensador n.4 es una obra del último Brouwer. Una obra de madurez, extremadamente compleja. Enérgica, expresiva, por momentos, casi llevada al paroxismo, de enormes contrastes dinámicos y texturas inquietantes. Feroz. Sin salir del reinado de las seis cuerdas, explotando todos y cada uno de los recursos tímbricos, tanto los genuinos esculpidos en la partitura como los que el genial guitarrista incorpora en su interpretación para hacer fluido y claro el mensaje, a veces de una memoria rota, otras de una reflexión profunda. Ostinatos submarinos y réplicas cantarinas en la celebración tras una mirada al minimalismo, fueron el último recorrido de un camino de regreso hacia la melodía más pura. Una melodía antigua, con pasado, con historia.

El auditorio, que se quedó en tres cuartas partes del aforo, sonaba como en ningún concierto anterior para ovacionar merecidísimamente a Ricardo Gallén que en varias ocasiones salió a saludar hasta que por fin volvió con su guitarra y tocó como bis unos Recuerdos de la Alhambra de Tárrega que terminaron de levantar al auditorio que le despidió al completo de pie con un nuevo y último largo y sonoro aplauso.

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