La ciudad robada. La ciudad autocreada

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Intentar pasear por la ciudad con o sin compañía se antoja cada vez más una carrera de obstáculos que un acto placentero. Es fácil comprobar cómo las amplias aceras y espacios públicos en las que no hace mucho tiempo invertimos como ciudad una cantidad grotesca de dinero se han convertido en laberínticas aglomeraciones de mesas y sillas esparcidas a su libre albedrío. De aparcamiento de motos más concurrido que el padock de un gran premio. Al parecer, teóricamente teníamos un modelo de urbe donde se apostaba por devolverle a la ciudadanía el espacio perdido en favor del tráfico rodado. Aunque me da que era por temas de subvenciones y ayudas europeas…

Ahora, por un puñado de euros al año nuestra ciudad queda a merced de los bares. Bares que en la mayoría de los casos no respetan los espacios asignados, dejando estrechas y ridículas aceras donde antes teníamos amplios espacios para transitar y disfrutar. Bares cuyas mesas cobran vida y rotan cuales girasoles al ritmo que marquen las sombras.

Creo que todos tendremos mil y un ejemplo donde el peatón es un ser que molesta e incomoda. Miedo me da pensar en los peatones con necesidades especiales, madres con sillitas, abuelos con bastones y andadores, niños con sus patines y sus padres, sillas de ruedas….

(Hay días en los que pienso que los romanos de equivocaron al ponerle el nombre de Corduba a nuestra ciudad y realmente quisieron llamarle Cordubar.)

Sigo paseando por nuestra ciudad y comienzo a ver millones de euros enterrados en obras de rehabilitación y restauración de edificios, que en su día estuvieron abandonados y después de la inversión siguen teniendo el mismo uso que antaño: ninguno. Ni los tienen ni se les esperan. En este punto, es muy interesante echarle un ojo al trabajo colaborativo “disponible en Córdoba”. Quizás, no, seguro, el que más me duele es el que fuera colegio Rey Heredia, precioso y necesario proyecto social y de sociedad, de ciudad. Un verdadero ejemplo.

Podemos seguir, paseando, o pedaleando y entre esquivar y esquivar mierdas de perro, quizás consigamos darnos cuenta que por la desidia y falta de proyectos de sociedad y ciudad de unos y de otros nos han robado Córdoba en cada esquina. Lo hemos pagado entre todos, moral y económicamente. Pero también podemos darnos cuenta de que mientras otros se miran los ombligos y corren de foto en foto, otros muchos, cada vez más, construyen ciudad proyectando sus sueños y transformándolos en realidad.

Algunos pensaron que se perdió la oportunidad cultural del 2016, otros nos demuestran día a día que Córdoba es cultura, cultura independiente, y económicamente sostenible y viable en sí, sin ayudas. Justo lo que los abanderados del movimiento 2016 nunca llegaron a creerse ni pensaron que fuera posible.

Otros pensaron que nuestra idiosincrasia senequista y llorona del cordobés tipo no nos dejaría crear, innovar y trabajar de manera sinérgica para hacer cosas diferentes. Y puedo dar fe de que se hacen. Doy fe de que tenemos proyectos realmente innovadores, unos tecnológicamente hablando, otros focalizados en lo social, en lo cultural, el turismo y por supuesto en la gastronomía.

Gracias a nuestro hacedores, innovadores y mentes inquietas, Córdoba está en proceso de auto creación. Pura efervescencia. Queda en nuestras manos sumar y aunar esfuerzos. Y apoyar. Y creérnoslo. O volver a nuestro estigma y ponernos a criticar y despotricar de aquellos que tienen una visión diferente de la ciudad y de su potencial.

Tengo claro que por muchos bares que inunden nuestras aceras, o por mucho dinero que se entierre en cada esquina en faraónicas obras innecesarias o por mucha peña folclórica que se subvencione no se conseguirá evitar que los soñadores construyan ciudad.

Podría ponerme a escribir una retahíla de proyectos y empresas involucrados, innovadores, sociales o culturales, pero no pienso hacerlo. Lo que haré es invitaros a descubrir y disfrutar todo lo que se está cociendo a fuego lento en nuestra ciudad. Y os invito a compartirlo con orgullo entre los conocidos. Y pregonarlo. Y disfrutarlo. Y consumirlo y hacer uso de ellos. Y a pagar por ello. Si, a pagar. Ya está bien de la absurda cultura del todo gratis por que sí.

Siempre he sido un soñador. Y seguiré siéndolo. Tengo suerte por compartir cafés y alguna que otra copa de buen fino de la tierra con personas creativa, innovadora, hacedoras, estupendas y comprometidas. Comprometidas con su ciudad y su sociedad, nuestra ciudad y nuestra sociedad. Amigos, que al igual que yo son soñadores. O quizás no. Quizás “sólo” sean hacedores que creen en el potencial de lo que hacen y de los proyectos en los que se involucran.

Y tú, ¿eres de los que roba ciudad, o de los que la crean?

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