Políticos tristes

Míralos:

ocurre algo en esa fotografía.

Ella, desencantada, se fija en ninguna parte. Frente a la prensa, frente a los asesores que asisten a la rueda de prensa, frente a los asesores de los asesores que fotocopiaron un informe y subrayaron con rotulador amarillo fluorescente los aspectos fundamentales del Tema en torno al cual gira la rueda de prensa, frente a algún compañero que quizá camine hacia su despacho y oiga ruido y se asome para saludar, preguntar qué tal los niños, etecé, ella decide centrarse en un punto fijo: esa punta de un zapato, esa loseta suelta, ahí dirige su atención. Carece de rumbo. De directrices. Su mirada se pierde.

Mientras tanto él toma la palabra sabedor de la gravedad del asunto, se trate del que se trate, porque entrecruza con fuerza los dedos de las manos y la mueca es rotunda e inflexible, como la de quien en el preciso instante de los buenos días se desdobla, y mientras su cuerpo recita las palabras mecánicas su mente, su mente compleja, su mente de político con la corbata bien ajustada, su mente de político que ha desplegado folios sobre la mesa —subrayados también por el asesor de un asesor— por si algún dato se escapa, en ese instante exacto, preciso, justo, digo, el político toma conciencia del oscuro destino del ser humano, su finitud, su vagar errático in hac lachymarum valle, y declama cifras al tiempo que La Verdad pugna por brotar.

Míralos. Porque ocurre algo en esa fotografía.

¿Qué? ¿Les gusta el cartel de feria? ¿No les gusta? ¿Están de acuerdo con el sainete de la plataforma de los patios? ¿Se han divertido? ¿No ha tenido gracia?

Y esta otra fotografía:

Él comenta algo y ella escucha no con atención, sino más bien con prevención ante la catástrofe. Ese algo que está escuchando no le gusta. Está pensando, más que en escuchar eso que está escuchando, en el mal rato de después: en cómo analizarlo ante los medios, en cómo presentarlo ante Sevilla, en el trayecto entre el despacho y su hogar, presa de esa sensación que una madre de raigambre llamaría El Sofocón. Imagino la conversación entre ambos, esa que la fotografía no capta.

—Sí, fatal.

Fatal lo de Colecor, fatal lo del paro.

—Pero no me digas eso, hombre.

—Como te lo cuento.

—Qué disgusto.

En torno a qué giraría ese intercambio de pareceres, ese milagro de la comunicación entre dos seres que parten de un origen diferente y exhiben un pensamiento distinto y sin embargo se cruzan en este sendero extraño al que llamamos equivocadamente o no la vida: en torno a lo divino y lo humano, al eterno tira-y-afloja entre el ayuntamiento —cuando es de un color— y la junta —cuando es de otro—, a cualquier asunto que precise de un acuerdo y cualquier acuerdo que, rifirrafe y rififí, por costumbre, por deporte local —tan arraigado en el hondo y sobrio espíritu cordobés como la petanca o el aliño de los pinchitos de Rafalete—, jamás alcanzarán.

¿Qué ocurre en estas fotografías?

Todos están tristes.

Esto me preocupa.

Nuestros políticos asumen en público un rictus cuitado que no desentonaría en el rostro de un creador contemporáneo o de un parcelista ilegal. En el diccionario de su lenguaje gestual ceño fruncido significa graves preocupaciones, igual que en otros contextos viene a decir no me han llamado o fieras tempestades. Los políticos, claro, se despojan de la vestimenta de político y siguen a un determinado equipo de fútbol que gana o que pierde y tienen sus responsabilidades, por lo que se comprende que no todos los días posen con la mejor de sus sonrisas al divulgar un programa de prevención del alcoholismo o un homenaje a alguna víctima de alguna catástrofe.

Quizá ayer perdieron, porque no siempre se gana.

Me han inquietado estos políticos tristes porque sus expresiones faciales reflejan, un poner, el espíritu de esta sociedad: mi actitud es mi fachada. Hablo de asuntos graves, luego mi gesto es grave. Hablo de asuntos felices, luego sujeto un cartel y sonrío. No sonrío porque esto —un derribo, un perol vecinal, eh, las peñas, dónde están las peñas que ya no se las oye, qué opinión merece a las peñas lo de los patios, lo del Córdoba, dónde están las peñas— es muy serio, y si esbozo una mínima sonrisa un comentarista ácido no desperdiciará ni un segundo en invertir toda su furia anónima preguntando de qué me río si todo marcha mal.

Porque los malos tiempos exigen la tristeza, nuestros políticos muestran su tristeza.

Con lo sencillo que resulta afrontar la vida con alegría.

Míralo.

Hasta el cartel de la puerta lo reconoce.

¡Bravo!

(Todas las fotografías son obra inmensa de Madero Cubero. Faltaría.)

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7 de abril de 2013 - 08:00 h