Por una ecología de las palabras

Estaba escribiendo un texto y de pronto me paré y pensé que no tenía sentido lo que estaba haciendo, que eso se había escrito muchas veces y en la mayoría mucho mejor. Ahora estoy en modo manifiesto, documento estratégico, bases programáticas, toda esa quincalla que hemos ido inventando y que vamos soltando sin darnos cuentas de que son palabras no reciclables, en algunos casos residuos tóxicos. Lees el facebook, el whatsApp o escuchas el telediario y son las balsas de fosfoyesos del Polo Químico de Huelva, una vasta superficie radioactiva que ya es tan enorme que no sabemos qué hacer con ella, cómo descontaminarla.

Hay palabras, textos, que son como las bolsas de plástico del supermercado, las necesitas una vez y están doscientos años molestando, uno usa una bolsa de plástico para traer a casa una escobilla del wáter del chino de Colón, y la bolsa termina asfixiando a una tortuga en los mares de las islas griegas. Estaba yo escribiendo y me ha salido horizontalidad, que cuando era adolescente era la muerte o el sexo, y ahora es el icono del moderneo. El concepto me gusta pero las palabras que terminan en –dad no son de fiar, yo la acabo de escribir y ésta es capaz de cargarse una ballena en aguas de Japón mientras nosotros nos tomamos una bandeja de sushi y wasabi viendo la final de la champion.

Alguien podría decir que es bueno que todos nos podamos expresar, pero el mundo está tan lleno de palabras e imágenes que es imposible oír o ver nada, la ecología nos ha enseñado algo que sabían la gente educada, mi abuela y los hermanos Marx, que antes de entrar hay que dejar salir. Nuestra huella ecológica cognitiva está disparada y usamos muchas más palabras de las que podemos procesar (procesar, ves, otra radioactiva), estamos invadidos por malos vocablos, torcidos, infestados de técnicas de comunicación y persuasión, puros reclamos llenos de sirenas, luces y colores, una feria de manzanas caramelizadas, nubes rosas, chupetes gigantes llenos de caramelos y esa cosa belga que venden en las ferias y que no recuerdo cómo se llama.

Tendría que coger la escobilla del wáter que compré en el chino y vinagre y no parar hasta quedarme con las palabras exactas, el número que  soy capaz de disfrutar, las que mi inteligencia puede entender y relacionar, las justas para saber de ellas, apreciar su sonido, restaurar sus sentidos, sus etimologías. Sólo las palabras necesarias para encontrar nuestro lugar en el mundo.

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13 de enero de 2015 - 05:15 h
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